Convocatoria 13º Aniversario de Viví Libros – Primera Parte

¡Así fue nuestro festejo de los 13 años de trabajo y lo compartimos con todos ustedes!

La propuesta: Cuántas veces usted pensó que las brujas no existen pero… que las hay, las hay! O es de los que no escriben el 13 porque trae mala suerte? Sigue todas las cábalas, rituales y pequeños fetichismos posibles para cumplir sus sueños? Pasaría por debajo de una escalera antes de entrar a su sesión? ¿O tiene algún rito cada vez que llama un paciente nuevo? ¿Hace algo en especial antes o después de cada sesión? ¿Y cuando era estudiante y daba un examen? Y más allá del diván, en la vida ¿tiene cábalas? O afirma sin dudar: “Yo no soy supersticioso porque trae mala suerte”.
Les proponemos que nos cuenten alguna situación, anécdota, fábula o minificción donde las supersticiones, algún pálpito, premoniciones o cuestiones del destino cobren protagonismo. Puede ser desde el lado del analista, del paciente, del brujo que le vaticinó su futuro, del pulpo que acertó el ganador del Mundial, desde donde gusten… ¡Seguro que a un simple golpe de vista, ya se les está ocurriendo alguna!

A modo de ejemplo, les compartimos uno:

Toca el timbre a la hora indicada, como cada jueves cuando llega a su sesión. Pero algo lo inquieta esta vez, justo en ese instante un gato negro se cruza por la puerta. Lo mira con espanto, o mejor dicho, se miran con espanto. El gato pega un salto y huye por la pared vecina. Él no puede, no puede huir de sí mismo. Esto no estaba en los planes, simplemente debía esperar a que su analista baje a abrirle la puerta. En estas épocas de tanta inseguridad ya nadie te abre con el portero eléctrico. Su analista le da la bienvenida, suben al ascensor, piso 13. “¿Cómo puede ser que en Buenos Aires los arquitectos todavía no evitan poner el 13 en las construcciones?”, comenta. “¿Por qué?”, pregunta su analista. “Ay, es obvio, trae mala suerte!”, replica indignado. Silencio. Su sesión transcurre más o menos en el tono habitual, sin demasiadas sorpresas ni novedades, salvo al final cuando el gato negro obtuvo su protagonismo. “Un día complicado, ni me quiero imaginar todo lo que me va a pasar…”, y se queda pensando. “Pero no es para tanto”, intenta brindarle un alivio su analista. “¿Cómo que no?, ¿qué me dice? Uno tiene que estar muy bien para soportar esta maldición y no caer más bajo”, replica con enojo. “¿O acaso usted no cree que estas cosas pasan?, son señales del destino hombre!”. “En teoría puede ser, pero mejor dejamos acá y la próxima me cuenta cómo le fue”, cierra contundente la sesión. Bajan en el ascensor y se despiden. Se va pensando en hacer una pausa en su análisis, este analista no sabe nada y ¡qué se puede esperar de alguien que atiende en el piso 13!

Viviana Rosenzwit

Los ganadores fueron:

Finalistas (por orden alfabético):

Miriam Gagliardo Ayos, de Buenos Aires, Argentina
Marita Hamann, de Lima, Perú
Victoria Vázquez, de Haedo, Provincia de Buenos Aires, Argentina

Mención especial (por orden alfabético):

Luis Benítez, de Buenos Aires, Argentina
Roberto Cordero, de Montevideo, Uruguay
Guillermo Fernández, de Buenos Aires, Argentina

¡Nuestras felicitaciones y aplausos!!

A continuación trascribimos las participaciones de Microrrelatos del 13:

