E-mailiando con… José Milmaniene – Primera Parte

En esta oportunidad compartimos con ustedes el E-mailiando con… José Milmaniene, una entrevista vía e-mail que estuvo a cargo de Viviana Rosenzwit.

Este trabajo forma parte de E-mailiando con…, un e-book publicado en el año 2005, que ahora se ofrece abiertamente en nuestra web para todos los lectores.

José Milmaniene nació en Buenos Aires, Argentina, por el año ‘45, es Médico psiquiatra egresado de la Universidad de Buenos Aires. Psicoanalista. Miembro titular didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Se ha desempeñado como docente universitario en las facultades de Medicina y Derecho. Autor de numerosas publicaciones en medios especializados de Argentina y del exterior; así como varios capítulos de libros en colaboración. Algunos de sus libros publicados son: El Goce y la Ley (Paidós); El Holocausto, una lectura psicoanalítica (Paidós); Extrañas Parejas (Paidós); Clínica del texto. Kafka, Benjamin, Levinas (Biblos); Arte y psicoanálisis, escribiendo el nombre del padre (Kargieman), La Función Paterna (Biblos), El tiempo del sujeto (2005), El lugar del sujeto (2007), La ética del sujeto (2008), Clínica de la diferencia (2010), Extrañas parejas (2011), La fe en el Nombre (2012) e Iluminaciones freudianas El psicoanálisis en la sociedad de consumo (Biblos).

¿Por qué cree que el psicoanálisis presenta una relación tan estrecha a la escritura?

Si el psicoanálisis se plantea como una praxis clínica que tiende a la subjetivación mediante el exclusivo recurso de la palabra en transferencia, su relación con la práctica escrituraria resulta esencial, dado que la escritura representa la máxima expresión sublimatoria de la cultura. El psicoanálisis opera intentando descifrar el inconsciente, el cual estructurado “como un lenguaje” (en términos de Lacan), se nos plantea como un texto dado a la lectura interpretativa del Otro. Los significantes y las letras que conforman su trama son jeroglíficos que requieren de un método de lectura que opere sobre signos enigmáticos organizados en una trama metafórica – metonímica. Se trata de una escritura cifrada que insiste a la vez que resiste a la interpretación, la cual a su vez devendrá en una escritura narrativa que organice el caos de los goces pulsionales mal simbolizados en los que navega errático el sujeto. Y a pesar que las asociaciones del paciente y las interpretaciones y/o construcciones del analista circulan en el registro verbal, éstas ya suponen a la escritura como su fundamento. Es decir el analista trabaja sobre el horizonte de un corpus teórico textual y además el efecto de su hacer deriva en un acto de escritura, sea bajo el modo de la historia clínica, los apuntes que toma en la sesión, los informes de supervisión, las anotaciones que registran los datos y las incidencias de la cura y por último, sus propias producciones teórico-clínicas que resulta siempre un efecto necesario de toda práctica sublimatoria. Me resulta difícil pensar que el Pacto con la Palabra que instaura el psicoanálisis no derive en un producto escriturario sea cual fuere la forma expresiva que éste adopte. Recordemos además, que la mayoría de los institutos que forman analistas exigen que éste de cuenta de su práctica a través de trabajos, informes, fichas, monografías, resúmenes clínicos para ateneos, etc.

Además, la transmisión del psicoanálisis opera a través de la escritura y aún la enseñanza oral requiere de su transcripción textual, bajo riesgo de perderse en las distorsiones, imprecisiones, lapsus, y olvidos propios del discurso exclusivamente oral. Así, resulta paradigmático observar cómo los seminarios de Lacan deben ser transcriptos para que circulen y cómo las diferencias en la transcripción escrituraria de los mismos ha generado no pocas discusiones y polémicas entre sus discípulos, en función de la mayor o menor fidelidad a su palabra. Sea como fuere la producción de un analista, la misma habrá de requerir su inscripción textual para adquirir la jerarquía de un saber transmisible que permita el diálogo intersubjetivo. De no ser así, el psicoanálisis perdería su rigor y correría el riesgo de trocarse en una práctica esotérica e inefable que acontecería entre dos sujetos en la soledad del consultorio. La organización de un saber conjetural como el freudiano requiere de la escritura como su propia condición de existencia y transmisibilidad.

¿Por qué considera a la escritura como “la máxima expresión sublimatoria de la cultura”? En este sentido, ¿cómo relacionaría la escritura con otras expresiones artísticas?

Considero a la escritura como la máxima expresión sublimatoria, dado que el lenguaje escrito –significantes y letras- implica un sistema y un código simbólico que es condición de la cultura. No podemos pensar al sujeto más allá de la palabra (oral y aún más, la escrita), y todas las formas expresivas que adoptan los seres humanos suponen al lenguaje como su condición básica y necesaria. Cualquier forma del arte (pictórica, musical, escultórica, mímica, etc.) debe pensarse a partir de la organización socio-simbólica que el lenguaje procura. No hay arte sino en el campo del lenguaje, y toda expresión artística está atravesada en su construcción y en su formalización por los símbolos y los modelos de la lengua. No existe posibilidad alguna de producir cultura sin el basamento simbólico de la escritura (que no es sino palabra inscripta, lo que le otorga permanencia y posibilidad de memoria histórica al habla), y el artista es un sujeto de lenguaje que adopta una particular forma expresiva. El arte fructifica en el interior mismo de todo sistema lingüístico, de modo tal que podríamos afirmar que todo arte es una forma estética peculiar de la escritura. Además, y a modo de ejemplo, un cuadro porta una significación que es efecto de la diferencia que se establece entre los componentes sensoriales altamente formalizados –luego de la previa lectura simbólica- y el nombre de la obra, tal como ocurre de modo similar con la música y las otras artes. Obviamente la literatura y la poesía son expresiones que trabajan con y mediante el lenguaje mismo, por lo cual reduplican, cuando son obras logradas, el efecto estético al agregarle un “plus de significancia” y de (sin)sentido que suele estar entroncado con los grandes dilemas de la existencia: el enigma del amor y el misterio de la muerte. Pero cualquier expresión artística configura un acto sublimatorio, y posee la dignidad que otorga todo sistema simbólico altamente formalizado.

¿Existe un estilo de escritura que engloba a todos los psicoanalistas o el estilo es siempre singular de cada autor?

Resulta deseable que cada analista invente y cree su propio estilo de escritura, expresión de lo más singular de sí. La imitación del estilo de los maestros suele derivar en imitaciones ecolálicas que no generan ninguna ganancia en el saber, además de que castran toda creatividad, tan necesaria en la práctica teórica y clínica. A veces se observan “modas estilísticas” que empobrecen nuestra ciencia y que suponen la no consumación del parricidio simbólico que implica la escritura, cuando la misma no es sino una mera mímesis de otros estilos o modos escriturarios. Aspiramos a que cada cual funde su propio estilo, y que deje la marca de su nombre en la escritura que lo expresa. Podríamos afirmar que un analista se constituye recién como tal cuando funda su particular, único e inconfundible estilo. Esto no supone la fantasía megalómana de la originalidad absoluta, sino por el contrario la humildad de aceptar que se trata aunque más no sea de combinar el decir de un modo personal e inédito, el que debe filiarse empero en una tradición que reconoce siempre la deuda teórica que nos liga a los fundadores de discurso (Freud, Lacan), más allá de cualquier fantasma narcisista de auto- engendramiento.

Continúa en la Segunda Parte…

Un comentario a E-mailiando con… José Milmaniene – Primera Parte

  1. María Isabel Pazos de Winograd dice:

    Siempre un placer y una iluminación leer a José Milmaniene.

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