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Microrrelatos Escenas de la vida cotidiana Cuarta parte

Compartimos una de las últimas tandas de Microrrelatos que llegaron! Seguimos con la Convocatoria Aniversario de Viví Libros 2017 hasta mañana martes 8 de agosto.

Vi a la muerte, sentada a su lado,
de traje blanco gastado,
la vi de piernas cruzadas,
luciendo dientes negros y afilados.
De su boca chorreaba un camino de desesperanza.
Cuerpo inmóvil…manos que no piden ya auxilio,
nariz que no huele…ojos que no miran nada…
Todo desapareció para él,
como hojas, fue arrastrado como hace un viento de otoño.
Imposible llegar ahora, a la cima de una ballena resbaladiza y mojada.
De cara al cielo…sin alma.
corazón sin sangre,
solo cemento con olor a todo…y a nada…
Pájaros mudos, con boca de árboles,
las muecas, empujando sonrisas.
pasillos sombríos y mal perfumados.
!que no lleguen las flores para adornar este paisaje!
paisaje que espanta…
Un yo…palidece
otro…descompone.
charlas, murmullos con chismes y verdades ocultas,
emergen dando sensación de movimiento.
quiero dejar de percibir esos actores,
quiero irme ahora de este cruel escenario.
Boca sin aliento…sin dueño…
gusanos nacientes, moviéndose para cualquier lado,
Lagrimas muertas,
paredes frías, bien presentes, luciendo vestidos de con lunares de musgos…azules y verdes.
Palidece el cielo,
Se derrumba como lona vieja.
Recuerdos galopan como caballos salvajes…sin dueño.
Aparecen las flores,
las contemplo…con doloroso espanto.
Las cruces, me producen nauseas.
Corbata y sacos que no tienen hombre adentro,
lúgubre paisaje…crónico…y lento!
se apagan los egos…se encienden los duelos
se fueron a dormir los sueños.
La lluvia hace un desesperado esfuerzo,
por tapar el triste espectáculo. Y Dios!
la semilla ha muerto…se resecó la tierra
Un féretro pasa
repudiado…odiado…lustrado
parece levitar, pero no…
son manos vivas que lo hacen nadar.
Besos sin labios
gente sin sombra
la tierra mojada, hoy tiene olor a despedida,
silenciosos autos negros, caminan más despacio que tortugas.
tortura…
Me enojo y me enfurezco y me golpeo y maldigo y después pienso…
¡lluvia!, llévate todo esto por favor… pídele ayuda al viento.

CRUZAPELUSA
Santa Fe, Argentina
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PERPLEJIDAD

Asciendo al colectivo 29, abono el pasaje y camino hacia el fondo del vehículo. Está bastante lleno y no quiero empujones, entonces me acomodo en el pasillo, junto a la última fila de asientos. Conservo el mérito no menor de ceder el asiento a embarazadas o ancianas, de modo que nada pierdo al estar allí atrás. Desde el otro extremo de la ristra de butacas una jovencita, algo obesa y no muy bien parecida, se despide de una amiga que va a descender y sonríe, mirándome a los ojos. Tal vez mantiene ese gesto por inercia. Pero cuando observo alrededor y calculo su ángulo visual, no tengo dudas. El mensaje es para mí.
Estoy halagado, pero confundido. Cuando vuelvo la cabeza su sonrisa se hace más franca.
-¿Cómo le va?- dice, su rostro esquivando cuerpos de otros pasajeros. La voz suena color violeta, con alegría y distancia simultáneas.
-Bien-, musito entre dientes, con una pequeña mueca.
¿Quién será? ¿Una vecina? ¿La muchacha que hace años trabajaba en mi casa como doméstica? ¿Una alumna?
El vehículo prosigue su viaje. Muevo el torso para dejar pasar a alguien y, otra vez, choco contra sus dientes expuestos.
-¿Su familia está bien?- pregunta en voz alta, para que la escuche entre el gentío del pasillo. Aferro con fuerza la manija de otro asiento para no perder el equilibrio.
-Sí, sí- contesto. Simulo acomodar el cuerpo para ir dándole la espalda. Giro a uno y otro lado sin soltar mi valija, tratando de evitar ser arrastrado hasta la gordita. De pronto, nuestros ojos quedan otra vez enfrentados. Sonrío breve y observo la hora en mi reloj, para disimular la turbación.
-¿Hoy hizo a tiempo con todo?- pregunta ella, con naturalidad. Sus labios se abren y cierran con suavidad al hablar, como besándose a sí mismos.
-Sí, gracias- mascullo como para mí. Observo el paisaje por la ventanilla, como si temiera pasar de largo mi parada. Somos lo que decimos que somos, así que ¿quién seré ahora para esta joven?
Felizmente, cuatro cuadras después, la muchacha se levanta y desciende. La veo con el rabillo del ojo porque, aprovechando el empuje de los que siguen tratando de subir al vehículo, doy la vuelta para dejar paso libre a los que bajan. Esquivo así el perfil expuesto y puedo, al fin, liberar mi figura de su intrigante sonrisa.
Dejar de tener miedo de mí mismo, de alguien que no sé quién es pero, al parecer, represento ante ella.

Ricardo Feierstein
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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EL SILENCIO

Me pides algo corto y extraordinario.
Durante días, no lograba responder qué era así. Buscaba entre anécdotas, y todas estaban llenas de ruido: el de las bombas lacrimógenas, el de las balas, el de los gritos, el de las noticias falsas, el de los rumores, el del llanto, el de la desesperanza. Ruido, extenso, infinito, tanto como cotidiano.
Hoy, cuando la sangre corre por las calles, tengo algo, corto, extraordinario: el silencio.
Quizás entonces alguien viva.

Johnny Gavlovski
Caracas, Venezuela
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LA GRUTA

Mi tía Alicia era una niña traviesa y mientras jugaba en la gruta, cayó por un agujero profundo.
La familia la lloró siempre… pero el tiempo pasó y se entibiaron los recuerdos.
Trascurridos cuarenta años, su sobrino nieto Jeremías, saltaba por las piedras de la misma cueva, cuando reparó en algo… El foso estaba lleno de agua, y un frasco flotaba a la deriva. Contenía una nota.
“Estoy viviendo en un mundo maravilloso”, decía el texto en letras diminutas.

SUSANA RODRIGUES TUEGOLS
Wilde, Buenos Aires, Argentina
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Todos bajo sospecha

Al levantarnos ella no estaba en la casa. Al mediodía almorzamos junto a mis amigos. Esteban y su familia habían viajado por el día a Coronda. Cuando retirábamos los platos de la mesa ella entra con envión la camioneta y cierra el portón automático. Se acerca pegando todo su costado izquierdo sobre mi cuerpo, al otro lado tenía la mesada por lo cual tuve la sensación de acorralamiento. Esta es mi madre -llegué a decir-. Con mirada penetrante y con voz baja me cuenta que le habían desaparecido novecientos pesos de la cartera. Me pongo mal porque justo en la casa había amigos que nos visitaban por primera vez. Aunque por mi parte no tenía ni la mínima sospecha en ellos, pensé en ese instante que cuando se enteraran mis hermanos lo podían creer. De inmediato, por su comentario me di cuenta que ella ya lo estaba imaginando: _no les digas nada a ellos, dejá, no digas nada, es algo horrible…alguien conoce mis movimientos… seguramente entró cuando dejé la puerta abierta para que el sol de la mañana energice el agua de las botellas.
Lo que yo no había pensado es lo que a continuación me expresa: _le dije a tía Evangelina, no nos preocupemos, seguro me los sacó Ana. Mi rostro se entumeció de estupor cuando además caigo en la cuenta que ese era el monto exacto que ella me debía de la compra de los regalos navideños. Ahí comencé a preguntarle de dónde había sacado el dinero, cómo era que tenía separado los novecientos de los otros miles que tenía para llevarle a tía Elena. Me explica que ese rollito se lo había dado Pamela por el trabajo que tío Reinaldo había realizado el día de la fiesta del pueblo y a continuación agrega en un tono aún más bajo: _Pamela me lo dio envuelto en un papel y yo lo tomé sin revisar. Con esa aclaración por un instante también pienso mal de Pamela pero luego reflexiono que no puede ser, que jamás haría algo así. Entonces comienzo a repasar mentalmente… quizá mi primo Esteban y su mujer que andan con poco dinero podían haberlo tomado. Ella en lugar de desestimar alimenta cada una de mis hipótesis pero también sospecha de mí, lo veía en su rostro. Mis manos comienzan a temblar de indignación, no podía entender que ella les haya dicho a las hermanas que yo era capaz de quitarle esa plata sin avisar…y otra vez más no quería pero era inevitable especular en lo que mis tías dirían de mí. Con insistencia le pedí que revisara bien la cartera y me dice: _pero vos crees que soy tonta? te digo que saqué todo y no está, no está! Eso es así, no nos amarguemos más, disimulemos pero alguien sabe mis movimientos y me va sacando las cosas…
Continúa el día y comparto unas horas de pileta con mi hermana. La noto tensa, no sabía si era por lo de su marido, porque estaba celosa de la presencia de mis amigos o porque sospecha de mí por lo del dinero. Sin despejar las incertidumbres continuamos juntas una hora más hasta que salió de la pileta para hacer la infaltable merienda de café con leche y masitas en casa de nuestra madre. Al mismo tiempo Camilo menciona que retiraba la camioneta para ir al pueblo vecino a llevar un televisor para reparar –se trataba de uno de esos trámites de vida o muerte solicitados por mi madre que había que concretar pese a que era 24 de diciembre-.
Veo que Camilo se acerca a mi madre pero justo me distraigo ante un pedido de mi amiga. Cuando regreso a la cocina le pregunto a ella si había alguna novedad. Recién ahí mirándome fijo y con pausa me dirá que Camilo encontró el rollo de dinero caído debajo del asiento del acompañante.

Clarisa del Huerto Marzioni
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Despertar entrelazados, siempre es mejor en domingo. Tomados tan fuerte que hasta las manos duelen, los nervios se comprimen, y surge ese hormigueo fastidioso que nos separa unos instantes. Darse vuelta para un lado y para otro de la cama, con tal de encontrar la posición para seguir soñando abrazaditos. Placer del fin de semana.

Miguel Salas
Madrid, España
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Una tarde de invierno

Una tarde de invierno, lluvia, frío, soledad y arrancan los recuerdos, como pequeños ovillos van desmadejando la añoranza. Siempre te busqué. Quién no tuvo un amor adolescente ? Aquel primero, inolvidable, aquel que marca para siempre. Así me sucedió, y lo busqué en cada paso de mi vida, en cada detalle, en las miradas de otros enamorados, en otros gestos. Nunca lo encontré. La vida siguió. Mi búsqueda también. Infructuosa búsqueda.
Y una tarde de invierno de lluvia y frío y soledad, comencé a buscarlo en el facebook, ya lo había hecho antes, sin resultados.
Nuevamente escribí su nombre, sus dos nombres y dos apellidos. Nada. Un nombre un apellido … Un nombre y dos apellidos … Y el face como un viejo oráculo comenzó a arrojar nombres, personajes … todo lo que pudiera encontrar … y de pronto él … si, ahí estaba, con toda su carga de años… el tiempo pasó. Allí, mirando fijo hacia la nada de la pantalla, apenas apoyado en un lustroso piano, su música, su vida, su auténtica amante. Su mirada permanecía incólume en el tiempo, esos ojos, en los que reflejé mi juventud y felicidad de entonces. Me conmovió y quedé estática mirándolo, lentamente mis manos acariciaron su rostro en la fría pantalla.
Luego de la sorpresa, de varios días, me atreví a enviarle un mensaje breve, al instante me contestó, luego sobrevinieron los mails. Muchos mails en los que queríamos recuperar todo el tiempo perdido, nos convertimos en enamorados virtuales.
Ambos con nuestras familias, ya teníamos las raíces arraigadas en lo profundo de nuestras tierras de origen. Toda una vida y un sentimiento encriptado en nuestros corazones.
Y él de pronto enfermó, una cruel enfermedad lo atrapó, hice promesas, recé tanto, espiritualmente me sentía junto a él. Superó la enfermedad.
Fue una instancia que nos hizo reflexionar a ambos.
Si había una pequeña esperanza de un encuentro, de una humeante taza de café y manos entrelazadas en los recuerdos. Se diluyó lentamente, la realidad la destruyó.
Hoy somos amigos, él está bien. Somos amigos del alma, espejos, entrañables. Ya ninguna ilusión nos cobija. Sólo la amistad. Y el recuerdo en este domingo de lluvia de mi soledad, en que nuevamente mis manos se posan sobre su fría imagen en el monitor, y parece mirarme con sus ojos negros inmutables en el tiempo.
Mi querido amigo. Mi adolescente amor.

Nora Susana Margot
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Microrrelatos Escenas de la vida cotidiana Tercera parte

Compartimos otra tanda de Microrrelatos que llegaron! Seguimos con la Convocatoria Aniversario de Viví Libros 2017.

GENERACIONES

Empecé a escribir a partir de una anécdota risueña que viví con mi querido abuelo, y que se transformó en una composición “tema libre” en la escuela y me acarreó la admiración (el amor, para mí) de casi todas las mujeres de toda edad que celebraron mi osadía y mis buenas palabras. “Esto es lo mío!”, me dije.
Dos años después, mi abuelo murió. No pude soportarlo sano y me enfermé. Un cura que había venido por él, entendió que tenía que decirme algo: “Tu abuelito pasó a mejor vida”. Fue una de las frases más absurdas que escuché en mi vida. Mejor vida que la que teníamos con él? Dónde, cuándo, cómo…?
Me fui curando a través de mis primeros poemas. Ahora para diluir la angustia cuando aún no sabía que existía algo llamado así.
Y ahora, mucho tiempo después, así sigo. Por una cosa o la otra o ambas.
Ah! Mi nieta de 15 años acaba de escribir su primera novela.

Rolando Martiñá, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Crimen en Pietralata

Miró la ventana a través de la cual había arrojado a su mejor amigo hacía quince años.
Miró a sus hijos que ya eran grandes, y a su mujer, sentada en el viejo sillón de mimbre, indiferente y retraída, con un mechón de pelo blanco y dos orificios sin luz donde se habían hundido sus hermosos ojos pardos.
¿Qué estoy haciendo aquí?, se preguntó sabiendo que extrañaba el silencio seguro de la cárcel.
Luego, calmándose, bajó por el ascensor cubierto de gruesos graffiti, más ominosos que aquellos que recordaba, o más toscos y rudimentarios.
Caminó por las veredas sucias, pobladas por los muchachotes de los edificios que se juntaban a fumar en las esquinas. Los contenedores, abarrotados de bolsas de plástico, esparcían un olor ácido que asfixiaba el aroma dulce de la hierba.
Finalmente, bajó a las profundidades del subterráneo y allí se sintió bien. El sabor ferroso del aire quieto estaba pegado a las paredes, y se pegó a su ropa, oliente, también, a caverna oscura.
Y recordó entonces que en un domingo como ese, esperaba en el andén a su amigo que venía de Piazza di Spagna. Aquel domingo se agotaron los diarios. Le bastó con leer un titular elefantiásico. Pier Paolo Pasolini había sido asesinado en Ostia. Estaba seguro de haberlo visto en Pietralata filmando las calles oscuras y los muchachotes que se reían siempre y se le pegaban como moscas. Andaba husmeando la muerte, se dijo, como sirviéndose en bandeja.
Su amigo no se enteró de la noticia, sólo quería ver el partido entre el Milan y la Juventus y beber, fumar, y contarle chistes. Fumaron y se tranquilizaron. El empezaba a entristecerse con la muerte de Pasolini. Lo había visto más de una vez en el barrio en medio de esos brutos. Pero ese recuerdo se borró rápidamente y enseguida su estado de ánimo pasó de la melancolía a la furia. Se ponía furioso con los goles del Milan mientras su amigo festejaba.
Discutieron. Su mujer se encerró con los chicos en el baño. El otro lo insultaba, le daba cortos y dolorosos chirlos en las mejillas. Él lo golpeó en la cabeza con los puños. Se trenzaron como boxeadores en el ring hasta que él logró desasirse de ese abrazo. Lo empujó con fuerza pegándole con el puño cerrado en todo el cuerpo mientras retrocedía para esquivarlo. Él era más fuerte, o al menos, más certero. Le propinó un puñetazo en pleno rostro y luego un empellón que resultó ser el último. De tan fuerte, su cuerpo trastabilló al tiempo que el del otro desaparecía de su vista.
Y nadie pudo creer que no sabía ni el lugar que ocupaba la ventana, ni que estuviera abierta, ni que aquel cuerpo enjuto podía pasar por la abertura sin producir otro sonido que el golpe seco en la calle desierta.