Hoy me levanté con ganas de escribir un relato, sonó mi despertador, a las 9 de la mañana, como todos los días, y acostado desde mi cama dejé que mi imaginación empezara a fluir, se me ocurren historias fantásticas, relatos de terror y muchísimas ideas. Entonces, tomé el lápiz y me puse a escribir: “Hoy es 13 de julio…” ¿13 de julio?, pensé. ¡Hoy es el día de la mala suerte!, y lo mejor sería contar mis experiencias sobre estos días, pero primero se me ocurrió buscar, ¿existe gente que de verdad le tiene temor a estos días?, y buscando encontré que hay gente que sufre de Trezidavomartiofobia. Qué increíble, ¿verdad?
Recuerdo el casamiento de mi tío Osvaldo, un hombre fuerte, sin temor a nada, capaz de matar cualquier bicho sin poner cara de asco. En fin, Osvaldo se casó el 13 de septiembre del año 2005, yo era más joven en esa época, pero me acuerdo como todos le decían a mi tío: “No te cases un 13! Es de mala suerte”, y también la respuesta de mi tío: “Pero por favor! Que 13 ni que 13! es mi casamiento y me siento el más suertudo del mundo!”. Pero lo que más recuerdo, es a Osvaldo tropezándose con una piedrita de camino al altar y cayendo de cara a la torta de casamiento.
Todo esto me hace pensar, ¿mi cuento dará mala suerte a quien lo lea? Miro a la derecha y mi gato se pasea por la casa, mi mujer lo acaricia mientras toma su desayuno, me acerco al balcón y un grupo de obreros con sus escaleras están acomodando los últimos ladrillos de la construcción, veo gente pasar por debajo de las escaleras. ¿Ya tendrán mala suerte? ¿Les pasará algo más tarde? Me siento a desayunar con mi esposa, ella feliz y alegre me cuenta que habíamos ganado la lotería, que ella ayer, para desafiar a la suerte, le había jugado al 13. Pienso en la alegría enorme que corre por mi cabeza. Tal vez la suerte está de mi lado, tal vez yo no tengo que pensar en los días 13, tengo que dejar que pasen, como un día más de nuestras vidas al que hay que aprovechar. Abrazo a mi esposa de felicidad y escucho un ruido muy fuerte de vidrios rompiéndose, corro a la cocina desesperado y encuentro a mi gato, que, afortunadamente, me hizo entender que no era así, tirándome por toda la cocina el juego de copas que mi tío Osvaldo me había regalado en aquel maldito pero divertido casamiento. Hoy, 13 de julio, es otro día más de mi vida.

Julián Tarela, de Buenos Aires, Argentina

Hoy es un buen día. Un día soñado. Sí, soñé lo que voy a vivir y mis sueños siempre se convierten en realidad. Nada, pero nada puede hacer que me desvíe de este destino prefigurado por la brillante conjunción de almohada y luna llena. Porque esta noche que cobijó mi dormir soñado hubo luna llena, y todos sabemos lo que se dice de la luna llena. No por nada los fluidos del mundo están atravesados por su atracción. Ella, redonda, blanca, firme en el firmamento diáfano es signo de mi andar del día que se presenta por delante.
Hoy me levanto, me baño, lavo mis dientes, me afeito y avanzo. Y así lo hago. Enfundado en sobretodo de piel de camello, bufanda al cuello y bien perfumado, las mujeres no pueden dejar de girar a mi paso. Una morocha de ojos verdes y cuaderno en mano, no ve una escalera en plena calle y pasa por debajo sin prestarle atención. Cautivada por mi sonrisa trastabilla con una baldosa. ¿Mala suerte? No. Es mi sueño. Entonces, la socorro y veo en su mano las manchas de tinta azul. Las biromes son así, te marcan cuando marcan la letra. Levanto la vista, busco sus ojos y escucho su voz que sé cálida, diciendo: Nos vemos la semana próxima.

Walter Rosenzwit, de Buenos Aires, Argentina

LA SOMBRA
Una y otra vez aparecía sin anunciarse, solo estaba. Por momentos la miraba sin poder, sin querer tocarla. Si me miento, consigo alejarla, si me tiento, la deseo y sin pausa. La sombra, propias o ajena, debo conocerla. En aquel vertiginoso paseo, me fui quedando solo, debí acudir al íntimo y fuerte deseo, de conservar mi vida. Desde mí hacia afuera, el miedo me invadió, desde afuera hacia mí, no era más que eso, una envolvente y poderosa presencia, que me proponía: conocernos. Vagamos, cantamos y paseamos juntos. Al fin del viaje, ya éramos uno y tal vez para siempre.

