E-mailiando con… Jorge Pinedo – Segunda Parte

Continuamos con la Segunda Parte del E-mailiando con… Jorge Pinedo, una entrevista vía e-mail que estuvo a cargo de Viviana Rosenzwit.

Muchos analistas gustan de escribir, ¿influye en el estilo literario la corriente que el autor sigue en su práctica clínica?

Obviamente, por supuesto que sí. En el caso que la corriente que lo ilumine sea de 110 voltios, quiere decir que el analista habita un país desarrollado, con reglas más o menos fijas, donde los profesionales son respetados y donde el trabajo intelectual es considerado un trabajo propiamente dicho. Por el contrario, si se encuentra adscripto a una corriente de 220 volts como la nuestra, su gusto por la escritura se le tornará farragoso, antieconómico, tendrá serias dificultades para publicar porque deberá adaptarse a la mediocridad general y otorgar toda clase de concesiones a la burocracia de turno, en fin, correrá la triste suerte de todo intelectual en un despaís en vías de extinción.

Después; si es kleiniano, lacaniano, conductista, deshollinador simple o domador de pulgas doble, no importa. Ahí ingresa esa entelequia llamada “talento”.

En su caso particular, ¿modificó en algo su escritura cuando empezó a ejercer la práctica clínica? ¿Lo motivaron esas historias de vida a abrirse a nuevos géneros literarios, como cuentos o novela?

En el rodar de los tiempos de quien escribe su escritura va gozando y padeciendo constantes mutaciones. Algunas son inescrutables para el lector, otras evidentes. Más que la práctica misma, lo que modifica la escritura es la condición de analizante, en el punto de clivaje donde algo de la economía subjetiva es presa de sucesivos corrimientos. Movimiento que es constante aún en los momentos de quietud, el discurso progresa hacia una síntesis diferente donde la presencia del semejante adquiere un valor que se torna determinante de una manera como no lo era antes. Digo lo que me sucedió, lo que me sucede a mí. A otros analistas puede pasarles de otra manera, preferiblemente.

En cuanto a las historias que el analista escucha rige el principio de la estricta discreción y de la abstinencia que, en esta oportunidad y en mi caso, no es tan complicado de sostener. Principalmente porque el plano asociativo que se despliega en mi propia cabeza brinda las escenas que requiero para armar un relato, no preciso “robarlas” a un paciente. Para eso está la obscenidad de los “ateneos” donde se fantasea que la descripción del “caso” es capaz de dar cuenta de algo.

De una u otra manera, la perversidad polimórfica que se cuela en nuestro prec. es tan generosa que, a la hora de la creación, consigue paliar la módica intencionalidad de quien escribe. No es necesaria ninguna otra fuente.

Podemos, sí, interesarnos en un tema, en un personaje y buscar documentación, testimonios, hasta testigos. Pero eso es otra cosa. Lo hice con Darwin que prácticamente protagoniza la novela que se editará este año. Pero no… los pacientes son sagrados, rige el tabú total y definitivo. Cuento o novela son momentos, no tanto géneros. Hay historias que necesitan ser desenvueltas y entonces hacen una novela, otras que se cierran velozmente sobre si mismas y entonces sale un cuento. Personalmente yo nunca sé, cuando comienzo a escribir una ficción, ni cómo ni en qué ni cuándo va a terminar. Tampoco escribo de entrada la primera frase ni el título, eso va al final. También me gusta el vino tinto y no el blanco (lo que me incluye fuera de lo mejor de los vernisagge y las presentaciones de libros). Cada uno empuja el molinete del subterráneo con lo que puede.

Por otra parte, y sin desmerecer la neurastenia de nadie, en última instancia las vicisitudes del complejo de Edipo resultan tan monótonas, tan repetitivas, tan poco originales, en fin, la neurosis standard es tan vulgar, que hace necesaria la creación artística para que no siga siendo aburridísima. Dudo que esto último se entienda como corresponde pues el narcisismo tiende a intentar convencernos de que somos personajes únicos y nuestro sufrimiento es el mayor del universo… así los goces. Mejor, inventar. Clínicamente (detesto la expresión, concedo que abrevia), tal vez un escritor sea nada más que una estructura sintomada. Eso, es lo de menos.

Por último, retomando su primera respuesta, ¿podría desplegar un poco más la relación entre lectura y escritura que menciona?

Soy otra vez borgeano en esto: la lectura es el primer momento de la escritura. Escribir es leer, escribir, tachar, borrar y volver a escribir. No hay “página en blanco” ni “soledad del escritor”. Quien escribe lo hace sobre una página ya escrita a la que necesita escribir de otra manera y, al mismo tiempo, convive con sus situaciones, escenas y personajes. El impedimento pasa por la inhibición, el síntoma y/o la angustia, como siempre, se sea escritor, pintor, bibliotecario, malabarista o plomero. No importa por qué se escribe; sí importa qué se escribe.

¿Cómo cree que influye la lectura en la formación del analista y en su práctica clínica?

Toda lectura es propicia y propìciadora, mas no sea la contratapa de los diarios. Vuelvo sobre lo mismo, la escritura es un momento de la tarea del analista, cuando se trata de textos “técnicos”. Se inscribe en el ciclo audición-escucha-lectura-intervención. En lo personal, lo considero una actividad crucial, pero entiendo que otros analistas se las pueden arreglar de otra manera. No zafarán de leer, con la salvedad que leer nada más que una misma cosa es tan perverso como todo unicato. Leer, me parece, es atravesar por los discursos que pueblan la escena del mundo. Y nosotros trabajamos con esa diversidad: nos nutre.

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