Susana Aguad
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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LOGIA

– ¿Esa es la Sinfonía Concertino, de Mozart?
El ocupante de la otra carpa levantó la vista.
– Sí. Con el violín de Igor Oistraj.
El que había preguntado, deteniendo su paseo vespertino por la playa, tuvo un estremecimiento.
– ¿Orquesta de Moscú?
– Filarmónica de Berlín- dijo, lacónico y cómplice, el dueño de la radio.
Ya eran amigos para siempre, aunque recién se conocían.

Ricardo Feierstein
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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ACENTOS

_ Vio qué cosa las palabras?
_ Por?
_ La palabra esdrújula, es esdrújula, pero la palabra aguda, es grave…
_ Cierto… No lo había pensado…
_ Y vio que con las esdrújulas pasa como con algunas enfermedades:
son raras, pero no son graves…
_ Ja ja, cierto… Y otras son graves sólo cuando son agudas…
_ Cierto, qué cosa no?
_ El mundo está loco, che!
_ Y sí, ya lo dijo… Bueno, lo dijeron muchos
_ Y sí … Por lo menos nosotros entendemos…
_ Chau.
_ Chau.

Rolando Martiñá, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Lulú

Tenía muchas ganas de tener una perrita nueva. La última había muerto hacía ya dos meses. Fue así que busqué por Internet y conseguí una cachorrita hermosa a la que le puse Lulú.
Dulce Lulú, el problema era a la noche. Hacía frío para dejarla afuera y a ella no le gustaba estar encerrada. Como resultado lloraba y no nos dejaba dormir.
Entonces se me ocurrió encerrarla en el baño del consultorio, que por otra parte, se encuentra alejado de la casa. Era una forma de estar tranquilos y que ella no sufriera las inclemencias del tiempo. Así lo hice.
A la mañana siguiente, cuando fui a buscarla, por debajo de la puerta corría un río torrentoso. Lulú se había comido el flexible del inodoro y flotaba en su cuchita de madera como si fuera un barco en medio del mar.
Nunca más la dejé encerrada y le compré un vestidito de lana, una casita y una camita calentita para campear el frio.
Y así en agradecimiento, Lulú ya no lloro más.

Lili, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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YENDO AL GRANO

No veía a Rebeca desde, por lo menos, diez años atrás. Nos cruzamos una noche en la fiesta de casamiento de un primo segundo en común. Ella pertenece a la segunda rama de mi familia extendida -es hermana de un pariente político- de modo que no existen muchas posibilidades de encuentro, fuera de estas reuniones gigantes y ecuménicas.
Debe tener algo más de setenta años, pero se conserva muy bien, ocupada con sus dos hijas y sus cirugías plásticas. Y es una de las pocas conocidas que todavía se acuerda de mis padres.
Breve ceremonia para presentar a los contrayentes, voz de locutor que aturde. Comienza el inevitable “vals de los novios”. Aplausos, besos, felicitaciones, cruces de gente. Cumplo mi papel de rotar unos compases con la protagonista del enlace (después de esperar unos veinte turnos), a quien apenas conozco y, como corresponde, la cedo al próximo festejante. Quedo aislado en la pista, situación compartida por otros fugaces bailarines (en especial, mujeres que saludaron al novio). Me cruzo con Rebeca, que también está boyando en el medio.
De común y silencioso acuerdo, enlazamos nuestros talles y seguimos el ritmo del vals hacia uno de los extremos, para abandonar con cierta elegancia la pista.
Giramos tres vueltas.
En la primera, ella pregunta por la salud de mi familia nuclear (y yo por la suya). En la segunda, en silencio, llegamos a salir del grupo de gente. En la tercera, al borde de las alejadas mesas donde recuperaremos nuestros asientos, suelta antes de despedirnos una pregunta a quemarropa:
-Decíme, Ricardito: ¿no conocés algún tipo para mi hija mayor, que acaba de divorciarse?

Ricardo Feierstein
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Pequeño camalotal

Fue un día… allá en Santa Fe… cuando Flor, nuestra hija lo trajo de la Setúbal.
– Estos camalotes son para su jardín -nos dijo a su padre y a mí.
Así fue que los pusimos en una cuna de diarios y agua. Teníamos que volver a nuestra casa, en Rosario…
Quizás el viaje fue duro para esa minúscula mata, esa tapia, pero las plantas resistieron como si tuvieran la entereza de los humildes.
Cuando llegamos las pusimos en el patio. Y allí –en una vasija de agua- el pequeño camalotal se aposentó confiado… ¿Acaso sabría cuánto amábamos el agua marrón que lo vio nacer?
A los pocos días, un coro de pequeñas abejitas zumbaban a su alrededor. Ellas se hicieron sus compañeras inseparables.
Sucedió ayer, cuando por primera vez floreció bellamente… Ramillete de colores que hoy –ya mustio y cansado- se está inclinando… Nos regaló sus pétalos en la belleza efímera de un día…
Sin embargo, silenciosamente y casi en secreto, nuestro pequeño camalotal nos convidó esta mañana… con una nueva vara que estalla en lilas, violetas y amarillos… Asombro alegre de la vida…

María del Carmen Guala
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina
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La noticia

La rutinaria cadencia en el lento y exhausto balanceo del antiguo ascensor, su constante penar en un agobiado chirrido me despierta. Aún embebido en una ensoñación que distorsiona y que confunde muchas veces la realidad con fantasía espero escuchar una pauta que disipe mis dudas mientras busco a tientas la luz, que se enciende en un tímido resplandor. Deslizo la cerilla varias veces por la humedecida caja, mis temblorosas manos lo dificulta aún más, logro prender un cigarro, doy una larga bocanada que calma mi imperiosa necesidad por retener solapada la feroz abstinencia, la dependencia de esa voraz y adictiva ansiedad que me carcome.
La aspereza en la garganta y la sequedad de los labios me hacen pensar en un suave y refrescante trago de agua. Nuevamente siento esa ríspida sensación. Instintivamente miro el reloj, falta un cuarto para las tres, lo que me es indiferente aun que siento el hastío en las agujas, doy una nueva y larga bocanada en silencio, tan solo que esta vez me pregunto cómo fue que llegué a ser la más ruin y despiadada expresión de mí, al rechazar la dulce e irrefrenable seducción de la vida en su máxima plenitud y sumirme en esta desolación, en esta depresión inconformista.
Siento detenerse el ascensor, el oxidado y ruidoso abrir de la puerta da paso a un rápido y alegre taconeo en el pasillo, el mismo me recuerda al fresco, al liviano y continuo aleteo de un colibrí.
Miro a un costado de la cama veo el revólver, lo tomo para guardarlo y al tocarlo su escalofriante frialdad, me hila, mis venas se congelan al pensar que lo tuve en mis manos, como la única solución al devenir de mi vida, pero fui lo suficientemente débil para dar ese paso sin retorno. Lo guardo rápidamente pues el tintineo de las llaves en la puerta rompe definitivamente el silencio.
– Hola! Papá!
-Hola princesa.
-¿Qué haces encerrado en penumbra? ¡Arriba! que afuera está hermoso, soleado, es un día de primavera.
Refunfuneo bastante, antes de salir.
El resplandor del sol me enceguece pero sus cálidos y tibios rayos acarician mi alma, suavizando mis heridas. Respiro profundo y la tos del cigarro se hace presente. Caminamos del brazo contemplándonos en silencio, ella el devenir del tiempo, yo su fuerza, su alegría constante, su fe, su creencia siempre esperanzada. Nos miramos, me apoya su cabeza en mi hombro y me lanza un irresistible y sanador ataque de amor, de ternura, de fe y esperanza al decirme:
-¡Papá estoy embarazada!.
La miro, no logró contener mis lágrimas y rompo en llanto. Muchos sentimientos y sensaciones encontradas se entremezclan. Mi hija me abraza, me da un beso, le sonrío, la beso, en ese momento una sensación de esperanza, de luz y de amor comienza a renacer en mi vida.

Roberto Cordero, Uruguay
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Microrrelatos Escenas de la vida cotidiana Segunda parte

Compartimos otra tanda de Microrrelatos que llegaron! Seguimos con la Convocatoria Aniversario de Viví Libros 2017

Enseñanza maternal

A sus siete años era necesario que aprendiera la dirección de su casa. Yo tenía miedo de tantas cosas que se escuchaban por ahí. Le enseñaba con paciencia mientras manejaba, ese domicilio largo y complicado que teníamos.
– A ver… vos vivís en Cervantes y Perón. ¡Repetí conmigo!
– Cervantes y Perón -decía su voz infantil.
– Edificio 3, departamento 12, Barrio El Progreso.
Con paciencia y buena voluntad repetía: Edificio 3, departamento 12, Barrio El Progreso.
– San Justo, Buenos Aires.
– San Justo, Buenos Aires –coreaba.
– Bueno, muy bien, ahora vos solito. ¿Dónde vivís? – pregunté.
Me miró con una sonrisa y me contestó simplemente: “¡Acá cerquita!”

Liliana Fernandez de Pozzi
San Justo, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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La canilla del baño

Las gotas sucesivas que se dejaban caer por la canilla del baño, con su ruidito tan particular, para decirlo de una vez y para siempre, me martirizaban.
Entonces, ante la perspectiva del fin de semana largo en el que mi familia viajaba creo que a la costa, yo, que no podía ya obsesionarme por otra cuestión, decidí encarar la tarea de refaccionar lo que fuese menester. Creo que se dice menester en estos casos, pero no sé.
Tampoco supe dónde habrían ido a parar las herramientas, que al principio, según recuerdo, se encontraban en una caja de tamaño mediano, que tampoco apareció por ningún lado y no por eso me anduve quejando como los vecinos, que dijeron haberse despertado por la explosión, que de ninguna manera fue tan ruidosa.
Justamente, acerca del ruido fue mi primera declaración ante los medios, les dije que no se soportaba el goteo de la canilla del baño, así que mi familia ya podía regresar tranquila a vivir en el descampado.

Mario Capasso
Villa Martelli, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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Tristes anónimos

Hoy no sé qué decir. Es más que una pesadilla. Paré, porque una chica gritaba y se sacudía en medio de la calle, sin que nadie lo advirtiera. Estaba deambulado. (A ella me refiero). Nadie nos veía! Eran cerca de las 3 de la tarde. Le pregunté que le pasaba; si podía ayudarla y desbordo de angustia. No paraba de llorar (ella). -Respira, le dije (yo).
– Me acaban de robar el celular, me contestó como tiritando, apretando los dientes con un grito prohibido.
– No vale la pena llorar por un celular, respondí (casi) sin escucharla.
– SI, ya sé. No es por el celular, es que tenía anotadas muchas cosas importantes, me dijo.
– Las vas a recuperar insistí, como queriendo consolarla. Y cómo te llamas?
– Sofía, me dijo con ojos otoño y la mirada al suelo.
– Encima mi papá se va a enojar conmigo, agregó.
Y repitió: -Pero no es por el celular. No se puede vivir!
Y largó todo de una: -Yo di en adopción a mi hija que nació el 29 de marzo. (Apenas 40 días atrás y rompía en llanto, desconsolada) Llovía, hacía frío y todo estaba gris intenso. Incluso yo.
– Como se llama tu hija? -Lucia, me dijo. Me arrepentí. Creía que darla en adopción era lo mejor. En realidad no sé si puedo, y mañana tengo que ir a… Aris…pa… no me acuerdo la calle, lo tenía anotado en mi celular.
ENTIENDE? Y LO PERDÍ!.
Y lloraba y estallaba otra vez.
-Le ayude a recordar la calle: Aristóbulo del Valle?, Barracas, le dije.
– No puedo vivir así, no sé quién me va ayudar… (Ni si quiera me miraba, no sé si registraba que yo estaba ahí). Parecía como si ella estuviera soñando. Le pregunté con quien vivía.
– Con mi mamá, pero a veces me dice que sí y yo sé que otras veces me va a decir que no. Ella es bipolar. Y mi papá, vive lejos. Trabaja de noche y duerme de día. TENGO 20 AÑOS! Yo quería estudiar, me dijo esta vez mirándome muy triste.
– Y el papá de tu hija? le pregunté.
– Si, es bueno. Pero vive lejos, y a veces no le anda bien la conexión! (?)
– Vos decís que tu mamá no va a poder. Que tu papá no va a poder. Que el papá de Lucia no puede. Y vos, vas a poder? Fue lo único que pude preguntarle. Y, si crees que podès, está bien y si crees que no podès, también está bien.
No pude abrazarla, creo que lo necesitaba. Lo necesitaba (ella) y lo necesitaba (yo). Pero tuve miedo. No creí nunca que me mintiera. Pero estaba en la calle con una mujer joven desconocida. Y si me acusaba de atacarla? Y si seguía gritando! Y… me cuidé.
Seguí hablando, sin poder darle un abrazo. Le dije que tenía una hija de su edad, y que todos pasábamos cosas dolorosas. La sentía mi hija.
-Si ya sé, me dijo rápido. Es lo que me toca!.
– Sofía: Querès que te acompañe mañana a la entrevista con la trabajadora social?
Me dijo: – iba a ir mi papá. Va a ser raro si usted viene…
-No sé qué hacer para ayudarte, le dije. Por qué no vas a la casa de un amigo o amiga y te desahogas un rato.
-Mis amigos no están ahora.
– Si querès vamos a tomar un té o algo a un bar. Así te recuperas.
– Gracias, ya está…
Y seguía caminando. Temblaba y lloraba. (Ella y yo).
No pude, no se puede. No ayudé en nada, le di mi teléfono y le dije que si necesitaba algo en algún momento no dudara en llamar o mandarme un mensaje. Le di un frasco de miel que tenía en el auto y le dije: -algo dulce, rico al menos.
-“Y es sano” me contestó casi sin pensarlo.
-Quién no puede? (voz en of)
-Yo no puedo dejar de pensar en Sofía y en Lucia. Y en el sano abrazo que hubiera necesitado darle. Me angustia. Sofía no está aún lista para sufrir. No sabe lo que hay que hacer. No sabe. No puede. No está lista. Siento vértigo de quedarme quieto, de callar, de dormir, de cerrar los ojos y no mirar
Sofía no sabía. Yo no pude. No sé. Ella pensaba que yo no era real y yo creía que ella era solo un sueño. Ojalá no hubiera existido esta pesadilla.
Cuando nos despedimos mi analista me preguntó: cuando nos volvemos a ver?
-el martes próximo, como siempre, le dije. Le pagué la consulta y me fui a mi casa otra vez triste.

Gabo Sagita
San Marcos Sierras, Provincia de Córdoba, Argentina
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Índice Alternativo

Mi abuela Nina, una mujer adelantada en su época, tenía el dedo índice de la mano derecha chueco, los nietos creíamos que era un gen recesivo o consecuencia de la artritis; una tarde nos contó que había sido una fractura no tratada y nos reveló un íntimo secreto, “que la libertad vivía en su dedo”, pues cada vez que levantaba la mano derecha para apuntar en una dirección, el dedo chueco le indicaba un camino alternativo, para dar cabida al asombro.