Oscar Gagliano, de Buenos Aires, Argentina

Fraude mágico
Buscando contrarrestar sus padecimientos de triscaidecafobia y de frigatriscaidecafobia, decidió regalarle un elfo que le permitiera superar su irreverente temor al número 13 y a la mala suerte. Aun cuando había recibido diferentes terapias, Diana no había logrado mejorar del todo. Entonces, era tiempo de recurrir a otro tipo de técnicas y si era necesario a pedimentos de magia. Rubén, pareja sentimental de Diana, solicitó el elfo a una empresa europea que se dedicaba a elaborar muñecos con esta figura. En su publicidad Elfos S.A de C.V, aseguraba que por la manera en que se elaboraban y el lugar donde se producían éstos, contaban con altos niveles de probabilidad para la buena suerte. Por esos días Diana le dio la buena noticia a Rubén que por primera vez iba a ser papá, y aseguro que este embarazo, después de tantos años, era resultado de una acción del elfo. Contrariamente Rubén, que acababa de iniciar un importante proyecto académico, se sintió abatido con la noticia, diciéndose para sí mismo que reclamaría a la empresa por lo que había hecho el elfo y en todo caso exigiría que le regresaran su dinero por lo que consideró un fraude mágico.

Rafael Gomez, de México

Se trata de la Pava
Desde épocas antiguas, nuestros abuelos o sea los míos, nos han venido hablando de estas temeridades, cosa curiosa, la pava, o mala suerte, lo peor es que aún yo lo sigo. Pero bueno no le pongo mucho empeño. Ah, cuando pequeño si me asustó algo, fue en semana santa, un ruido, pero lo voy superando y los martes trece. La gente en mi país, está muy pendiente de eso, de la escalera, del gato negro, de la semana santa.
Bueno, creo que cada país o grupo tiene su creencia, es como una inocencia que se hizo realidad.
Una vez vi un programa sobre estas supersticiones y casualmente acabando de verlo me tocó pasar debajo de la escalera que estaba por la será por donde yo iba a pasar, no podía pasar por el otro lado, pues había mucho carro, e hice lo siguiente:
Esperé a que alguien pasara primero que yo, y que no me había gustado lo que vi en aquel programa de televisión y me quedé parado, por allí disimulando y lo que estaba era esperando que alguien pasara por debajo primero y cuando vi que alguien pasó, también pasé yo, y me dije: “Ya me empavé, no sé a quién se le ocurrió atravesar esa escalera allí”.
Y siempre que veo una disimulo y trato de no pasar por debajo, pero yo creo que también la idea de nuestros abuelos sería, que no pasaran porque se puede caer algo en la cabeza de uno y de allí la creencia. Aunque, porsia las moscas, lo sigo y me hago creer que no lo creo.
Pero como hay gente que también dice y hace lo mismo, como es el caso de las mujeres que dicen que el novio no puede ver el vestido antes de la boda y es increíble todas lo hacen, yo se de una que pisó el vestido de una novia, para también conseguir novio y después le costo conseguirse uno, ya se creía que iba a vestir santos.

