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Cómo lee un psicoanalista Sugestión. Transferencia. Interpretación

CÓMO LEE UN PSICOANALISTA
Sugestión. Transferencia. Interpretación
Daniel Braun y Santiago Rebasa

Letra Viva, Buenos Aires, 2013, 137 págs.

Comentario a cargo de Jorge Pinedo

Anterior lógica y cronológicamente a la escritura, la lectura se yergue entonces condición de posibilidad de la primera. Desde quienes buscaban respuestas en los cielos diurnos y nocturnos hasta aquellos que escudriñaban en las vísceras de las bestias, pasando por lo hallado en las llamas, en las brasas, en las cenizas. En fin, la lectura acaso configuró el más arcaico test proyectivo al ubicar el destino en los astros, tanto como constituyó el rigor en la ciencia al mutar –sin ir más lejos- la alquimia en biología molecular.

Lectura también como práctica, esa que va de la transferencia a la interpretación y que es propia del psicoanalista cuando sucede en las cuatro paredes del consultorio, al modo de ese cubo blanco dentro del cual el artista plástico y el curador disponen los objetos de una obra. Con la diferencia que aquellos objetos son discursos y con la semejanza que también son objetos materiales al estar situados por fuera de la conciencia. Propuesta que encaran por partes iguales Daniel Braun y Santiago Rebasa en las casi ciento cuarenta páginas de Cómo Lee un Psicoanalista. Textos de transmisión para ser leídos desde el revés del prisma de la sugestión, declaran.

braun rebasa como lee

Es Braun quien de arranque estipula al analista como un lector que “forma parte de las escenas que lee”, por lo cual la transferencia se postula al modo de un eje aglutinante. Como lo hará Rebasa en la segunda parte del libro, vuelve a Freud no sin articularlo de referencias destinadas a despojar cualquier intento de saber sabido. Así, desasna sobre la condición performativa de John Austin a Emile Benveniste, despliega el “análisis” del propio Freud con Fliess y sus teorías, remite a los legos como Teodor Reik, por ejemplo, para distinguir transferencia de amor, de saber, de poder. Luego, Braun pone en juego tamaño bagaje por medio de una desopilante historieta del fenomenal Roberto Fontanarrosa, con su Boggie el Aceitoso de protagonista. Agil apólogo que apunta a ubicar el discurso analítico en la abstinencia y, cuándo no, en la resistencia (del analista). Dispositivo que actualiza (mediante las herramientas que reconoce en Roland Barthes) a fin de situar la economía libidinal de las masas mediante las desventuras de un grupúsculo que lleva la trama en un cuento de Abelardo Castillo. Finalmente, Braun anuda borromeicamente el bagaje conceptual aludido, dejándose guiar de la mano por Sócrates y Lacan por el sendero yoico de un rumbo reversible: “… el analista debe trabajar en abstinencia para evitar que un análisis funcione como una masa de dos”.

Saltando por encima de las consideraciones de Braun respecto a la psicología de las masas, Rebasa traza una equivalencia que se torna identidad entre intervención e interpretación, toma la posta y asume una primera persona del singular y del mayestático (“como efecto de la necesidad de crear una masa donde recostarse para sostener la palabra”). Sostén pertinaz que abarca a Freud –claro-, junto a una pirotecnia de notas al pie y referencias personales a su propia práctica con colegas y pacientes (en lugar de analizantes, término que “se engasta mejor en frases de índole teórica” y que legitima bajo el argumento experiencial: “ hasta ahora no he derivado nunca a un colega un analizante, son siempre pacientes que derivo y recibo como derivaciones de otros”). Viñetas, detalles, que –de decodificar la retórica del texto- sin dudas colmará las expectativas de los noveles psicólogos, siempre ávidos de tips en torno a cómo se analiza.

El espíritu de “utilizar el lenguaje castellano efectivamente hablado con cierta libertad”, releva a Rebasa de una sistemática que a la vez le habilita a situar sin mayores vacilaciones, por ejemplo, el lugar de objeto a en el analista, los reverberos fantasmáticos, el lugar del Otro en el discurso hasta por fin obtener el merecido “esclarecimiento, que cobre sentido como algo que pueda conectarse con los actos de la vida anímica”. De los sueños a la hipnosis, el acto analítico queda sustentado como el revés de la sugestión luego de ser atravesado por los cuatro discuros enunciados por Lacan. En pos del encuentro con el sentido, pone Rebasa especial énfasis en los performativos –pero de modo diferente a lo planteado antes por Braun en la primera parte del libro- para arribar hasta el discurso mágico, las tesis freudianas del primer Freud prepsicoanalítico e, incluso, un ancestro suyo que estudió la sugestión en el siglo XIX contemporáneo a Freud, corroborando una vez más que lo que repite, retorna sobre si mismo.

La irrupción de Cómo Lee un Psicoanalista contribuye a refrescar una atmósfera saturada de esos no-libros que, bajo un título de fantasía, reúnen pequeños papers, recetarios de sesos frescos, renovadas inyecciones de certezas a Irma y mutilantes palizas a un tantas veces martirizado niño. Arrastrados por los flujos eólicos provenientes de distintos campos, los aires se estancan en las catacumbas de las iglesias y requieren de la apertura de ideas independientes como las propuestas por Braun y Rebasa que, en su afán didáctico, ventilan. Nada ingenuos, los autores formulan referencias –manifiestas o indirectas- a ese estado de situación del mundo psi. Actitud tan corajuda como poco usual en un ámbito donde se estilan imposturas y semblantes en menoscabo de las propias ideas.

Demuestran que es plausible dejar de ser indiferentes a la política sin detrimento del campo conceptual, ético, que refrenda cada práctica. No necesitan omitir ni camuflar desde qué recorrido hablan, desde qué lugar leen: lo hacen en los agradecimientos iniciales, en el prólogo y lo refrendan conceptualmente en sus respectivos textos. Unidad que abarca la honestidad intelectual, que el lector agradece.

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Otro sí: éste, como la casi totalidad de los libros sobre psicoanálisis que se publican por estas pampas, ameritan un editing profesional que torne homogéneas las referencias bibliográficas, cuide de la puntuación y la gramática en ediciones técnicamente prolijas que, por cierto, los autores respectivos no tienen por qué atender.