Verónica Baeza Yates
Santiago, Chile
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La habitación de la muerte

¡Quiero partir!, quien lo diría. Mi jornada es extenuante, millones de difuntos golpean mi puerta y no saben lo que pienso de mi existencia. Tengo ganas de descansar (punto), mi cama no sabe de mi presencia. Mi gran amiga es la vida, tengo sus libros apilados en mi velador, por cierto, con relatos de amor y también de penurias. Tengo mis gustos, prefiero que me llamen cuando sean viejos, después de haber paladeado el sabor de los pueblos; no me gustan los que se olvidan de sus privilegios y se quejan, me enternecen los que ríen en la pobreza; ¡algunos pensarán que soy atrevida!, mas, después de todo sé más de la vida. Varios me desconciertan con su agenda, con una visita no programada en mi libreta. Soy melancólica en las guerras absurdas y, en mi defensa, cautelosa en los escenarios, que los humanos, en ocasiones crean. Muchos sostienen que soy un tránsito y me alivia pensar en otros soles y lunas, aguas, valles y montañas. Tengo algunas respuestas, sin mi presencia les faltaría alimento y con mi sombra a cuestas, valoran cada segundo de sus existencias. Soy fecunda, ¡qué paradoja!, una parturienta que no da a luz en la Tierra, en su habitación de desnudez cierta. Soy una anciana sin respiro y he llorado con los deudos. Quisiera partir de madrugada, expirar sin previo aviso, dejar atrás los velatorios y entierros. A fin de cuentas, me merezco lo mío, un desenlace como todos.

Verónica Baeza Yates
Santiago, Chile
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Flor de ausencia

La vida de los humanos puede parecerse, a veces, a las flores. Pongo por caso, las rosas. Sí, ya sé que están medio como trilladas, ¿no? Pero una rosa, por ejemplo, yo, como que por afuera parecés toda divina, con buen perfume, lindos colores, aterciopeladas hojas, pero en cuanto te acercaste un poco, chau, te pincho como la mejor. O la peor, claro, depende de cómo se lo mire. O si pienso en las magnolias…Todas blancas, tardan en florecer, se abren completamente y al otro día, si te he visto, no me acuerdo, completamente marchitas. Marrones, quedan. Dejame de jorobar. Así no hay relación que resista. Digo, ¿no? Otro caso son las orquídeas. Inalterables, se las ve. En una cajita. Colores vívidos. También tenés la blanca, claro. El asunto es que no te vendan “gato por liebre” y de pronto, soy una orquídea de “un día”. Y sí, las hay que duran tan poco. Para mí, que es una característica de las flores, esa, la de arruinarlo todo rápidamente. Y por esa razón, se me ocurre, este paralelismo entre nosotros y ellas.
La verdad, sería mucho mejor parecerse a los árboles. Que duran, al menos varios años. Yo vengo oponiéndole cierta resistencia al tiempo, y en ese sentido podría caer más del lado del tronco que se afinca, echa raíz y le pega para arriba, nomás. Qué tanta vuelta. Pero en lo que tiene que ver con las relaciones humanas, creo yo, en mi modestísima y humildísima opinión, sobre todo por eso de “arruinarlo todo rápidamente”, el de flor es el sayo que mejor me cabe…Después, que nadie me reclame, que no digan que no les avisé. Clarito, como el agua, está. El agua que no importa cuánto se la cambies, la flor (en este caso, yo) se marchita igual. O si no se la cambian, el agua se pudre y la flor (o sea, yo, no sé si me explico), se termina pudriendo también… El que avisa, no es traidor. Y en ese sentido, soy bien gauchita… Flor de gauchita…

Silvina Rodríguez
Olivos, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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Microrrelatos Escenas de la vida cotidiana Primera parte

Compartimos los primeros Microrrelatos que llegaron a la Convocatoria Aniversario de Viví Libros 2017!

En uno de esos tantos días que sales de casa, a lo mejor corriendo o por el apuro de la hora, para llegar al trabajo, siempre un error se comete y te traiciona el sub-conciente. La cosa es que me apuré me arreglé, todo apurado comí, me puse colonia, comí, o sea, ya era como un robot, no tenía porque equivocarme, al cumplir con mi arreglo personal y salud. Tomé las llaves, mi celular, mis libros, mi portafolios, salí de casa, cerré la puerta, todo como siempre, ese día mi emoción era porque iba a dar una charla, antes de comenzar la clase. Todo bien, subí al transporte, todo chévere y lo curioso la gente veía mucho mi celular y yo notaba eso, pero yo tranquilo seguro y sereno. Aquí comienza el show, cuando entro al pasillo, me dice el portero: “Caramba profe que puntualidad, claro con ese reloj” y entro a la dirección a firmar pero allí no había nadie para alertarme, firmé y salí, derechito donde debía dar la charla, desde acá pude observar la gente sentada esperándome. Cuando llego al frente y saludo, tomo mi celular colgado en mi cintura para colocarlo en la mesa, sorpresa; era mi reloj despertador y yo me dije: ¿Qué es esto? disimuladamente en mi asombro; a los que estaban cerca, les dije: “Me gusta estar muy a tiempo en todo y esto me emociona” y lo coloqué en la mesa. Y me quedó el pensamiento; ahora sin celular, me traje el reloj. Y de allí siempre lo tomo como chiste y mis compañeros lo recuerdan para reírse, y yo cuando recuerdo mi loquera no dejo de reírme.

Pedro Ordaz
El Tigre, Venezuela
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Cotidianidad de anonimato

Después de comprar la verdura, pasé caminando por enfrente de la agencia de quiniela. Mentalmente hice la cuenta… me pareció que me sobraban veinte pesos. Entonces entré y jugué un “quiniseis”. Era miércoles, por lo tanto se jugaba esa noche.
Llegué a casa y con las primeras sombras de la tarde, preparé la cena. Algo rico para cuando llegara él del trabajo (le gusta sentarse a mirar el noticiero comiendo una picadita ¡y yo le doy el gusto!).
Las horas avanzaron, comimos tranquilos y nos fuimos a la cama. Cerca de las doce de la noche, me acordé: ¿habría pegado los seis números?
No me levanté a mirar el resultado. Esa noche, me dormí siendo millonaria…

Liliana Fernandez de Pozzi
San Justo, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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El olor del guiso

Apenas pisé el pasillo, el olor del guiso me confirmó que, efectivamente, yo había llegado al lugar indicado. Así que, relamiéndome, comencé a recorrerlo. Debía llegar hasta el fondo si en verdad ansiaba encontrarme con lo mejor de la porción que, ya lo daba por descontado, me estaba reservada.
Y todo resultó conforme me habían informado.
El fondo del pasillo, el fondo del comedor, la cocina al fondo, el fondo de la olla, todo enmarcado por un fondo musical que, en el fondo, no hacía otra cosa que resaltar las virtudes del guiso, tal vez no exactamente el que yo había ido a buscar, pero sí el que el hambre construyó para mí y para otros, muchos otros, grandes y chicos que vamos desfilando así, de a uno en fondo, impregnados de un olor diferente al que me atrajo de entrada, apenas pisé el pasillo.

Mario Capasso
Villa Martelli, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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Mi camino hacia la libertad

Mi relación con el cigarrillo data desde la adolescencia; probé por el simple hecho de experimentar que se sentía y seguí hasta que mucho tiempo después, específicamente en el mes de enero de 2011 intensifiqué el consumo; llegando a dos atados por día a raíz de situaciones traumáticas vivenciadas; y sus consecuencias llevaron a que pase el mayor tiempo en mi casa. Por lo que mi lugar de residencia se había convertido en un gran cigarrillo; por el humo y olor que había.
Al año, más o menos, en que el aburrimiento puede llevar a hacer algo tan productivo como reflexionar… me pregunté: Cómo sería mi vida sin el cigarrillo?, Cómo me sentiría? Porque al fumar por más de treinta años uno se olvida de cómo era su vida antes. Personas conocidas y amigos habían empezado algún tratamiento con anti-depresivos, laser, auriculoterapia, chicles etc. y los veía ansiosos, como que se habían obligado a dejar de fumar y la ansiedad seguía haciendo estragos. Mi objetivo no era ese porque no quería obligarme; quería tomar una decisión libre y tenía tantas ganas de saber cómo sería mi vida sin fumar que, así las cosas, el 10 de noviembre de 2012 decidí darme la oportunidad de re-nacer a una vida disfrutable con todos sus ingredientes y re-descubrí a mis otros sentidos; mi mirada cobró vida, al caminar por las calles de la ciudad un festín de aromas se hacía presente, disfrutaba cocinar y los alimentos eran más sabrosos, me re-encontré con mi olor y me dije: esto es vida. También identificaba con mucha facilidad a los que fumaban; ese olor tan característico que no podía definir; era tan raro, feo. Hasta que una vez, iba sentada en un colectivo y se para al lado de mi asiento una persona joven (fumadora) con un olor tan fuerte que me produjo nauseas y ahí pude darle un nombre; era olor a muerte, cosa que me hizo un clip y me dije: Así olía yo; a muerte.
Entre otras cosas, recuperé mi energía, mi buen humor, mi sensibilidad, tanto!!! Y como soy analítica por naturaleza me pregunté: Qué lugar ocupaba el cigarrillo en mi vida? Y me respondí: Mi libertad!!!

Nora Ángela Dantas
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Cotidiano

Desordeno los estantes, busco a tientas entre la ropa… pantalones, pulóveres, medias, guantes. Seres sin vida, desmayados y ausentes de mis formas. Aprecio que no sé vestirme. Nunca supe…
Lo saben la mudez de los espejos, el reloj que me apura, la rutina que me despierta y me consume…
Y es así como la nostalgia despereza el tiempo y una otra desnudez busca en los estantes un más allá de lo vestido y lo perfecto.

Liliana Fernandez de Pozzi
San Justo, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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DUELO

Están frente a frente, tensos, atentos, es mucho lo que se juegan. La multitud ruge; poco a poco se hace silencio y desde el elevado trono sale la orden. Durante un largo rato, con suerte variable, esgrimen sus armas denodados. Finalmente, el duelo termina, pero para uno de los dos tenistas, hoy habrá otro…

Rolando Martiñá, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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El hombre de las máscaras

Usted se levanta a las 7 de la mañana con los sonidos del despertador, apenas pone un pie en el piso frio de cerámica, siente el cansancio distribuyéndose por todo su cuerpo. Tiene 2 bolsas en los ojos, que intenta disimular. Sale de su departamento y antes de llegar al ascensor se cruza con el señor del piso de arriba, èl cual disfruto de un súper mega recital: le deben haber ardido las orejas – piensa al verlo- de tanto que lo maldijo la noche anterior; a pesar de todo, traspasado de sueño e insomnio le hace una sonrisa y lo saluda con la mano. Él le devuelve el saludo alegremente y hasta le avisa que en el bar de enfrente están promocionando el desayuno al 50 %.
SIN QUERER USTED, ACABA DE PONERSE SU PRIMERA MASCARA DEL DÍA.
Usted decidió no expresarle su disgusto, y por el contrario ser una persona pasiva, cordial y no generar conflictos… aunque le hubiera gustado mucho ponerle los puntos a ese señor!!
Arranca su camino hacia su trabajo, sin darse cuenta que eso que no dijo es el primer peso del día, la primera gota de acumulación en su vida cotidiana.
Usted llega a su trabajo con una molestia que no reconoce, aquello no dicho ya está incrustado en su ser.
Hoy cumple años su jefe, quien decide invitar a todos los empleados con una rica pizza. A usted no le queda otra que aceptar, aun teniendo bien presente los cólicos que le van a venir después de comer el primer bocado (tiene terminantemente prohibido por su médico los alimentos grasos), pero no puede negar la invitación, menos que menos después de la reunión que tuvo el jueves pasado en el que él le hablo de un aumento de salario si usted cumplía con todas sus expectativas… y sabe bien que una de ellas es no rechazar sus obsequios, su jefe es de esas personas que se toma todo muy a pecho.
SI, USTED ACABA DE PONERSE SU SEGUNDA MÁSCARA DEL DÍA, y por consiguiente un nuevo peso en su rostro…
Y yo que lo observo… tengo una duda:
¿Qué es lo que lo lleva a aceptar cosas que no quiere o a no reclamar sus derechos? Después se anda preguntando por qué se siente asfixiado, -cualquier persona en sus cabales se sentiría mal consigo mismo- ¿Qué lo lleva a la tolerancia, a no defender su persona, su bienestar?
Ya son las 5 de la tarde, usted se va de la oficina con el estómago revuelto… ¿será solo por la pizza? O ¿tendrá que ver su melómano vecino o lo que pudo pensar de usted su jefe?
Sigue su recorrido hacia su curso de inglés de los días jueves, de repente al entrar en la clase algo se enciende dentro de usted, le pasa siempre, y no sabe muy bien que es.
Usted en aquel lugar es la típica persona que suele llamar la atención, suele explayarse en público, hacer preguntas de esas elocuentes, ahí alza su voz; deja atrás a ese otro yo que no pudo enfrentar al vecino y que no le pudo decir que no a una mísera porción de pizza, por el qué dirán..
USTED ACABA DE PONERSE SU 3RA MASCARA DEL DÍA:
La realidad es que siempre quiso pasar desapercibido, ser el centro de atención no es lo suyo, pero su mandato familiar le pesa lo suficiente, como para no ser menos que sus dos hermanos mayores.
Me pregunto … ¿con que de usted mismo se encontrará a la noche?
Esta noche es muy deseada por usted, ya que se va a encontrar con su querida esposa que estuvo ausente unos días por trabajo. Usted le estuvo mintiendo en esas conversaciones que tuvieron por teléfono, le decía que todo estaba bien, que se arreglaba con los quehaceres domésticos, hasta le llegó a decir que estaba aprendiendo a cocinar y que eso le gustaba! Usted tiene muy presente que siempre fue muy dependiente de ella, y que en realidad la estaba pasando bastante mal; pero como no quería que ella se sienta incomoda, se mostró fuerte y no vulnerable, y no desnudó sus sentimientos..
SI, USTED SE PUSO UNA NUEVA MASCARA ANTE ELLA
Yo sigo con mis dudas…
¿Quién es usted en realidad? Es aquel que llama la atención en clase con su istrionismo o es aquella persona que no puede enfrentar una simple situación, ¿Cuál es su verdadero ser? ¿Dónde está lo introvertido en usted? ¿Y donde lo extrovertido? ¿Cómo puede dividirse tanto?, sin marearse claro…
Es que en esta vida, nada pero nada es lo que parece…
Todos cargamos con diferentes máscaras para cada lugar o situación, las vamos intercambiando según delante de quién o de qué estemos. El verdadero rostro se esfuma, se escapa de nuestro lado, se esconde detrás nuestro, a tal punto que a veces ni en las mas solas de las soledades podemos arrancarnos este cúmulo de parodias que se van impregnando en un yo confuso, un yo maleable, que se perdió buscándose..
Quizá “su fin”, sea este interrogante, esta máscara sin descubrir, este desborde de incertidumbre.

Juliana Calvo
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Prohibida para menores

¿Y yo? ¿Por qué no me llevan a mí? ¿Cómo que la película es “prohibida para menores”? No entiendo lo que dice mi mamá. Y menos a mi hermana, que me lleva “8 años y 8 meses”. Andá a saber por qué mi mamá dice siempre así: “Le lleva ocho años y ocho meses”. Tengo cinco, yo, y mi hermana ya cumplió los catorce, y entonces, parece, que con catorce puede entrar a ver las que son “prohibidas para menores”. Se ve que por ejemplo, yo, soy menor. Lloro. Pataleo. Me enojo. No hay caso. Dice mi mamá que no puedo ir. Que no me van a dejar entrar, dice también. Que otro día me llevan a ver otra cosa. ¿Otra cosa? Mi mamá no entiende nada. Yo quiero ir a ver “Socorro”. Es la última película de los Beatles, esos que cantan todo en inglés, porque escuché que son de Inglaterra. “Los cuatro de Liverpool”, dicen que son. Ni idea, sé que de acá no son, porque si fueran de acá, por qué corchos iban a cantar en inglés, para que una no entienda ni jota? En el jardín no me enseñan inglés, por ahí cuando sea más grande, puedo ir a estudiar, pero la verdad, no sé, mi hermana no estudia aparte de la secundaria, tiene unos libros, yo los vi, pero no va a otro lado a estudiar. Igual, ella canta las canciones. Yo no entiendo un pito lo que dicen, pero me encantan. “Jelpainidsambadi”, dice una. Y otra “Güiarlivininayelousabmarin”, más o menos, eso, parece que dicen. El asunto es que lloro y pataleo, pero no me llevan. Una amiga de mi hermana, un poco más grande, la viene a buscar y se van. Ella también me dice “No, corazón, vos no podés venir, sos muy chiquita”. Ah, sí? Chiquita? Chiquita, tu abuelita. Y ahí nomás pongo, en el piso, dos o tres papeles de diario (para que resistan un poco más) y meto todos los zapatos que tengo en la mesita de luz (bué, tampoco tantos, tres pares, tendré, o cuatro, sí, capaz que cuatro, son), los pongo todos y hago como un paquetito, viste, y medio como que se me salen pero los voy arrastrando, pucha que pesan y me voy acercando, desde mi cuarto, paso por el living y llego al hall de entrada, abro la puerta y llamo el ascensor. Y ahí, justo, justo, no va y se aparece mi mamá. Qué tipa oportuna. “Dónde vas, nena?”. “Me voy”, le contesto y la miro, eso sí, de bastante más abajo. Mi mamá se ríe y me abraza. No entiendo de qué se ríe. No veo por qué no me toma en serio. “Vení, nena, vamos a tomar la leche, querés, y guardamos los zapatos en su lugar”. “Pero, má, yo quiero ir al cine, no soy chiquita, soy grande ya!”, le grito, pero la suerte está echada y el episodio de los zapatos ya queda en los anales de mi historia.