Casimiro Galbán, de El Tigre, Venezuela

Día 13
Parece que Mario estaba agotado de ir y venir, causa por causa, en Tribunales. Harto de hacer cola, subir escaleras y de esos largos escritos en los que tenés que describirlo todo para la supuesta comprensión de los jueces. Así me comentó él aquella vez cuando nos reunimos para charlar sobre un caso y también de bueyes perdidos. Sus dedos tamborileaban, nerviosos, en la mesa de café como buscando una solución a algo, y se le extraviaba la mirada. Vino el mozo para recibir el pedido, y su voz ronca ordenó dos cortados. Al consultarme sobre el litigio, abrió el portafolios y, desesperado, comenzaron a caérsele algunos escritos. Siempre he pensado que el hombre triste es distinto, y más, un abogado. Mario no se inmutó por el desorden de papel oficio en el piso y, con esa paciencia de escenario que inventamos a menudo para no llorar, intentó recuperarlos, turbado, pues sabía que yo conocía bien esas historias de reestablecer justicia. Mario me tocó tan de cerca con su hartazgo, que intenté calmarlo como pude, lo aconsejé y compartí experiencias. Nada se había perdido aún, alguna esperanza tendría en la jurisprudencia de la cámara. Pero se trataba lo de él, en efecto, de aquello del pan amargo, que va más allá de un proceso. Y parecía no oírme, ensimismado como estaba en sus problemas. Un hombre brillante que anda transitándolo todo con desespero es de cuidado, pensé. Así que, al fin, con la mayor prudencia, le recomendé que lo fuera a ver a Carlos, mi analista. Cómo un abogado iba a develar su intimidad en sesiones. Estás loca, contestó. Hasta que ante mi insistencia, resignado, quizá porque respetaba siempre mis consejos, aceptó ir a verlo.
Alguna sesión se habrá aguantado porque enseguida me llamó para vernos. Estaba inquieto, quería preguntarme algo sobre el psicoanálisis. Nos encontramos en el mismo bar: el café y los habituales estruendos de vajilla y bandejas suspendían por un rato la celeridad del disgusto que inspira esas demandas que a menudo son correspondidas, en algunos juzgados, con demasiada lentitud y poco esmero. Qué te parece Carlos, me preguntó, a mí me dio la impresión de ser un tipo raro. Yo me quedé mirándole a Mario sus manos nerviosas, sus ojos continuaban perdidos. Es un buen profesional – le contesté. Pues no parece – replicó.- En cuanto me senté, le dije que vivía en Temperley. Y él alegó que, acaso, yo tuviera un problema con la ley… Silencio: por lo visto ni en sesión, según comentó, ni ahora conmigo, Mario demostraba tener algo de que hablar. Solo revolvía el cortadito con la cuchara hundida como buscando un misterio en el oleaje improvisado del brebaje. Pero como no toleré su falta de palabras, me animé a preguntarle -una vez más, como Carlos- si él, acaso, no tenía un problema con la ley.
Dentro, en el bar, apenas se dejaban oír la laboriosa máquina del café y las bandejas que iban y venían, y, afuera, chillaban las bocinas y los ruidos de la vida en controversia, que prepara siempre su estrategia en Tribunales. Hasta que Mario, quizá de vergüenza o convencido (vaya a saberse), rompió su mudez: – Estoy podrido, che, de mi viejo, digo de la ley, digo, qué dije- expresó, confuso. Y un viejo profesor de derecho procesal que conozco y cuya clase magistral compartimos Mario y yo cuando estudiantes, se sentó a una mesa contigua. De inmediato hice el ademán para saludarlo, pero por lo visto, nos había oído a disgusto porque enseguida hizo de cuenta que no nos vio.

Paula Winkler, de Buenos Aires, Argentina

PERO QUE LAS HAY, LAS HAY
Ella siempre dijo que era bruja. No lo decía por envidia o rencor, solo porque lo sentía. Cuando alguien pasaba a su lado vibraba y luego quedaba temblando como un papel.
No era joven, tampoco muy vieja, a su paso sacudía el aire. Nadie se atrevía a definirla con certeza, aunque inventaban y creaban historias, se le adjudicaban aventuras y misiones. Para los más chicos, no faltaban encomiendas de castigos. Mentiras se beneficiaban con sus intrigas, para eso la usaban.
Aquella planta, se atrevió a desenredar trece ramas, fueron trece sus brotes y cada nervadura de sus hojas, extendida en trece nervios.
Su árbol de moras, sobre el que acostumbraba a descansar, comenzó a secarse. Nunca más floreció ni dieron frutos sus ramas, a pesar que siempre había desbordado con la dulzura de sus dones.
En el pueblo nunca le creyeron hasta el día en que desapareció. Al poco tiempo de que esto ocurriera, en el pueblo todos temían a mentir y a partir de entonces solo dijeron la verdad.

Oscar Gagliano, de Buenos Aires, Argentina

Martes trece
Sentados en el banco de piedra del jardincito del fondo, Lindolfo y Amneris se miran y suspiran. Transcurre el año 1935 y la brisa de la tarde de enero es más fresca que el ardor de sus ojos. Amneris hace un gracioso mohín y sonríe. Lindolfo se derrite… —Basta, no quiero esperar más. Será el trece. No hay fecha hasta abril sino. Será el trece y que todas tus tías, amigas y conocidas vengan con una cinta roja y chau.
Amneris apretó su mano y salió disparada a la cocina. ¡Panqueques de dulce de leche para festejar!
Ella hoy, ya no recuerda casi nada, menos que menos fechas… Con sus noventa y muchos se pregunta por qué su hija insiste en traerle panqueques, los mira, la mira a ella y muerde despacio. Sonríe. Y la risa la ilumina y se cuela en su mirada.
—Hoy es martes 13 ¿no?

Miriam Gagliardo Ayos, de Buenos Aires, Argentina

LA VIDENTE
Cuando la acaudalada señora Teresa Peralta viuda de Lafuente fue hallada muerta en su mansión, los dos investigadores seleccionados para el caso no lograron encontrar pistas. Sólo sabían que había sido cuidadosamente estrangulada. Entonces decidieron esa misma tarde recurrir a Rita, la vidente que se especializaba en los casos más difíciles.
Exprofeso, Rita les dijo que necesitaba algo de tiempo, no mucho, para estudiar y dilucidar el hecho. Cuando se quedó sola, reconstruyendo en forma minuciosa y prolija los acontecimientos en base a los datos que le fueron suministrados, vio con asombro que el criminal era un conocido personaje que aparecía con frecuencia en periódicos, revistas y programas de televisión, y que era un alto funcionario.
El crimen cometido obedecía a dos motivaciones, una pasional, pues ambos mantenían un romance desde tiempo atrás, padeciendo él celos enfermizos, no aceptando la vida liberal que ella, mujer atractiva de mediana edad, como él, seguía llevando.
La otra respondía al robo. La ambición de dinero y poder, la mayoría de las veces, se manifiesta en el ser humano sin límites ni freno alguno. Pero Rita, experta en la visualización de los senderos del destino, vio también otro camino, y que no era aquel que la llevaba a poner en peligro su propia vida por las circunstancias del caso, sino, a su propia muerte, que era precisamente lo que en estos momentos ella comenzaba a “ver”, un revólver que le apuntaba a la sien.
El áspero sonido del timbre la hizo reaccionar, volviendo a la realidad y, mirando el reloj mientras se encaminaba a la puerta, la abrió. Allí estaban de pie los investigadores que habían quedado en venir a esa hora. Una vez que los hizo pasar, les explicó que había estudiado lo sucedido sin hallarle solución, declarándose inepta para el mismo, pero antes de que se retiraran, pensó ¿y la justicia? Y como un cierto remedio expurgador de su conciencia extrajo de su biblioteca un libro titulado: Los peligros del poder, cuyo autor no era conocido, y en el mismo les señaló la página que decía:
“Casi todos los seres humanos –muchos animales también– con pleno desarrollo de su personalidad tienen aspiraciones al poder; el equilibrio de las personas que lo ejercen, y el uso del mismo pueden hacer que dentro suyo se alberguen Dios o Satanás, el Bien o el Mal”.
Los hombres siguieron su camino analizando las palabras. En su recorrida continuaron visitando a otros videntes, pero todos… absolutamente todos… se declararon incompetentes.

Julio García Ventureyra, de Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires, Argentina