Silvina Rodríguez
Olivos, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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Convocatoria 16º Aniversario de Viví Libros

¡CUMPLIMOS 16 AÑOS!

¡Viví Libros está de festejo!! Nos encontramos soplando las primeras 16 velitas de nuestro emprendimiento. Y ya suena a muchos años… Como siempre, queremos compartir esta enorme alegría del aniversario con ustedes. Entonces, ¿qué mejor que divertirnos juntos para festejarlo? Los invitamos a sumarse a la siguiente convocatoria:

MICRORRELATOS ESCENAS DE LA VIDA COTIDIANA

¿Cuántas veces en el día nos pasa algo que nos lleva a pensar que esa situación parece de película o bien podríamos haberlo leído en alguna página de una novela que encajaría perfectamente en la historia? Son esas pequeñas escenas de la vida cotidiana las que queremos rescatar en este concurso aniversario, aquellas escenas desopilantes que dan origen a divertidos microrrelatos y a otro tanto no tan risueños, pero que es un placer leerlos.

Les proponemos que nos cuenten alguna situación, anécdota, fábula o minificción donde la vida misma cobre protagonismo. Puede ser desde el lado personal, de los amigos, de la familia o los vecinos, desde donde gusten… ¡Seguro que a un simple golpe de vista, ya se les está ocurriendo alguna!

El objetivo es que escriban algo breve y lo envíen por e-mail, facebook, twitter o directamente como comentario en la web durante estos días (hay tiempo hasta el martes 8 de agosto).

Los microrrelatos deben ser inéditos y pueden ser firmados a nombre propio o con un seudónimo pero incluyendo la ciudad y país de residencia. Seleccionaremos tres microrrelatos que recibirán su premio y los daremos a conocer en el Newsletter y todos nuestros medios habituales.

A los ganadores, les regalaremos la suscripción gratuita a Viví Libros hasta diciembre 2017.

Durante estos días, compartiremos las lecturas con ustedes en nuestra fan page de facebook, por twitter y subiendo de a grupos los microrrelatos a la página web. Vale comentar, opinar y sobre todo: ¡reirnos juntos!

Se publicará en la web el compilado de todos los Microrrelatos Escenas de la vida cotidiana que nos hayan llegado a tiempo. Tal como lo hicimos en los aniversarios anteriores, que pueden leerlos en nuestra página (aclaración: como solemos recibir muchas participaciones cada Convocatoria tiene varias partes para disfrutar de su lectura).

Ahora… a escribir!

A modo de ejemplo, les compartimos el primer microrrelato para romper el hielo:

El cucarachero

Mañana gris de invierno, la señora estaba medio dormida aún. No había alcanzado a tomar su café con leche, cuando vino el cucharachero como cada sábado del mes.

Él comienza su rutina de tirar esos líquidos fuertes por los rincones y poner una cremita venenosa en las puertas de los armarios.

– Lindo día para ir a la playa a juntar caracoles y tomarse un rico desayuno en esas casitas de té que hay cerca de la costa… -dice.

La mujer se despabila de golpe con el comentario, y sonriendo con mirada cómplice se observan con su encargado del edificio que acompaña al fumigador por los departamentos.

– ¡Mire que resultó ser un romántico! -exclama ella divertida con el comentario.

– Sí, es el lado oscuro que no le conocíamos -dice el encargado socarronamente.

– Y sí, es que ustedes se creen que soy el Señor Frío sólo porque ando matando cucarachas, pero matar tiene su encanto.

Viviana Rosenzwit
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

Convocatoria 15º Aniversario de Viví Libros – Última Parte

¡Así seguimos nuestro festejo de los 15 años de trabajo y lo compartimos con todos ustedes!

Cuarto grupo de participaciones de los Microrrelatos Fiestas de Cumpleaños:

Giselle y sus 30a cumpleaños

Giselle es una muchacha de bellos rasgos: ojos castaños con mirada soñadora, sonrisa amplia, y una oscura cabellera que la convierte en una mujer inquietante. Aunque cada vez que Giselle se mira al espejo ve a una chica que se arregla, se maquilla y se prepara para encarar su día; para descubrirle un nuevo sentido a ese cotidiano vivir; y espera en secreto, tropezar con una alegría inesperada….Luego se sumerge en su trabajo, en sus lecturas, en las discusiones con sus amigas, así nutre su vida…aunque siente que a esa vida le falta…algo…

Se acerca la fecha de su cumpleaños; le gustaría pasarlo lindo: ¡voy a cumplir 30 años!, se repite, cambio de década; ¡hay que festejar! (se lo dice para mejorar su ánimo y estimularse). Sus amigas, al verla con tanta mezcla de dudas y tristeza, le proponen armar ellas el festejo de su cumpleaños, así no se complica. No te preocupes, le dijeron: nos reunimos en casa (de una de ellas) y preparamos cosas ricas. Ponete linda, que el resto lo hacemos nosotras. Giselle se preparó para la ocasión: se puso un vestido rosa lleno de flores rosas/más/oscuras como si fuera un jardín….rosado…Se maquilló y cepilló su hermoso pelo y se puso brillos en los párpados…digamos que se preparó a full. Cuando llegó al lugar se encontró con sus amigas y con otras, de otros tiempos; en el que habían quedado….perdidas…Ahora estaban todas juntas allí!!! Y la esperaban rodeando la mesa donde se veía una especie de castillo hecho con quesos, cerezas, saladitos, rodajas de ananá y otras cosas ricas. A través de los agujeros del queso se reflejaban lucecitas (de velas colocadas por dentro del ‘castillo’).

La invadió la emoción y la alegría!!! Sería la que estaba buscando? Brindaron, charlaron, comieron…faltaba la torta o equivalente donde se sopla la velita y se le canta al cumpleañero/a. Luego de transcurrir esa alegre velada entre charlas y risas, se apagó la luz. Se sintieron ruidos inquietantes…parecidos a los que se escuchan en las películas de terror…Y de pronto, apareció una calavera, con luces y humos de colores. ¡¡¡Todos aplaudieron y le cantaron a la cumpleañera!!! Al encender la luz, se vio que la calavera era un ananá, con ventanitas también; pero rellenas de dulces, de chocolates, y de sorpresas riquísimas. No estaba acostumbrada a festejar sus cumpleaños, así que éste le pareció espléndido…ya no le faltaba nada…Que lindo tener amig@s…Giselle se sintió feliz. Esto le da un nuevo sentido a mi vida, se dijo… que hermosa sorpresa. ¡¡¡Fue un cumpleaños inolvidable!!!

Sonia Cesio
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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LA FIESTA

Durante año y medio planearon minuciosamente la fiesta. Recorrieron salones, estudiaron propuestas de catering, vieron cientos de revistas de moda y las tendencias en vestidos de quinceañeras.

Mariela vivía los quince años de su hija con expectativa y ansiedad por momentos desmedidas, estaba obsesionada y monotemática, su vida giraba en torno al cumpleaños, a la fiesta, tanto o más aún que Nicoletta. Ella no quería romper la ilusión de su madre que en reiteradas ocasiones le había dicho con nostalgia en sus ojos, aguantando las lágrimas, que iba a ser la fiesta que ella no tuvo.
Nicoletta interiormente fantaseaba con la posibilidad de un viaje con amigas, quería salir de la rutina y el tedio, de las obligaciones y la presión diaria que sus padres imponían para que fuera una hija ejemplar. Tanto la estresaba, que quería sentirse libre por un momento. Por más que lo pensó durante un largo tiempo nunca se animó a plantearlo, seguro rompería el corazón a su madre.

El ruido de la lluvia despertó a Mariela. Se levantó preocupada, miró hacia la calle e inmediatamente se puso a orar. Pidió a todos sus santos que dejara de llover, les prendió velas e hizo un sin fin de simpatías con el ofrecimiento de una promesa de dudoso cumplimiento. San Expedito te prometo que si me cumple mi deseo ¡dejo de fumar! ¡eso es! ¡Por favor escúchame! sé que casi siempre me acuerdo de ti cuando te necesito pero… ¡por favor escúchame!

Dicho esto se puso a preparar el desayuno para despertar a Nicoletta, la jornada era larga y hoy era el gran día.

Fueron disfrutando de las diferentes instancias, peluquería, maquillaje, hasta que llegó el momento de ir por el vestido.

Mientras Nicoletta descansaba, Mariela llegó a la hora acordada a la casa de la modista y tocó timbre con ímpetu. Esperó unos minutos volvió a tocar por si no habían escuchado. Mientras esperaba se puso a mirar el frente de la casa, que hasta ahora había pasado desapercibido. Era antiguo, mostraba grietas y deslucía unas viejas y gastadas molduras. Mariela volvió a tocar con mucha insistencia pero nada. El contestador del teléfono móvil de la modista le dio la pauta de que algo no estaba bien. Se disponía a tocar timbre de nuevo cuando vio a una señora mayor, con dificultad al caminar por su sobrepeso que intentaba salir de la casa contigua.

-Disculpe señora, ¿No sabe si Doña Enilda está?

La señora se incorporó lentamente para mirar a Mariela mientras se agitaba por el esfuerzo.

-Doña Enilda está en el hospital, internaron de apuro a su esposo.

En ese instante a Mariela se le pasaron mil imágenes y posibles resultados tantos que se puso a llorar desconsoladamente. ¿Dónde conseguiría un vestido bordado con delicadas mariposas y finas flores? ¿Cómo iba a hacer para que esto no destruyera todo el esfuerzo y la dedicación que había puesto en esta fiesta? Mariela lloraba desconsoladamente, no había excusa que pudiera calmar su angustia, su dolor. En ese momento la voz de la señora la trajo a la realidad.

-¿Disculpe le pasa algo?

Era tanta la angustia que Mariela tenía que estaba ahogada, no le salían las palabras. Intentó ser cortés con la anciana y contestar pero únicamente podía llorar.

-¿Necesita que llame a un doctor? o ¿a algún familiar?

Mariela movió la cabeza de un lado a otro. Estaba desorientada, perdida no sabía que iba a hacer como iba a solucionar el inconveniente. Se intentó contactar nuevamente con la modista, pero de inmediato respondía el contestador pidiendo que deje un mensaje.

-¿Señora está bien?- Volvió a preguntar la anciana.

Mariela asintió con la cabeza. Esta vez dijo tímidamente: “Sí disculpe”.

Mariela quería agotar todas las posibilidades de contactarse con la modista antes de buscar otra alternativa pero no pudo hacerlo, el contestador se activó enseguida.

Era tanta la adrenalina que tenía que decidió solucionar el tema ¡ya!

Llamó a Nicoletta para decirle que tenía que salir en busca de un vestido a lo que su hija muy suelta y tranquila respondió:
Pero… ¿Por qué mamá? Si el vestido llegó recién, lo trajo un mensajero.

Roberto Cordero
Montevideo, Uruguay

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Cómo comportarse en un cumpleaños

En los cumpleaños se estila hacer una torta. Después de comer, viene un rato de charla, hasta que en un momento, alguien apaga las luces. Seguro que, ahí, es cuando traen la torta con una velita arriba. La velita puede venir ya prendida desde la cocina, pero también puede suceder, que la prendan adelante tuyo. Algún valiente empieza a cantar algo muy parecido al “Payaso Plim Plim” y el resto se va sumando. La tonalidad final varía mucho según el grupo de invitados. Cuesta mucho afinar esta canción que se conoce como “Feliz Cumpleaños”. Vos no te asustes por eso. Mantenete entusiasta, sonriente, y si te sale adoptar una expresión de disfrute, mejor. Puede haber palmas. Cuando veas que todos terminan de cantar, pedís los tres deseos. Se piden para adentro, nunca en voz alta, y después soplás la velita hasta que se apague. Es importante soplar sin escupir. Apenas esto sucede, se instala la incomodidad de la tarea cumplida y no sabés qué hacer con los brazos ni con las comisuras de los labios. Quedate sentado. Esperá que los invitados se acerquen a saludarte con un beso, mientras te dicen: “feliz cumpleaños, che”.

Si hay nenes en la celebración, se prende la velita otra vez y se canta esa canción que te dije antes o una que empieza con “feliz, feliz en tu día”. Atento: en esta segunda vuelta los que van a soplar, son los chicos. Está muy mal visto si vos querés meterte soplando por encima o si intentás pedir los tres deseos para adentro, otra vez. Así, se convertirían en seis deseos de cumpleaños y todos saben que eso es realmente un exceso.

Cecilia Cavallo
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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¡Muchas gracias a todos los participantes que nos confiaron sus relatos y a los lectores!

Convocatoria 15º Aniversario de Viví Libros – Tercera Parte

Convocatoria 15º Aniversario de Viví Libros – Tercera Parte

¡Así seguimos nuestro festejo de los 15 años de trabajo y lo compartimos con todos ustedes!

Tercer grupo de participaciones de los Microrrelatos Fiestas de Cumpleaños:

La semana pasada, ella me contaba ansiosa con cara de felicidad sobre la fiesta de cumpleaños que estaba organizando para su amado.
Tendría música, baile, un delicioso servicio de catering, vendrían los amigos de la casa y hasta había encargado una torta especial con velitas destellantes que se prenderían al sonar su tema preferido de Los Beatles a todo volumen! Let it be, let it be, let it be, yeah let it be. Whisper words of wisdom, let it be….
Como cada año, organizar el cumpleaños le devolvía cierta alegría a su mirada. Cuidaba cada detalle con esmero, como él se lo merecía, enviaba las invitaciones, limpiaba la casa, buscaba alguna idea original para sorprender, para sorprenderlo.
Los demás días eran solo un sobrevivir a la espera de septiembre. ¡Y qué hermoso mes para cumplir años! El mes del amor, decía siempre al recordarlo.
Nadie sabía de su pacto, de su promesa que no necesitó un candadito en el puente para sellar su amor pero se seguía sosteniendo hasta ahora donde él, desde vaya a saber dónde, soplaría su velita número 110 feliz, feliz en su día.

Miguel Salas
Madrid, España

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Entrecruzada
Sentada, cruzada de piernas, con las piernas a la vez entrecruzadas, hecha un nudo, un nudo que en cualquier momento se desata, se saca, se vuelve a anudar en inestables minutos.
Con una copa de vino en la mano, María, observa a los invitados. Todos conversan, tienen temas, se ríen y ella no entiende de qué se puede hablar en una reunión familiar. Es su familia. Se trata de encontrar en algún gesto de su primo, en algún rasgo de carácter de sus tíos, pero no se encuentra en nada.
Está en esa reunión y ve como lentamente se acerca su prima y se le sienta al lado y le apoya la mano sobre su rodilla y ve como los labios de su priman comienzan a moverse y sabe que se le viene la pregunta, esa pregunta fatal, esa pregunta que todo el mundo hace por hacer, sin sentido, sólo porque queda bien hacerla, sólo porque se cree que es la única manera para iniciar una conversación y llega y se le viene encima ese ¿cómo estás?, ¿cómo van tus cosas? María empieza a sentir un calor interno.
Se queda unos segundos muda, perpleja y atina a decir: -ahora vengo, voy al baño. Sabe que está huyendo porque no quiere responder ‘bien, todo bien’ porque pasaría a ser lo mismo que los demás y es eso lo que la saca, la enerva, la enfurece. Pero está en el umbral de la puerta del baño, ahí por entrar cuando su primo la agarra del brazo y le dice: -Hola María, ¿qué tal?, ¿cómo estás? Por suerte estaba ahí la puerta y atina a decir con una media sonrisa: Ahora hablamos; logra entrar al baño, cierra la puerta y apoya toda su espalda, sus brazos sobre la puerta del baño, pero ya sabe que está ahí escondida, refugiada, encerrada.
Se sienta en el inodoro, apoya sus codos sobre sus rodillas y sus manos sobre su rostro. Queda ahí paralizada, no quiere salir, quiere diluirse como el agua, apretar el botón para atravesar la puerta de esa casa por las cañerías así nadie la ve salir. Escucha que golpean la puerta del baño, se sobresalta, le vuelve ese calor interno y logra decir ‘ocupado, ya salgo’. Se para, ni se sube el pantalón porque no había ni llegado a bajárselo, se moja la cara, se lava las manos, se mira en el espejo, se arregla el pelo, se hace una sonrisa para practicar, se mira, se reconoce en esa mirada desorientada, fuera de sí, impaciente, descolocada, endurecida, tiene ganas de llorar de la bronca de no ser como ellos, quiere gritar, romper todo, salir corriendo, escucha que vuelven a golpear la puerta del baño y ahí está ella queriendo que algo o alguien la detenga, sabe que no tiene ahora poder sobre ella, se está descolocando, mira la ventana del baño, vuelven a golpear la puerta y se vuelve a mirar al espejo, ya no se reconoce, empieza a transpirar, abre la canilla, deja correr el agua, agarra la toalla, abre con ímpetu la puerta con la mano libre y logra atravesarla y ve a todos con sus copas en la mano, hablando, riéndose, pero todo se detiene cuando escuchan el ruido decidido de la puerta y ella ahí parada en el umbral del baño, todos la miran y ella a ellos y escucha a Marcelo que le dice: – María, ¿qué pasa? Y ahí ve la puerta principal de la casa y ve el picaporte y ruega que este abierto y se abalanza con el cuerpo entero pero desalineado, con la toalla en la mano y con la otra mano intenta girar el picaporte, pero no se abre, empuja la puerta, está cerrada, no están las llaves puestas, escucha el silencio hambriento, cortado, ese silencio incómodo, lo mira a él, espera que le diga algo para salvarla, no se atreve a mirar al resto aunque sabe que todas las miradas están puestas en ella; minutos que parecen eternos, insalvables y de repente la voz de él que enuncia: ¿te olvidaste algo en el auto? Y María sabe que Marcelo conoce esos arranques de ella, esos oscuros y retorcidos rincones y atina solamente a mover la cabeza como diciendo que sí, que se olvidó algo afuera y se acerca con cierto resquemor su prima y le abre la puerta sin pronunciar palabra, medio atónita y hasta un poco temblorosa, pero le abre la puerta y María sin mirar a nadie sale caminando rápido pero las piernas se le enredan y casi se cae, tropieza, zafa de caerse, cruza la calle, va sin dirección, dobla en la esquina y siente esa brisa sobre su rostro. Ahí respira y ahí se deja olvidar.

Natalia Neo Poblet
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Mesa dulce

En las fiestas ella siempre se acerca a la mesa dulce y no solo se acerca sino que busca tocar con cierto disimulo la torta central, no importa si el vínculo con el agasajado es más o menos cercano, ella busca la manera de comprobar que el decorado que reviste la torta es de buena calidad. Recuerdo cuando yo era pequeña –como mucha hermana menor- iba con ella a todos lados, estaba pegada a ella. Así entrábamos a las fiestas y también me tocaba acercarme a la mesa dulce veía la cara que ella ponía ante las distintas decoraciones de las tortas y postres, escuchaba atenta los comentarios que hacía -con el tiempo, esta actividad me fue dando algo de incomodidad-. Recuerdo patente una frase que dijo cuando tocó la torta central del cumpleaños número 80 de la madre de la intendenta del pueblo (…) ella dijo: este glasé lo hizo la Pochi, lo puedo reconocer, está hecho con huevos de campo. Esa frase me quedó grabada no porque sea una definición profesional como la que dan en MasterChef, sino porque allí fue cuando tomé conocimiento de la vasta experiencia que ella tiene en catar tortas… guauuu, pensé, sí que ha probado tortas! Nunca fui buena para recordar apellidos por eso me animo solo a mencionar los nombres de pila de los que fueran los festejos/tortas más destacadas por ser consideradas de buena calidad… la de Margarita, Coronel, la mujer de Coco, la de Jacinto -el de la carpintería-, la de Luis. La lista es extensa y puede serlo mucho más si incluyo los festejos de los pueblos vecinos, allí también asistíamos.

Clarisa del Huerto Marzioni
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

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Seguiremos en la Cuarta parte!! Los esperamos!

Convocatoria 15º Aniversario de Viví Libros – Segunda Parte

¡Así seguimos nuestro festejo de los 15 años de trabajo y lo compartimos con todos ustedes!

Segundo grupo de participaciones de los Microrrelatos Fiestas de Cumpleaños:

Hoy era mi cumpleaños, me sentía especial. Mis padres al comenzar el día me dieron un gran abrazo, y mi mamá cuando me dejó en la escuela me dio un fuerte beso y me dijo cuanto me amaba.

Me sentía feliz.

Al llegar a clases la seño Norma se encargó de recordarles a mis compañeros que hoy era un día especial, era mi cumpleaños. Durante el primer recreo Valentina y Brenda se acercaron para preguntarme cuando era la fiesta,y les dije que obviamente era hoy! Que otro día podríamos festejar mi cumpleaños?

Se les ocurrió hacer unas tarjetas para invitar a todos mis amigos y me pareció una excelente idea.
Fue así como organicé mi primer fiesta de cumpleaños.

Eran las cinco de la tarde de un miércoles de otoño cuando llegó mi primer invitado. Media hora después eramos seis…mis padres boquiabiertos corrieron al almacén del barrio en busca de salchichas y panes.

Jugamos, corrimos, saltamos, nos transpiramos hasta perder el aliento…y casi al final de la tarde soplé las velas al ritmo de la maravillosa melodía de las voces de mis seres queridos.

Mis padres no pueden creer que en el siglo veintiuno aún se puede festejar el cumpleaños de un niño con tarjetas de papel glasé y un par de panchos y torta. Y pensar que ellos estaban gestionando un crédito de quince mil pesos para alquilar el salón de moda.

Que ingenuos son los adultos.

JeMlo
Villa Nueva, Córdoba, Argentina

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…Y me hiciste acordar de algo muy curioso que me pasó hace muchos años. Mi hijo Eduardo nació un primero de mayo, motivo por el cual su cumpleaños siempre se celebraba por lo grande. Todos sus amigos, de siempre, de toda la vida, recordaban y recuerdan esa fecha, motivo por el cual la casa siempre se llenaba de muchísimos, niños, luego adolescentes y hasta ahora, incluso hombres. Bueno cuando niño yo solía hacer una torta enorme. Había logrado comprar un molde gigantesco que contenía el volumen de 4 tortas corrientes. Eso me permitía cubrir al montón de niños invitados. Como durante el día estaba ocupada con todas las cosas, yo solía hacer esa torta enorme en la noche o en la madrugada. Bueno, imagínate que un buen día yo saco mi torta del horno y camino muy oronda hacia la mesa cuando de pronto me resbalé y me caí y la enorme torta cayó al suelo hecha añicos. Te imaginas mi disgusto ya que el día estaba clareando y yo ya casi no tenía ni tiempo ni ingredientes para repetir semejante torta. Bueno, me tuve que transar por una torta corriente y repartir apenas pedacitos entre los invitados. No podía remediar lo ocurrido ya que la receta de esa torta no se vende. Es hoy, todavía famosa entre los míos, la llamamos Torta KIZER. Fue una receta traida de Rumania por mi abuela. La receta ahora solo la tienen mis hijas y mis nietas. En verdad la receta la hemos compartido pero, segun mis hijos, nietos, nietas, etc. a nadie le queda como a los participantes Kizer de la misma. Esta es una simple historia de la famosa TORTA KIZER, es una historia de la vida real. No te imaginas el jubilo que se extiende cuando los allegados saben que hay Torta Kizer. Y esa la seguimos haciendo para los cumpleaños, los onomásticos y todas las celebraciones importantes. La famosa torta ha sobrevivido a la vida familiar. La convocatoria de los microrrelatos me hizo recordar la madrugada del cumpleaños de Eduardo.

Clara Kizer
Caracas, Venezuela

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FC: ¡¿Feliz Cumpleaños!?

FC fue el saludo que le envié a una vieja amiga que estaba de cumpleaños; no tuve tiempo de escribir más, tenía cientos de mensajes que revisar, en facebook, whatsapp y cuánta red social hay. ¡Tengan en cuenta, que saludarlos a todos, es una magna tarea!.

Recibí una carta por correo y me alegré de saber que mi vieja amiga me retribuía el gesto, abrí el sobre y leí: ¡Preciso un abrazo!, sólo eso. Dejé pasar los días y le envié un mensaje más largo. Al mes siguiente recibí otra carta: ¡Tengo paciencia!. ¿Qué pretendía?, ¿qué la llamara?, ¡qué lata!. La siguiente llegó a mi oficina: ¿Un café?. Me carga quedar mal, así que decidí citarla… en un café. La esperé revisando fb, ws…, cuando un mozo se acercó y me entregó un sobre: “Debo confesarte que cometí un error (pensé: más que claro), regalarte mi tiempo, acompañarte en los tiempos difíciles (¡qué se cree!), inventar salidas para subirte el ánimo, en fin, dicen que debes dar sin esperar, entonces, ¿por qué esperas que alguien lea tus mensajes en las redes sociales?, FC es rápido, eficiente y… facilista. Cae de perogrullo lo favorable de un mundo conectado, también, que la conexión se completa con presencia (…). Preciso un abrazo”. Qué absurdo, ella no estaba allí, sentí una mano suave sobre mi cabeza, me di vuelta y era mi vieja amiga… la abracé. Por cierto, mañana mismo llamo a mi tía, que tuvo la gentileza de llamarme por teléfono el día de mi FC, y hacer recuerdos de familia… sin obstáculos.

Verónica Baeza Yates
Chile

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Otra fiesta

Cumplir quince años no es lo mismo para todos. Eso decía Analía mientras pensaba cómo podría festejar, festejarse. Lo que más quería era una bicicleta, salir del pueblo y llegar a alguna gran ciudad.

Sus ojos recorrían las bicicletas apoyadas en las paredes, en los árboles y se quedaban un rato largo mirando las ruedas y también las cadenas. Necesitaría un inflador.

Un domingo, cuando todos ya se habían ido a dormir, agarró la bici de Mirta.

Le dejó un papelito diciéndole que en unos meses estaría de vuelta.

Comenzó a pedalear a la medianoche, sentía que el festejo estaba a sus pies.

Susana SZwarc
Buenos Aires, Argentina

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Seguiremos en la tercera parte!! Los esperamos!

Convocatoria 15º Aniversario de Viví Libros – Primera Parte

¡Así es nuestro festejo de los 15 años de trabajo y lo compartimos con todos ustedes!

La propuesta: ¿Cuántas veces usted se divirtió en las fiestas de 15 de las jóvenes, bailó como loco, cantó a los gritos, bebió y comió como si fuera la última vez? Como aquella vez que el tío Carlos se cayó de la silla o la abuela Antonia no se acordaba por qué se hacía la fiesta… Sin ir más lejos, en las fiestas de cumpleaños suelen ocurrir escenas desopilantes que dan origen a divertidos microrrelatos y a otro tanto no tan risueños, pero que es un placer leerlos.

Les proponemos que nos cuenten alguna situación, anécdota, fábula o minificción donde las fiestas de cumpleaños cobren protagonismo. Puede ser desde el lado del cumpleañero, de los amigos, de la familia, del servicio de catering, de los payasos que animaban, desde donde gusten… ¡Seguro que a un simple golpe de vista, ya se les está ocurriendo alguna!

A modo de ejemplo, les compartimos uno para romper el hielo:

Se acercaba la fecha, lo sabía. Como cada año, desde tantos años, el calendario se tornaba línea de llegada a una nueva celebración. Y yo volvía a andar la misma pregunta: ¿qué regalarle? Cumplir años no es fácil, pero verse en la carga de elegir un regalo no es, por cierto, una tarea menor. Por más que uno se esmere y realice una selección centrada en los gustos de la persona homenajeada, siempre se está ante el temido momento de la entrega y recepción. Ese instante en el que el papel se desgarra y la cara del celebrado puede tornar a sonrisa, estallido de alegría o un tibio y desabrido “gracias”. Cuando uno es chico, esta tarea suele ser simple. En mi caso, madre se encargaba de las compras, y ella siempre sabía. Y si bien alguna vez me hizo quedar no tan bien con una compañerita de colegio, a mí no me importó, ya que tan sólo me sentía simple intermediario o mensajero de la entrega. Después de todo, no había sido mi elección, así que no tenía por qué sentirme mal si a Laurita Cohen no le gustaron los zoquetes con voladitos, o si Berta Zimerman se desilusionó al abrir la cajita y encontrarse con un dentífrico Noc 10. Yo de igual manera me hacía el desentendido y disfrutaba de unas buenas porciones de torta con Coca Cola. Pero ahora el tiempo es otro, y ella sabe que ese regalo es mi regalo, fruto de mi única y meditada elección. Así que elijo dejarlo en la mesa del comedor, y huir, huir para adelante. La tarjetita con mis sentidas palabras serán lo suficientemente claras para explicar la situación. Y cuando ella abra el envoltorio, estoy seguro que sabrá qué hacer con su sorpresa. Después de todo, no todos los días te regalan una despedida.

Walter Rosenzwit
Buenos Aires, Argentina

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Comienzan las primeras participaciones (por orden de llegada):

Hace muchas lunas atrás y estando donde estoy en este momento, en el bucólico estado de Vermont, había arribado el día de mi cumpleaños. Departia unas deliciosas vacaciones en familia. De pronto mis esposo desapareció y, yo emocionada sabia de seguro que iba a buscar mi regalo. Días antes y, a fin de ofrecerle alguna pista, le había mencionado que en la galería del pueblo estaban exhibiendo piezas de un singular orfebre que me habían cautivado. Pensé que mi mensaje habría caído en tierra fértil. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al entrar en nuestra casita campestre, encontré sobre la mesa de comedor un enorme cocodrilo de madera con un lazo descomunal. Quede petrificada y pensando que de seguro sería una broma me puse a buscar por todos lados el obsequio “real”. Mi esposo hizo acto de presencia y orgulloso por su buen tino me dijo que sabía que me fascinaría pues, además, tiene en su lomo tallado unos orificios para colocar velitas. Sugirió utilizarlo de centro de mesa. Yo no sabía si reír o llorar. En definitiva, conserve esa horrenda pieza hasta el presente en calidad de testimonio perenne de su total extravío… Esa fue mi venganza. Y para que el lector no me tilde de implacable, anexo fotografía.

Trudy Bendayan
Caracas, Venezuela

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Yo siempre bajaba por la avenida Los Rosales, pues era mi único camino más cercano para llegar a mi casa y siempre que salía pasaba por una casa quinta que según decían alquilaban su estacionamiento para fiestas de quinceañeras, yo me decía: “pero que cosas que nunca veo una fiesta, será que no les gusta el lugar, pero si se ve bien, tiene un hermoso pasillo con palmeritas, un arco hecho en concreto o sea que está hecho para quinceañeras, pero mi curiosidad insistía, entonces un día pasé un sábado como a las 9am, estaba el portal abierto, no se veía nada como y siempre estaba como de fiesta, disimulé y me quedé parado por allí cerca. Vaya mi sorpresa, venía llegando una chica muy hermosa, elegantemente vestida para la ocasión pero en estas fiestas siempre pasa algo pequeño o algo grande, se les olvidó las zapatillas y yo veía la chica parada y no bajaba de su carroza, y todos murmuraban y hablaban y se quejaban, algo pasa me dije, esto está muy demorado, tanta fotos, van a pasar la mañana en eso, cuando de repente veo que una de las señoras que estaba allí se quita los zapatos de plataforma y los coloca frente a la quinceañera y ella bajó y se los colocó y todo el mundo viendo y lo peor de la fiesta, eran muy grandes para la chica y ella lloraba, y yo pensé esta no llora de emoción sino del mal momento, pienso que es un día triste para ella pero algún día lo contará y se reirá de la loquera de su familia. Nunca falta un error a la emoción.