El anuncio
Acontece. Uno llega cansado a la casa. La labor fue larga y rutinaria, sin otra distracción que las caderas de Margaret y el paisaje gris de la ciudad vista desde un 10º piso. Trabajar con papeles y archivos, firmar solicitudes y reclamos; todo para que los abogados se sientan importantes y coloquen sus timbres después que el peticionario intentó todo para acortar el proceso.
Todo eso cansa. Llego a casa entre 19 y 20 horas. Evito quedarme viendo TV. Programas nacionales son pura chacota para señoras otoñales. A veces pienso en la vida, en la de los demás, en la del Dr. Anibal, siempre viendo como puede pegar un peaje del infeliz que llora para que su petición sea favorable. Pienso en Margarete y el fulano que se pasa por su tío cada vez que la busca en la oficina. Tío, ¿acaso ella piensa que alguien cree en esa mentira? Está claro que es su amante. ¿Qué importancia tiene que ella sea unos 20 años menor? Claro, el tío aquel debe de ser casado, con dos hijos y ningún deseo de separarse de su viejota.
¿Qué puede hacer un hombre solo en un departamento medio vacío, sin otra compañía que un televisor y el teléfono siempre mudo? Leer, claro; pero eso no resulta fácil. Hacen años que no leo romances. En aquel tiempo me gustaba seguir esas historias de amores fallidos o de aventuras sorprendentes o demasiado comunes. Después de los 30 ese tipo de aventuras me interesa menos. El único romance que me tomó fuerte se llamaba Los Cuadernos de Laurids Malte; ¿cómo era el nombre del autor? Rommel, Romer, Rilke, algo así. A veces todavía lo leo. No sé bien por qué gusté tanto del personaje. Es un hombre solitario y sin destino, con algunos miedos y una tremenda nostalgia de no sé qué. Siempre está recordando, como si ese fuese su truco para espantar la soledad. No habla de sexo, de violencia ni de gente rica aplastando a gente pobre. Es como un ser de otro planeta, observando este mundo nuestro, intentando entender lo que pasa con él y con los otros.
Yo no hago eso; no es que sea de este planeta. Soy de otra tierra, pero eso tampoco tiene mayor importancia, pues vivo entre los hombres. Como la mayoría de ellos, vivo solo en un departamento de clase media modesta. Solo en términos; nunca falta alguna enamorada que me brinda su presencia por un par de horas. Una taza de té y una conversación de hilos cruzados y de frases que ruedan por el piso, esfumándose así que chocan con las paredes. En el medio y detrás de las palabras siempre hay algo más: es esa especie de anhelo que las expulsa de la boca, no importa cuan simples sean.
En este momento espero; no una muchacha, ni que alguien se recuerde de mí llamándome por teléfono. Espero que la brisa de la noche espante algunos recuerdos que comienzan a llenar esta sala, impregnando mi alma de escenas y seres de otros tiempos.
Aún no aprendí el arte de olvidar; es siempre peligroso que el pasado se apodere del presente. La gente se pierde y luego anda como sonámbulo, tanteando el piso para no caer. Después de los 40 los recuerdos van entrando, lentamente, en la casa de la gente, son personas que aún están esperando algo de mí, o tal vez quieran devolver algo que ellas sacaron de mi huerto. Ayer, apareció una señora de edad. Escuchaba una sonata de Scarlatti, los ojos cerrados, de pronto sentí que alguien me estaba observando. Abrí los ojos y ahí estaba ella. Parecía una dama digna, de esas mujeres que llegan al sepulcro con la misma dignidad con que reciben un regalo que las honra. La saludé con un movimiento de cabeza; ella me sonrió. Cerré de nuevo los ojos pensando que bien podría ser una imagen derivada de esa especie de hipnosis provocada por el encanto de la música. Al abrirlos vi que ella se dirigía lentamente en dirección a la puerta de entrada. Antes de atravesarla se volvió y con la misma sonrisa me hizo un gesto de despedida. Madame, alcancé a hablar, pero ya era demasiado tarde.
El movimiento de las cortinas es un buen anuncio. Es la brisa de la noche. En algunos momentos más será la medianoche y este hoy rodará hacia la nada con el mismo silencio de todas las cosas que ruedan sin destino seguro. Todas las bagatelas de este día no tendrán más existencia que el polvo que se disimula en el aire. Mi encuentro hoy con Casilda será un vago recuerdo solicitando permiso para permanecer algo más en los pliegues de la memoria. Todavía su sonrisa de niña flota en este ambiente y me confirma que por lo menos para ella existo, no importa que sea como una simple imagen que entretiene sus ojos.
Siento que alguien está subiendo las escaleras. Es un inconveniente tener oídos agudos. Después de la medianoche se capta hasta el movimiento de la luna en lo alto del cielo. Ahora camina por el pasillo. Parece que está cargando un bulto pesado consigo. Debe ser el vecino, un señor ya algo anciano, de hábitos etílicos discretos, pero que arrastra un poco los pies así que bebe más de la cuenta. Curioso, no paró en el departamento adyacente; continúa arrastrándose en dirección a mi puerta. Ahora está fuera, tal vez dudando, preguntándose si no erró de puerta. Golpea suavemente en la madera, ignorando el timbre. Espero, enseguida se dará cuenta de que está golpeando en lugar equivocado; su mujer debe de estar viendo alguna película o simplemente ya no lo espera; después de 20 años de casados la pareja apenas comparte la soledad y algunos chismes corrientes. Por segunda vez golpea en la madera.
Voy hasta la puerta; abro. No hay nadie. Comprendo: es el anuncio del nuevo día.

Emilio Romero Ele, de Brasil

2 Comentarios a Convocatoria 13º Aniversario de Viví Libros – Primera Parte

  1. Caro dice:

    este año hacen el concurso de microrrelatos?

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