Pedro Ordaz
El Tigre, Venezuela

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Soy hija única de una familia típica de Buenos Aires descendiente de Italianos y Españoles, que no es poca cosa.

Vivíamos en un departamento de la Avenida Cabildo de esos con pasillos largos, húmedos y oscuros. El nuestro daba a un aireluz con dos naranjos que a fuerza de buscar el sol se habían ido en vicio y sus delgadas ramas superaban el primer piso.

Mi vida transcurría entre el colegio, las clases de música y las de inglés, idioma que nunca aprendí.

Mi papá era viajante y mi mamá a fuerza de tropezones económicos modista.

La vida era rutinaria.

Pero todo se alteró cuando mi papá festejó sus cincuenta años.

No se ahorró nada, y la consigna para el festejo fue por demás de motivadora.

Cada pariente podía traer sus propios invitados, pero todos debían venir disfrazados.

No puedo decir que mi mamá estuviera contenta pero obedientemente confeccionó el traje del cumpleañero que consistía en un babero rosa con un pañal al tono que remataba en un enorme moño de plástico cuyas colas pisamos sin querer todos los presentes ya que medían unos metros.

Mi tío con el colador en la cabeza y unas uvas colgadas del mismo, envuelto en una sábana fue un perfecto Nerón y la vecina solterona vestida de odalisca no consiguió novio esa noche porque eran todos chicos o casados.
Al apagar las 50 velas la fiesta llegó a su punto culminante y producto de los trenes por el pasillo, los tangos y lo entrado de la noche empezó a decaer.

Fue en ese momento que mi mamá tomó unas pastillitas de dudosa referencia que le había vendido el farmacéutico (porque en aquel momento eran de venta libre) y entró a repartir diciendo que las tomen tranquilos que eran como aspirina. Y allí la fiesta brilló, como era de madrugada todos los parientes se subieron a los autos con la comida de la fiesta y llegamos a la costanera, pero no alcanzó, tal era el nivel de excitación que al rato mi papá dijo “-vamos a Lanús a la casa de María (mi tía la mayor)” y allí salió rauda la caravana que a esa altura había perdido algunos amigos que claudicaron.

Los ojos de la tía se abrieron al vernos y en seguida ahorcó unos cuantos pollos que fueron devorados por todos nosotros.
Por la tarde, cuando se fue el efecto de la famosa pastillita, toda la familia se “desparramó” en la casa de tía María, y emprendimos la retirada bien entrada la nochecita. Debo decir que fue una fiesta inolvidable.

Norma Olivera

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15 a la cabeza

Cuando leyó en el Facebook que Viví Libros cumplía 15 años, el hombre, de profesión interpretador de sueños, pensó que la cifra no era azarosa, que se trataba de un signo del más allá, que justito, como la edad que cumpliría su hija Julieta, los quince, que esta vez sí. Salió a la calle. Y se hundió en la agencia. Y se puso en la fila, detrás de otros seres semejantes a él: esperanzados, calculando en qué invertirían lo ganado, mintiéndose una vez más, mirando la pizarra, rezando al dios del escolaso. Y llegó hasta la ventanilla y entonces apostó todo que tenía en la billetera y un poco más al 15, a la cabeza, en La Nacional. Regresó a su casa. Hizo lo de todos los días, poco. Y durante la noche, luego de cenar, se retiró a un costado, lejos de la familia, por cábala. Encendió la radio y se echó en el sillón. Y los números se iban acomodando, lentos, perversos. Y cuando el relator sentenció que el 15 se ubicaría en el primer lugar, pegó el grito. Y enseguida pensó en la fiesta de Julieta, en el mejor lugar, con todo, “como tiene que ser”. Y el vino más caro. Y la entrada más llamativa. Y los rostros que representan el amor y también el de celos. Risas, llantos y el tío borracho. Y un mago, humo y el número musical. Y mientras bailaba el vals, en el centro del salón, el maldito sonido del celular lo despertó de este lado del mundo, del lado de los que siguen apostando.

Pablo Melicchio
Buenos Aires, Argentina

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Sin cuenta

Cumplía cincuenta. ¡Sin cuenta! ¿Comprenden? ¡No había más cuenta!! Y había que festejarlo en grande, distinto! No se trataba de una simple torta con velitas y quelocumplasfeliz y ya está!¡No! Era algo más importante. Se trataba de ser feliz!¡Pero feliz de verdad!… Y entonces alquilé un pelotero de adultos , grande, imponente…Les dije a todos “vengan con ropa de gimnasia” ropa cómoda para saltar y correr”. Qué que hicieron mis amigos y familia? …Cuando el animador de la fiesta pidió que todos se sacaran las zapatillas y las pusieran en una larga fila, cuando gritó a voz en cuello ¡”el último cola de perro”!. Entendí…

Ahí entendí porque todos esos locos lindos eran mi gente y por qué era necesario festejar así mi cumpleaños! Como en una exhalación el salón del otro lado se había quedado vacío y colgados como monos del pelotero entre risas todos, grandes y chicos!, nos apropiábamos así de un pedacito de infancia

Lili Pozzi
San Justo, Buenos Aires, Argentina

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De vez en cuando la vida…

Más temprano que los invitados, para que se siente en su mesa sin tener que pasar por el desfiladero de gente, entramos con mamá al salón tomada por su esposo de un brazo y por mí del otro. Iba despacio con una expresión de asombro y admiración. A su paso, mesas exquisitamente decoradas: blancos manteles, cintas de grueso raso que remataban en moños lila por detrás de las sillas vestidas; centros de mesa con velas calentando un cuenco con esencia de aroma a violetas… Luces bajas y música suave esperando el gran momento: la entrada de Ornella estrenando sus quince años de la mano de su papá.

Se detuvo un instante y tomó un souvenir, sus ojos se iluminaron y una sonrisa se dibujó en su demacrado rostro – ¡Hiciste los trajes de tul de estas brujitas sentada a los pies de mi cama! Me sorprende que lo recuerde, su compleja cirugía paliativa la mantenía dormida muchas horas y en esos largos días de hospital mi infinita tristeza se iba en las puntadas de las polleritas rojas y negras y en los miles de detalles de la fiesta con los que la abrumaba en sus ratos lúcidos para que no piense, para que alarguemos la despedida, para darle un momento feliz.

Creo que tomé unas copas de más esa noche… Ornella estaba tan hermosa… Mamá tan feliz… Fueron mágicas las brujitas… Pero como en el cuento y salvando las distancias luego se convirtió en calabaza…

Miriam Gagliardo Ayos
Buenos Aires, Argentina

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Seguimos en la Segunda Parte!!

Convocatoria 13º Aniversario de Viví Libros – Tercera Parte

Trascribimos el resto de las participaciones a continuación. ¡Qué disfruten la lectura!

RECURSOS HUMANOS
No le pregunté si le gustaban los labios rojos. Fui a la perfumería para buscar el lápiz de labio que lo dejara sin aliento al verme. Esa es la mujer que busco, seguro diría apenas entrara al boliche. Este rojo, me mostró la vendedora. Te juro que no desaparece cuando te bese, continuó. Dudé. No estaba segura de que me iría a besar. No me importaba nada. Me habían asegurado que estaría en la barra sin nadie. Ana me prometió que iba a correrle cualquier mujer que estuviera dispuesta a hablarle. Es tuyo, esta noche es para vos, ella me había explicado cuando me llamó por teléfono para apurarme. Ana se despidió con un estás segura de que no te llevo antes el vestido negro. Paso por tu casa. Estamos cerca, me replicó. No dejá, no hace falta, contesté. Me arreglo con un par de pantalones y una camisa, le dije. Por favor, me contestó. No entendés nada. No va a ser una salida escolar. Mirá que esto no es Bariloche. Por favor, nena. Voy a tu casa y te llevo el vestido negro. Tengo dos. Te los probás y vemos. No me dejó relajarme con un baño. Yo quería eso. Escuchar música, meterme en la bañera llena de agua tibia. Mientras hablaba por teléfono con Anita vi sobre la mesada el Nothing compares to you de Sinead O’ Connor. Disfruté con la idea de sumergirme llena de jabón y resbalarme hasta que el agua me cubriera. Subiría hasta que las primeras burbujas de jabón me taparan la boca y después de un rato con mucha súplica de O’ Connor en la cabeza, bajaría hasta lo profundo, hasta que los dedos de los pies tocaran la canilla. Pero no. Sonó el portero y la voz de Ana me quitó la posibilidad del sosiego. Subimos al ascensor con el pibe del quinto asistiendo a las instrucciones de Ana. No tenía tiempo que perder. Solo para revisar la ropa y asesorarte. El pibe miraba el tablero que indicaba los pisos y de reojo los dos vestidos que Ana, para no desperdiciar las horas, ya me lo había dicho, me traía. Por suerte bajó. Yo estaba en el sexto. Saludó con un suerte para esta noche y un ojalá se te dé, con tanta confianza como si nos hubiésemos tratado desde siempre. Ana guardó silencio el poco trayecto que faltaba. Ella misma abrió la puerta del ascensor con apuro y con paso decidido fuimos hasta la entrada del departamento. Una vez dentro, aprobó el lápiz de labio. No tengo tiempo para pintarte. Es una lástima. Si querés la llamo a Beba, para que te dé una mano. No la pienso llamar para eso, retruqué. Bueno, bueno, exclamó mientras ponía la ropa extendida en la cama. No me muestres el pantalón que te ibas a poner. Agitó en la mano el primer vestido con algo de brillo y escote profundo. Sin corpiño, entendés. Pero… Pero nada, me paró. Es corto, dije. No tengo buenas piernas. Mucha rodilla. Vos estás loca, me replicó. Ponételo. Obedecí. Me quité primero el jean, después la remera. No la escuchaba. En mi cabeza sonaba Nothing compares cada vez con más fuerza. Una vez que me lo puse traté de estirarlo. Imposible. Así, perfecto, gritaba Ana. No te pruebes el otro. No hace falta. Mirate al espejo, por favor. Sos otra. Caminá por el pasillo que da la pieza. Dale, como si lo buscaras en la pista. La dejé que diera indicaciones. Controló la pintura. Me dejó su rimmel. Me hizo sentar para recogerme el pelo. Buscamos zapatos con tacos. Altos, sabés, me explicaba. Tenía un par al que le saqué brillo con la colcha que cubría la cama. ¡Qué cambio! Por favor. Sos otra. Seguro que se tira encima. Ni se te ocurra tratar de esquivarlo. Bueno, me tengo que ir. Mañana llamame para ver cómo te fue. La acompañé a la puerta de calle con una sonrisa. Quería estar sola. No me daban las piernas para entrar a la bañera. Alcancé, apenas entré, a prender el equipo de música. O´Connor me estaba esperando. Escuché Nothing compares varias veces. Salía del baño con la toalla para volver a ponerlo. Ana no volvería. Subí la música. Me sequé todo el jabón y el agua que llevaba encima. Tenía la cabeza mojada. Con el secador volvería a mi mismo pelo de antes. Necesitaba la ropa para decidirme. Me puse el vestido y los zapatos. Fui al espejo para verificar que era otra. Me pinté los labios con el color con que lo iba a entusiasmar. Busqué un cigarrillo y el coraje que escondía desde hacía tiempo. La música era mi aliada. Iría a tomar a tomar algo antes de entrar, algo de alcohol que me empujara. Doce de la noche. Había pasado bastante desde que Ana se había ido. Tenía fernet y Coca en la heladera. No estaba mal hasta encontrar un bar. Tomé dos vasos. Me dio fuerza. Me reí porque se me ocurrió pensar que nada ni nadie me aseguraba que él iba a estar. Iría a ganar una batalla sin enemigo. Dejé el vaso en la cocina y guardé el poco fernet que quedaba en la alacena. Apagué las luces del dormitorio y del living. Salí al pasillo para esperar al ascensor. Entré y toqué el botón de planta baja. Se paró en el quinto. Subió el pibe. El mismo pibe de antes. Te queda bien el vestido, me dijo. No le contesté pero me reí. El fernet me ayudaba a ser espontánea. Quisiera ser el otro, siguió. No hay nadie seguro, repliqué. Confieso que me gustó que dijera algo así como que los dos estábamos en lo mismo. Todavía persistía Nothing compares en mi cabeza. Ya en la calle mi vecino me invitó a tomar algo. Solo antes de que vayas a conocer al otro, al que parece estar, dijo riéndose. Yo también me reí. Fuimos hasta la esquina en silencio. Era solo un poco más alto que yo. Se quedó parado esperando a que me decidiera. Sin que yo contestara paró el primer taxi que pasaba. Subí con él porque tenía a O’ Connor conmigo y, además, porque ya había comenzado a pensar que desechar lo cierto es el primer paso que nos conduce a la imprudencia.

Guillermo Fernández, de Buenos Aires, Argentina

LOS “TRABAJOS” DE FERMÍN
Como cada mañana, Fermín se levantó temprano, desayunó y se dispuso a caminar los diez minutos que, calculaba, le llevaría llegar hasta el coche para ir al trabajo. Jamás hubiera imaginado que lo que estaba a punto de pasar cambiaría por completo su vida.
Lo primero que hizo fue pisar una enorme y fresca mierda de perro que había alojada en el portal de su casa. ¡Menuda mierda! -pensó- vaya manera de empezar el día.
Fermín no era supersticioso, no, pero tampoco era muy listo. Por eso, cuando encontró en el suelo un llavero con una pata de conejo, vio por primera vez la Autoescuela Trébol, y el chico de la administración le dijo que su boleto estaba premiado, se dijo a sí mismo que ya era suficiente. Así fue cómo, de manera totalmente meditada, Fermín decidió volverse un hombre supersticioso.
Como era un supersticioso sin vocación, se dispuso a investigar sobre hechizos populares comprando libros e investigando en internet, por lo que terminó convirtiéndose en un verdadero experto en la materia.
Ahora Fermín es un entendido… un técnico. Domina todos los procedimientos que proveen la buena suerte y los que ahuyentan a la mala fortuna. Cuando desayuna tiene mucho cuidado de no poner el pan boca a bajo, aunque también sabe que, si hace tres cruces en el aire, podrá alejar las desgracias presagiadas. Antes de levantarse de la mesa aprovecha para tocar madera, que además le costó una fortuna y tiene que amortizarla, luego se mete unos dientes de ajo en los bolsillos y se echa un puñadito de sal sobre el hombro izquierdo.
Fermín ha dejado su trabajo y ha montado su propio negocio, una tienda esotérica. Ha invertido en ella todo lo que tiene, sabiéndose poseedor de buena fortuna. Por supuesto, ha utilizado todos sus conocimientos para dar a su negocio una protección a prueba de cualquier incidente. No queriendo dejar nada al azar ha realizado el ritual de protección contra robos, el hechizo de protección personal y el que aleja las energías negativas. Puso cuarzo detrás de la puerta de entrada del local y clavó seis agujas en cada una de las esquinas de un limón que dejó reposar por 21 días en un círculo de hierbas trituradas, tiempo suficiente para recoger las energía negativas.
El día de la inauguración, cuando el local estaba lleno, Fermín se tocó satisfecho el bolsillo del pantalón en busca de la pata de conejo que encontró el día que cambió su vida, justo en el momento en que una chispa saltaba del cuadro de luz y prendía fuego a una sala abarrotada de velas y cojines.
Contra todo pronóstico, Fermín lo perdió todo. Tanto confió en su suerte, tan abstraído estuvo machacando albahaca, laurel, mezclando tomillo, romero y salvia… encendiendo velas y creando círculos protectores, que olvidó lo más importante: pagar el seguro de su negocio. Hoy, mientras vende sus conocimientos en el puesto que instala todos los martes de mercadillo, Fermín cuenta con tristeza que, aquel día, con las prisas, se levantó con el pie izquierdo.

Sasa Sosa, de la Isla Gran Canaria, de las Islas Canarias, España

El 13, una marca en mi vida
Me desperté sin mucho afán ¡hoy no tenía que ir a trabajar! Pero había cosas pendientes en la oficina, justo en este día 13 iniciaban mis vacaciones. Llevaba ya 13 años en esa empresa y sentía que ya me hacía falta un cambio, necesitaba respirar otros aires.
Toda la noche había llovido pero aún así amaneció el día muy radiante, abrí la ventana y sopló un viento fresco que golpeó mi rostro llenándome de vitalidad, el aroma a humedad, ese olor a tierra mojada me encantaba.
Quería estar ya en la calle, para antes de llegar a la oficina disfrutar del día, así que me bañé y desayuné de forma apresurada. Tomé los discos compactos que tenía en la mesa y unos folders para salir presuroso, pero antes de cruzar la puerta sentí que un frío recorría toda mi espina dorsal nunca antes me había pasado, pensé que sin duda estaba a punto de resfriarme, de pronto, a lo lejos escuché el aullar de un perro como hacía mucho no lo escuchaba.
El aullido era lastimero ¡No! Mejor dicho era un aullido de miedo, sí de miedo, e hizo que la piel se me erizara de terror, mi madre me había contado que cuando los perros aullaban de esa forma es porque presentían una tragedia o veían a la muerte.
Salí y cerré la puerta tratando de retirar de mi mente esos recuerdos de presagios al tiempo que miraba el enorme charco que había frente a mí, tendría que dar un brinco cuando menos de un metro si no quería hundir mis recién lustrados zapatos en aquella agua anegada.
El animal no dejaba de aullar, y otros perros se habían unido a esa terrorífica sinfonía la cual comenzó a taladrar mi cerebro y con determinación me dispuse a dar el gran brinco, quería alejarme de ahí y dejar de escuchar esos aullido que me estremecían.
Sujeté fuertemente mis cosas y logrando un gran impulsó volé sobre el charco, como todo un gran atleta, mi pié derecho tocó el pavimento pero claramente sentí como resbalaba al tiempo que mi pie izquierdo buscaba encontrar equilibrio, el aterrizaje me provocó un fuerte dolor en la nuca, patiné un buen tramo pero logré no caer, aunque el dolor se incrementaba; sin duda mi cuerpo había resentido el no haber caído con seguridad.
Caminé lentamente hacia la parada del autobús para disfrutar de la brillante mañana pero ¡oh, sorpresa! El día se empezó a nublar haciendo de aquella mañana límpida sólo un recuerdo, poco a poco el ambiente se entristeció. Después de haber recorrido un par de calles reparé en que me hacía falta un disco compacto, sin duda se me había caído en el gran charco sin que me diera cuenta.
Regresé sobre mis pasos la gente caminaba presurosa, choqué con algunos de ellos los cuales ni se inmutaron, parecía como si yo no existiera como si fuera sólo un fantasma que deambulaba en ese mar de gente que, sin importar lo que ocurría en su rededor, se dirigía a sus actividades –pensé- ¡Esta sociedad des humanizada en la que vivimos!
Conforme me acercaba a mi domicilio reparé en el tétrico aullar de los animales el cual se incrementaba conforme me acercaba a mi hogar, ya muy cerca de donde vivía vi a varios de mis vecinos arremolinados fuera de mi casa, ¡Algo había pasado! ¿Entrarían a robar? ¿Qué pasó? Ya muy pronto lo sabría, estaba a unos metros de distancia.
Los comentarios de mis vecinos empezaron a llegar a mis oídos:

– ¡Qué tragedia!
– Sí, para la de malas en un ratito.

No alcanzaba a ver muy bien pero distinguía un cuerpo tendido entre toda la multitud. ¿Quién será? ¿Qué le habrá pasado? Me preguntaba sin atinar quién sería el que estaba ahí, pues al parecer mis vecinos lo conocían.
Cuando por fin pude ver de quién se trataba no daba crédito a lo que tenía frente a mí, la persona que estaba tendida la conocía muy bien era… ¡Yo! Me había desnucado y permanecía inerte, mis discos y mis folders regados alrededor mío. El aullido de los perros se incrementó al unírseles los perros de mis vecinos. Sentí una presencia detrás de mí y vi una gran sombra que se proyectaba, no necesitaba voltear sabía muy bien quién había llegado por mí.

José Juan Espinosa Mercado, de la ciudad de México Distrito Federal, México

Tenía una edad indeterminada que nunca confesó. Bajita, menuda, caminaba despacio sin hacer ruido, casi como pidiendo permiso .Solía llegar a horario y por lo general nunca faltaba. El motivo de consulta era, como ella decía, “ataques de pánico”. A veces, cuando se subía al colectivo la asaltaba un dolor fuerte en el pecho y en el brazo izquierdo y sentía que se ahogaba… Pero Magdalena tenía además una particularidad. Cuando hablaba conmigo, en esas tardes calurosas, sacaba una libretita roja y anotaba. ¿Qué cosa anotaba? Números, números que después jugaba a la quiniela… Al final de la sesión me repetía: hoy voy a jugar al 13, al 22 y al 56… y así se sucedía su creencia cabulera… Un día, al contrario de otros, anotó un número de cuatro cifras… el día del nacimiento de un hombre que acababa de conocer: 1949 ¡No voy a poder olvidarme! A la sesión siguiente faltó y ya no vino más… Me dejó dicho en el contestador: Dra. ¿sabe que me curé? ¡Ayer gané en la quiniela un montón de plata!!!

Tyché (seudónimo), de San Justo, Buenos Aires, Argentina

REGRESAR
Un punto, y otro, y otro punto, y así sucesivamente hasta convertirse en una larga línea negra que me marcaba el camino. Lo seguía con la lentitud y el temor doméstico que nos dan tantas cosas que apenas conocemos. El problema era que no tenía la menor idea de cuánto tiempo continuaría la línea ni a dónde conducía y si yo, en mi supuesta cultura, estaba haciendo lo correcto.
Lo supe después de un par de años de caminador tras ideas hipotéticas que no concluían o lo hacían de mala manera. ¿Por qué había sido tan insípidamente crédulo? ¿Por qué el supuesto razonamiento que me (nos) adornaba como seres humanos, había sido tan pobre y tan mezquino como para no decirme: ¡oye, no seas idiota!…?
Lo cierto es que al concluir el segundo año de “caminante no hay camino”, me detuve y comencé a desandar puntualmente distancia y tiempo recorridos. Al voltear una curva de algún día o alguna semana, que me encuentro con un hombre adornado con prendas y collares, algo a manera de sombrero en la cabeza, tatuajes y una vara maciza de unos dos metros de largo que al verme me dijo en su quichua intacto:

– Ari. Imanallatak kashkanki, imanallatak kawsankichu maymantakauk? Alli-puncha

Como no entendía el lenguaje entre musical y ríspido, simplemente le dije:

– ¡Igual para usted! Y continúe mi camino. Nunca lo volví a ver.

Pero su presencia me llevó al pensamiento de que yo, por supuesto, no creo en la superstición. No creo en las cábalas, las ficciones o fetichismos. El tema era, como lo mantienen los entendidos, una valoración excesiva de algo que no es, que no existe. ¿Por qué perder el tiempo en pensar que si paso debajo de una escalera algo malo me sucederá?, o si vivo en el piso 13 u ocupo la oficina 13, o dejo el sombrero sobre la cama, o si un gato negro atraviesa delante de mí… ¡por favor! Ya estoy un poco crecidito y con excepción de seguir un camino de puntos negros o encontrarme con un Shaman o regresar a dos años de mi pasado o convertirme en otro ser desconocido; sigo siendo abierto, centrado y razonable. Sigo siendo el mismo levantándome cada día pisando el piso con el pie derecho… por si acaso.

Julio Tarré Andrade, de Ecuador

EL GUALICHO
Buscando hacer retornar a su novia, Teodoro entrevistó a una hechicera.
La “chamán” lo hizo pasar, escuchó sus lamentos y le dio una receta para su “mal de amor”:
– Debe atravesar una fotografía de Zenaida con tres agujas enhebradas con hilo rojo y buscar una araña patona- las que yo llamo juanitas- colocarlas sobre la foto y ocultar todo bajo una piedra mediana, cuidando que no se escape la araña, por supuesto sin aplastarla. Después le dijo que sus gualichos no fallaban nunca, pero que no sabia cuanto tardaría el regreso de Zenaida.
Al preguntarle cuanto le debía, ella le respondió:
– A su voluntá.
Para no pasar por amarrete, Teodoro colocó sobre la mesita, tímidamente, un billete de $ 100.- Después de un breve saludo se dio por terminada la consulta.
Pasados varios años Teo, recibió en su celular un mensaje de texto firmado “Zenaida” que recordaba su amor y estaba decidida a casarse con él. Citándolo para el Registro Civil, el Martes 13 del mes siguiente. Así sucedió y la novia acudió muy elegantemente vestida, pero cubriendo su rostro con una gasa a la manera hindú, dejando solo al descubierto sus ojos. Con gran emoción se realizó la ceremonia civil y Teodoro la llevó a su casa prodigándole besos y caricias apresuradamente, pero sin retirar el velo. Calmado el fervor amoroso, ella descubrió su rostro y… estupefacto, Teo se puso blanco como un papel y se desmayó. Lo que vio era ¡obra de mandinga! El rostro de Zenaida estaba cubierto por una tela de araña tejida con hilos rojos. El gualicho prometido se había cumplido, ¡pero su mujer era un monstruo!

Rita Bonfanti, de la ciudad de Santo Tomé, Provincia de Santa Fe, Argentina

LA NIÑA BLANCA GELINDA
No voy a escribir ningún relato imaginario, entre otras cosas porque para mí es mucho más fácil dejar aquí lo vivido. Crecí en un rincón de África, acunada por el atlántico y arropada por el ecuador, en donde el mero hecho de vivir ya era toda una aventura. Mi mundo de niña se movía a caballo entre lo racional y lo irracional; entre los cánones de la verdad y la superchería. Mi padre, tenía el deber y la obligación, de perseguir a la secta del “Mboeti” cuyo mundo se movía entre las tinieblas y el horror del canibalismo. Seres inhumanos que sumían a los incautos en un macabro círculo sin solución, mediante un ritual en la espesura de la selva más profunda y sombría, de esa mágica y bendita tierra que me vio nacer. El lúgubre sonido de los tambores de piel humana; el roce de las ajorcas con cada movimiento de los pies; el monstruoso “Ebú”- dios del mal -de piedra, o caoba africána – apuntando al único resquicio de cielo por donde asomaba la luna; en esas noches de luna propicias para el ritual. El sudor perlando la piel de los cuerpos desnudos de esa gente oscura, y sus siluetas como sombras chinescas, recorriendo el poblado salpicado de hogueras aquí y allá. El hombre bueno se rinde a la batalla embotado de “topé” – vino de palma – y flaqueado por la” iboga” alucinógena fundida en el vino. El Hombre bueno ya no tiene esperanza. El “tangani” – hombre blanco – no ha llegado a tiempo. Ahora solo se escucha el saaahhh…saaahhh…de los pequeños huesos de infante que penden de las ajorcas. El silencio es mortal. Solo el saaahhh, saaahhh, y nada más. En el suelo, a los pies de cada ser oscuro, un cuenco de barro con carne del desdichado que sacrificaron para el ritual. No es complicada la caza; suelen ser niños de los poblados que juegan ajenos a ese inframundo, mientras las madres cultivan los minúsculos campos de cacahuete, ñame, o yuca. El nigromante come; le siguen los acólitos y tras ellos el hombre bueno sin esperanza.
……………………………………………….
En la estancia principal de la finca de café, los comensales charlan de esto y de aquello, entre sorbos del humeante café secado al sol en los secaderos, y el aromático olor añejo del coñac, con el que el anfitrión ha llenado sus copas. Con tal de tener a alguien pequeño con quien jugar, la niña blanca Gelinda enfrascada en esconder en un bolsillo del pantalón las pequeñas crías de rata, que ha encontrado en una vieja cómoda en el desván de la gran casa, de galerías corridas y suelos bruñidos, no repara en la mujer de rostro escarificado que aparece en la estancia gritando y arrancándose el pelo como una posesa. No parece verla, pero ella la tiene tan cerca que hasta puede ver sus dientes limados y afilados como los de un tiburón. La horrible visión le parece irreal, más que otra cosa, porque su padre la coge en volandas poniéndola a salvo entre los brazos de un criado. El capataz de la finca traduce con rapidez lo que la mujer repite una y otra vez en la lengua fang de sus ancestros…
– “Masa” – señor -. Pide que se haga justicia.
Ahora los gritos dan paso al silencio. No se mueve, solo busca con los ojos a la niña blanca Gelinda, que se agarra con fuerza al criado, volviendo la cabeza.
– La secta del Mboeti se ha comido a su pequeño, y a ella no le han dejado ni el dedo meñique de su hijo…
Y la niña blanca Gelinda no comprende lo que está pasando, pero los ojos de esa mujer le horrorizan, y sus dientes le ponen la piel de gallina.

Gudea de Lagash (seudónimo), de Murcia, España

Me dicen escribite un relato, algo corto, bueno digo, ¿qué querés que te relate? Me dicen, algo sobre el 13 y la mala suerte, no digo nada, me quedo masticando varios días sobre el tópico en cuestión, caigo en la cuenta de que no soy supersticioso, aunque, no es mucho decir, un poco lo soy, nunca te paso bajo una escalera abierta, y hago todo lo posible para que no se me cruce un gato negro, ni hablar de abrir un paraguas bajo techo, eso desde ya, nunca. Pero bien, eso es como mucho lo que respeto, por eso mismo sigo dando vueltas y vueltas y no se me ocurre nada que escribir, podría poner algo con la sal, los saleros y esa parálisis que me toma cuando algún comensal me pasa el salero sin apoyarlo previamente sobre la mesa. Don Furgo, el padre de mi novia estalló en risas cuando así me vio, en su casa, el día aquel en que fui a la cena en que pedía la mano de su hija. El hombre, testarudo él, insistía e insistía: Gabriel abra esa mano, agarre el salero. Yo lo miraba, ojos bien abiertos, gota de sudor corriendo por mi cuello, y nada hacía. Hasta que sin decir palabra, opté por continuar la comida desabridamente, es preferible la falta que la mala. Cintita, mi novia, no es ese su nombre real, es sólo un juego que armamos entre los dos cuando le coloqué en su delgado tobillo derecho, una bella cinta roja contra la envidia. No está de más decir de su belleza y los peligros que ella encarna ¿no?; decía, Cintita amante hija de su padre, no tuvo mejor idea que estirar su brazo, suspender sus dedos en el aire y tomar el dichoso salero directamente de la mano de Don Furgo, y al tiempo que decía, este Gabriel es tan supersticioso. Sí, sabiendo que yo no lo soy, que simplemente soy una persona precavida, un simple hombre enamorado que hace todo lo posible para que una jornada especial transcurra en armonía, una armonía que preanunciara nuestros próximos pasos al altar. Pero Cintita es así, impulsiva. Una mujer maravillosa que acompaña cada una de mis noches desde aquella noche en que, luego de lo sucedido llegó el estrépito de los platos cayendo al piso en la cocina, la ventana abriéndose de pronto y el viento volcando ese candelabro que decoraba la especial cena y las llamas de sus velas prendiendo en las cortinas de voyle púrpura y, como todos estaban ya en la cocina ayudando a la mucama que se encontraba despatarrada en el piso luego del resbalón que pegó cuando traía la bandeja con cafetera, tazas, azucarera y cucharitas, no vieron como el fuego se expandió por el mantel y los muebles mientras yo salí andando con pie derecho por la avenida aferrado a esta pata de conejo que siempre guardo en el bolsillo del pantalón. Y bien, sigo ahora sin saber sobre qué escribir, si sobre esos sueños con Cintia y su vestido blanco, sobre los paquetes con moño de los regalos del casamiento que no fue o simplemente le digo que no se me ocurre nada sobre el tema y cruzo los dedos para que no tomen a mal mi actitud…

Walter Rosenzwit, de Buenos Aires, Argentina

13 y martes: las seis de la tarde, 40º de temperatura en la calle, manga corta, sombrero arriba, botellín de agua en la boca y abanico en la mano… Mientras, Teresa espera la llamada por el telefonillo de su amiga Carmen par ir de shoping. Ring… ¿eres Carmen?, Si, ábreme que subo.
Teresa sorprendida y socarronamente le dice ¿pero como vienes con tu gato negro?, si aun fuera de color blanco, soportaría algo mejor este calor tan tremendo.
Carmen le dijo que su marido se había ido de viaje de trabajo y pensó que el marido de Teresa se lo podría cuidar.
Teresa: ¡Anda, pásalo aquí y vamos rápido a la calle!
Recorrieron todas las tiendas, disfrutaron como dos modelos de la Fashion week. De repente, Teresa se acordó (por culpa o gracia del gato de Carmen) que necesitaba un suéter negro para su pantalón. Revolvieron los stands y se trajo uno muy negro con mucho brillo.
Al regresar a casa, Javier el marido de Teresa, se había desvanecido y ésta, pensó lógicamente que, habría sido por el calor tan agotador que estaban pasando. Nada de nada, Javier le contó que no había podido soportar el ver y recordar tras ese gato negro, lo gris de su vida ahora que estaba a punto de aclararse y que por culpa de ese bicho todo había vuelto a empeorar en su apreciación vital.
Al tiempo Javier falleció y aquel suéter le sirvió a Teresa de luto para su funeral. Entre los nervios y los sollozos, se secó las lágrimas mientras apartaba un pelo negro (como de gato) que se le había entralazado en la manga de aquel suéter. Se alegró de recordar, a través del brillo esperanzador del jersey que, al final de su vida, Javier había podido reconciliar su situación psíquico-espiritual y que a pesar de todo y en situaciones que nos parecen menos favorables, acabamos experimentando que “no hay mal que por bien no venga”.

Mª Elena Arenaz Erburu, de Pamplona, España

¡Pucha Víctor!
Era un martes 12 de Abril, Víctor llegó como todos los martes a las tres de la tarde, se acercó me saludó y se acostó cómodamente en el sillón.
Comenzó a hablar, se lo notaba nervioso, con un ligero temblor en su voz.
– ¿Es que sabe, sabe lo que pasa?, mañana….mañana…. (Silencio)
– ¿Qué pasa mañana Víctor? Cuénteme.
– Mañana es 13, entonces…… (Silencio)
– ¿Entonces Víctor?
– Es que no me gustan los días 13, son de mala suerte, todo en mi vida, todo, ¡Pero todo lo peor! me pasó un día 13. ¿Quiere que le cuente?
– Sí, Víctor, cuénteme.
– Un día 13 murió mi padre de un ataque al corazón, otro día 13 me separe de mi mujer, que fue el amor de mi vida. Otro día 13 entraron a mi casa y me robaron los pocos ahorros que tenía. Es por eso… ¿Entiende? Es por eso que no quiero que existan los días 13. Entonces ¿Sabe que hago esos días de mala suerte?, los días 13, ¿Ud. me entiende?
– No, no entiendo, dígame, Víctor ¿Qué hace esos días?
– Y bueno esos días opto por no ir a trabajar, no recibir visitas, ni salgo de mi casa, en fin me aíslo. Es como una protección ¿Ud. me entiende no? Es como una protección contra la mala suerte.
Y los meses pasaron, acompañados de Víctor que llegaba todos los martes a las tres de la tarde, me saludaba y se acostaba cómodamente en el sillón.
Víctor ya podía nombrar el 13 sin que le temblara la voz, sin ponerse nervioso.
– Estoy contento, ¿quiere que le cuente?
– Sí, Víctor, cuénteme.
– Sabe que el martes pasado, ¡Sí el martes 13!, salí a caminar, estaba lindo, había sol y camine hasta una plaza, me senté en un banco y me quedé mirando a las palomas. Y me dije: -¡Pucha Víctor! , es martes 13 ¡Quién te ha visto y quién te ve! Y me empecé a reír, y a reír a carcajadas. ¡Y la gente me miraba! , y claro, me reía tanto que parecía un loco.
Los meses pasaron y el 13 parecía no tener importancia en la vida de Víctor.
Martes 13 espero a Víctor a las tres de la tarde, como todos los martes, imagino que entra, me saluda y se acuesta cómodamente en el sillón. Pasan las horas Víctor no viene y no avisa. Me quedo pensando… Víctor nunca falta sin avisar.
Martes 20 espero a Víctor a las tres de la tarde, como todos los martes, imagino que entra me saluda y se acuesta cómodamente en el sillón .Pasan las horas Víctor no viene y no avisa. Preocupada, llamo a su casa me atiende una mujer, con una voz entrecortada me dice.
– ¿Víctor?, no Víctor, no está ¿Pero cómo? ¿No sabe nada? ¡Fue terrible! ¡Terrible!
El martes pasado… (Silencio) Él…él…. Estaba cruzando la calle pasó una moto…y… (Silencio). Llamamos a la ambulancia, entonces….entonces…. ya nada… nada pudieron hacer. ¿Hola? ¿Hola? ¿Me escucha?….
Sentí que me temblaban las piernas y un sudor frío recorría mi cara.
Me acosté en el sillón, mirando al techo y los ojos se me llenaron de lágrimas.
Me quedé pensando… ¿Qué fue el martes pasado? ¿Qué fecha fue el martes pasado? Miré la planilla de horarios, ¡No, no lo podía creer! ¡Martes 13! Miré de nuevo, para estar segura. Y si… no me había equivocado.
Inmediatamente cancelé mis pacientes. Cerré la puerta del consultorio y me fui a mi casa.
Mientras caminaba, sentía un nudo en la garganta. Pasé por una plaza, me senté en un banco traté de serenarme, seguramente el sol y el aire me ayudarían. A mí lado se sentó una nena que tiraba pedacitos de pan al piso. El lugar se llenó de palomas desesperadas por una miguita. Me quedé mirando como revoloteaban a mí alrededor.
Miré el banco vacío que estaba frente al mío e imaginé a Víctor sentado ¡Riéndose, riéndose, a carcajadas!
¿Creer? o ¿Reventar?

Isabel Gasperini Sala, de Buenos Aires, Argentina

Percepción extrasensorial
El tipo atravesó la puerta en su primera entrevista y recién cuando le di la mano se me dio por mirarle la cara.
“Qué facha de pajero”, pensé para mis adentros. No fue necesario que pase ni un segundo para decirme “Yoni, qué animal, cómo vas a pensar eso!! ¡Qué te pasa!!?? ¡Abstinencia! ¡Contratransferencia! ¡Auxilio!”.
Levemente perturbado, me senté frente al pajero… perdón, el analizante y soporté un tedioso caudal de palabras dándole vuelta a la rueda del molino para ir a aparar una y otra vez al mismo lugar: una poderosa nada.
Pasado un rato demasiado extenso, el tipo hizo un silencio, bajó la mirada y lanzó: -“Yo me masturbo”.
Juro que me salió así, repentino: “¿Mucho?”
Otra vez: “Qué bestia, Yoni, ¿cómo vas a preguntar eso? ¿Qué estás haciendo?”. Casi entro en pánico.
El fulano, como quien no quiere la cosa y sin espantarse, presto, respondió:
– “No, no mucho, por día de diez a quince veces…”
Sabía que mentía.

Yoni Guesmuler (seudónimo), de Buenos Aires, Argentina

Un microrrelato “cabulero”

Este mes de agosto tendrá 5 viernes, 5 sábados, y 5 domingos.
Esto sucede solo una vez cada 823 años.
Los chinos lo llaman “bolsas llenas de plata”.
Al enviar este mensaje a tus amigos, el dinero no te será indiferente.
Basado en el chino Feng Shui. El que no transmite el mensaje puede encontrarse pobre.
Obedeceremos… nunca se sabe. BUENA SUERTE!!!

Lucía Teresa, de Lanús, Provincia de Buenos Aires, Argentina

LAS BRUJAS NO EXISTEN…?
BRUNILDA es una abogada penalista, tiene personalidad, siempre bien parada, con decisión. Defiende sus causas con abnegación y esfuerzo. Pero…, no siempre era así. Su aspecto era oscuro, Todos los días vestía de negro o gris. Su oficina era común, no tenía grandes lujos, era austero, con poca luz. Allí pasaba horas, elucubrando estrategias brillantes como quien fuera una bruja creando pociones mágicas, escribiendo largas defensas a ladrones, homicidas y violentos. Quienes la conocían la llamaban BRUJILDA.
Un día Martes 13, Brunilda se encontraba saliendo de una audiencia intensa en los Tribunales en que defendió a una persona de baja calaña, con sendos antecedentes violentos, tropezó en una de las escalinatas del palacio, cayendo al piso y su carpeta cargada de escritos en la vereda se esparció y allí lo encontro. Era un colega abogado que a levantarse la ayudo. Vio unos ojos azules que no olvido. Y el mismo a tomar un café a ella invito. Ella, Brunilda asombrada y patitiesa se quedo. Nunca antes un hombre tan decidido, en cuenta la tomo. El café fue rápido y por sus obligaciones a su oficina, ligerito regreso. En el ascensor, en el espejo se miro y tras su negro cabello, sus propios ojos verdes chispeantes advirtió.
A los pocos días el teléfono sonó, era el colega que a almorzar la invito. Al principio dudo, pero luego acepto (ya que algo le gusto). Para la ocasión mucho se preparo, la ropa renovó, ya no era negra, sino un pantalón azul y una blusa bordo. Su pelo dejo de ser negro ya que en la peluquería lo aclaro.
Cuando al restaurant llego, el colega enamorado quedo. Ella con su presencia lo cautivo y ella también enamorada quedo.
Los días pasaron y los encuentros se sucedieron. La atracción entre ellos creció. Brunilda y su colega enamorado dejaron por más tiempo el estudio para vivir su amor. Brunilda tan bien se sintió que el aspecto personal y el de su estudio cambio. Ella mantenía su porte trabajador y su decisión, y se daba la posibilidad de separar su trabajo de su vida para compartirla con su enamorado y planificar juntos su vida en común. Y así fue que un día martes 13 del año 2013 Bruj…, perdón BRUNILDA muy feliz con su amado, se caso. Y ya no fue más BRUJILDA PARA SER SIMPLEMENTE BRUNILDA y concluir si en realidad LAS BRUJAS… EXISTEN???

Betina Mariana Hojman, de Buenos Aires, Argentina

Reunión Espiritista
Sonó el teléfono para ser invitado a una reunión espiritista por una recién conocida amiga -no se por que acepte, me pregunte- pues apenas si conozco a Carmen (la conocí porque íbamos por una vacante de trabajo y resulta que ninguno de los dos fuimos aceptados). Quizá porque me gusta, quizá por curiosidad, ya que nunca he asistido a ese tipo de reuniones.
Era de noche y la casa se veía descuidada, con muebles viejos, en los suburbios de la cuidad.
Nos reunimos al rededor de la mesa 8 personas de aspecto común y corriente. Eran las 23 horas y se procedió a llamar al espíritu del esposo de una de ellas.
Conforme pasaba el tiempo lo que empezó como una ligera llovizna apretaba cada vez más hasta convertirse en un fuerte aguacero. A lo lejos se oye el ruido de un tres que le da un toque muy especial a la reunión. Me recordó el tren de mi pueblo que pasaba a la media noche y que hace años arrollo a un camión que iba a una procesión matando a dos señoras e hiriendo a varias más, suceso muy comentado en esa época.
Cerramos los ojos, y la médium invoca al espíritu, se hace un silencio incomodo, se escucha el ladrido de unos perros, el ruido de un camión que frena a media calle, yo escucho mi respiración un tanto agitada, todos a la expectativa, se apaga la luz y un fuerte trueno se deja escuchar muy cerca. Yo estoy sudando con un sudor frío que recorre mi frente, baja por la nuca y llega a las axilas, con la boca seca, las piernas me tiemblan, deseo levantarme e irme de ese lugar, pero no me responden los pies, se niegan a moverse. Otro relámpago que ilumina la sala y momentáneamente veo los rostros de los asistentes, están pálidos llegando a cadavéricos -como seguramente esta también el mío. De verdad siento que se me paraliza el corazón, ya que late muy fuerte, tan fuerte que me duele el pecho, ese dolor va aumentando haciéndolo insoportable, con gran esfuerzo logro moverme un ligero movimiento al tiempo que se escucha un fuerte grito…Tamales oaxaqueños… Tamales oaxaqueños… suficientes para despertar, despertar empapado en sudor.

Gilberto García Suárez, de México DF, México

Decimotercero
No era un lobizón.
La desgracia de Manolo era mucho peor que una transformación en noches de luna llena. La suya era una maldición con todas las letras. Era el decimotercer hijo del matrimonio López.
Su madre era aún algo joven cuando lo tuvo, aunque ya parecía una vieja. Flaquísima, arrugada y desdentada (el calcio se lo había ido absorbiendo cada vástago en el vientre), doña María siempre había mirado a Manuel – era la única que lo llamaba así – con recelo.
Desde que nació, aquel martes 13 de enero de 1913, ella había esperado que en su hijo se hiciera carne la desgracia. Había tomado cuanto yuyo conocía, caminado leguas, en fin, había hecho lo imposible por adelantar ese parto. Pero no hubo caso, ese chico debía estar protegido por el demonio. Venir a nacer en un día así. En realidad ya había tratado de frenar a su marido. Con doce hijos, ¿qué necesidad tenía? Tampoco hubo mucho que hacer, José llegaba algo pasado de copas a veces y así no sólo habían llegado al decimotercero, sino que seguían engendrando hijos.
Apenas nació la criatura, que sobrevivió a tanta movilización materna nadie sabe cómo, le trajeron a María una bruja, para que le adelantara lo que podía esperar del crío, y combatir el maleficio, si es que la tarifa no se encarecía demasiado. El vaticinio de la mujer no le sirvió a esa madre. Le prometió que el pequeño sería fuerte, sano, y que su futuro no tendría mayores problemas.
Lechuza engañadora, conspira con Satanás y me oculta la verdad. La echó a los gritos, acusándola de robarles el dinero con mentiras. Su hijo estaba maldito y ella lo sabía.
Sin embargo los años pasaron y el niño crecía saludable, aunque su madre no lo mimaba, ni le preparaba las torrejas como a sus otros hermanos. Manolo no recordaba canciones de cuna ni caricias. Doña María prefería tomar distancia de eso que había salido de su vientre, por temor a encariñarse con la encarnación de la desdicha.
En 1926 el chico cumpliría los trece años, y para tenerlo lejos por si sobrevenía algún infortunio, lo enlistó en el ejército. De más está decir que Manolo sobrevivió a ese cumpleaños. Y a la Guerra Civil. Y a sus veintiséis. Y a los treinta y nueve. Y a los martes trece. Y a los gatos negros, las escaleras, y hasta a las mujeres de las que se enamoró y no lo correspondieron.
Tuvo una buena vida, Manolo. Ascendió en su carrera militar, obtuvo cargos, ganó dinero. Un buen día conoció a una muchacha que también se enamoró de él y se casaron. Tuvo hijos, nietos, bisnietos. Y en todos esos años, nunca se atravesó en su camino la desgracia. Falleció en el 2013, hace poco. Algo que muchos consideran más que buena suerte.
Lástima que doña María nunca se enteró, ella se fue mucho antes. Como tampoco nunca cayó en la cuenta de que la única maldición que había sufrido su decimotercer hijo fue que su madre no lo hubiera querido.

Victoria Vázquez, de Haedo, Provincia de Buenos Aires, Argentina

Era martes…martes 13. Y yo no creo en las brujas ni en la percepción extrasensorial… ¿en la comunicación de inconsciente a inconsciente? Puede ser…
El llegó como siempre, silencioso se acostó en el diván…Y entonces empecé a pensar en bichos …bichos que caminaban por las paredes, negros, ¡horribles!! ¿me estaba volviendo loca?…
Entonces el dijo: abandonaron el bar debajo de mi oficina , dejaron material orgánico en descomposición y estoy muy preocupado…se esta llenando de bichos que temo suban hasta mi piso…

Lilita (seudónimo), de San Justo, Provincia de Buenos Aires, Argentina