Microrrelatos Escenas de la vida cotidiana Tercera parte

Compartimos otra tanda de Microrrelatos que llegaron! Seguimos con la Convocatoria Aniversario de Viví Libros 2017.

GENERACIONES

Empecé a escribir a partir de una anécdota risueña que viví con mi querido abuelo, y que se transformó en una composición “tema libre” en la escuela y me acarreó la admiración (el amor, para mí) de casi todas las mujeres de toda edad que celebraron mi osadía y mis buenas palabras. “Esto es lo mío!”, me dije.
Dos años después, mi abuelo murió. No pude soportarlo sano y me enfermé. Un cura que había venido por él, entendió que tenía que decirme algo: “Tu abuelito pasó a mejor vida”. Fue una de las frases más absurdas que escuché en mi vida. Mejor vida que la que teníamos con él? Dónde, cuándo, cómo…?
Me fui curando a través de mis primeros poemas. Ahora para diluir la angustia cuando aún no sabía que existía algo llamado así.
Y ahora, mucho tiempo después, así sigo. Por una cosa o la otra o ambas.
Ah! Mi nieta de 15 años acaba de escribir su primera novela.

Rolando Martiñá, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Crimen en Pietralata

Miró la ventana a través de la cual había arrojado a su mejor amigo hacía quince años.
Miró a sus hijos que ya eran grandes, y a su mujer, sentada en el viejo sillón de mimbre, indiferente y retraída, con un mechón de pelo blanco y dos orificios sin luz donde se habían hundido sus hermosos ojos pardos.
¿Qué estoy haciendo aquí?, se preguntó sabiendo que extrañaba el silencio seguro de la cárcel.
Luego, calmándose, bajó por el ascensor cubierto de gruesos graffiti, más ominosos que aquellos que recordaba, o más toscos y rudimentarios.
Caminó por las veredas sucias, pobladas por los muchachotes de los edificios que se juntaban a fumar en las esquinas. Los contenedores, abarrotados de bolsas de plástico, esparcían un olor ácido que asfixiaba el aroma dulce de la hierba.
Finalmente, bajó a las profundidades del subterráneo y allí se sintió bien. El sabor ferroso del aire quieto estaba pegado a las paredes, y se pegó a su ropa, oliente, también, a caverna oscura.
Y recordó entonces que en un domingo como ese, esperaba en el andén a su amigo que venía de Piazza di Spagna. Aquel domingo se agotaron los diarios. Le bastó con leer un titular elefantiásico. Pier Paolo Pasolini había sido asesinado en Ostia. Estaba seguro de haberlo visto en Pietralata filmando las calles oscuras y los muchachotes que se reían siempre y se le pegaban como moscas. Andaba husmeando la muerte, se dijo, como sirviéndose en bandeja.
Su amigo no se enteró de la noticia, sólo quería ver el partido entre el Milan y la Juventus y beber, fumar, y contarle chistes. Fumaron y se tranquilizaron. El empezaba a entristecerse con la muerte de Pasolini. Lo había visto más de una vez en el barrio en medio de esos brutos. Pero ese recuerdo se borró rápidamente y enseguida su estado de ánimo pasó de la melancolía a la furia. Se ponía furioso con los goles del Milan mientras su amigo festejaba.
Discutieron. Su mujer se encerró con los chicos en el baño. El otro lo insultaba, le daba cortos y dolorosos chirlos en las mejillas. Él lo golpeó en la cabeza con los puños. Se trenzaron como boxeadores en el ring hasta que él logró desasirse de ese abrazo. Lo empujó con fuerza pegándole con el puño cerrado en todo el cuerpo mientras retrocedía para esquivarlo. Él era más fuerte, o al menos, más certero. Le propinó un puñetazo en pleno rostro y luego un empellón que resultó ser el último. De tan fuerte, su cuerpo trastabilló al tiempo que el del otro desaparecía de su vista.
Y nadie pudo creer que no sabía ni el lugar que ocupaba la ventana, ni que estuviera abierta, ni que aquel cuerpo enjuto podía pasar por la abertura sin producir otro sonido que el golpe seco en la calle desierta.

Susana Aguad
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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LOGIA

– ¿Esa es la Sinfonía Concertino, de Mozart?
El ocupante de la otra carpa levantó la vista.
– Sí. Con el violín de Igor Oistraj.
El que había preguntado, deteniendo su paseo vespertino por la playa, tuvo un estremecimiento.
– ¿Orquesta de Moscú?
– Filarmónica de Berlín- dijo, lacónico y cómplice, el dueño de la radio.
Ya eran amigos para siempre, aunque recién se conocían.

Ricardo Feierstein
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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ACENTOS

_ Vio qué cosa las palabras?
_ Por?
_ La palabra esdrújula, es esdrújula, pero la palabra aguda, es grave…
_ Cierto… No lo había pensado…
_ Y vio que con las esdrújulas pasa como con algunas enfermedades:
son raras, pero no son graves…
_ Ja ja, cierto… Y otras son graves sólo cuando son agudas…
_ Cierto, qué cosa no?
_ El mundo está loco, che!
_ Y sí, ya lo dijo… Bueno, lo dijeron muchos
_ Y sí … Por lo menos nosotros entendemos…
_ Chau.
_ Chau.

Rolando Martiñá, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Lulú

Tenía muchas ganas de tener una perrita nueva. La última había muerto hacía ya dos meses. Fue así que busqué por Internet y conseguí una cachorrita hermosa a la que le puse Lulú.
Dulce Lulú, el problema era a la noche. Hacía frío para dejarla afuera y a ella no le gustaba estar encerrada. Como resultado lloraba y no nos dejaba dormir.
Entonces se me ocurrió encerrarla en el baño del consultorio, que por otra parte, se encuentra alejado de la casa. Era una forma de estar tranquilos y que ella no sufriera las inclemencias del tiempo. Así lo hice.
A la mañana siguiente, cuando fui a buscarla, por debajo de la puerta corría un río torrentoso. Lulú se había comido el flexible del inodoro y flotaba en su cuchita de madera como si fuera un barco en medio del mar.
Nunca más la dejé encerrada y le compré un vestidito de lana, una casita y una camita calentita para campear el frio.
Y así en agradecimiento, Lulú ya no lloro más.

Lili, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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YENDO AL GRANO

No veía a Rebeca desde, por lo menos, diez años atrás. Nos cruzamos una noche en la fiesta de casamiento de un primo segundo en común. Ella pertenece a la segunda rama de mi familia extendida -es hermana de un pariente político- de modo que no existen muchas posibilidades de encuentro, fuera de estas reuniones gigantes y ecuménicas.
Debe tener algo más de setenta años, pero se conserva muy bien, ocupada con sus dos hijas y sus cirugías plásticas. Y es una de las pocas conocidas que todavía se acuerda de mis padres.
Breve ceremonia para presentar a los contrayentes, voz de locutor que aturde. Comienza el inevitable “vals de los novios”. Aplausos, besos, felicitaciones, cruces de gente. Cumplo mi papel de rotar unos compases con la protagonista del enlace (después de esperar unos veinte turnos), a quien apenas conozco y, como corresponde, la cedo al próximo festejante. Quedo aislado en la pista, situación compartida por otros fugaces bailarines (en especial, mujeres que saludaron al novio). Me cruzo con Rebeca, que también está boyando en el medio.
De común y silencioso acuerdo, enlazamos nuestros talles y seguimos el ritmo del vals hacia uno de los extremos, para abandonar con cierta elegancia la pista.
Giramos tres vueltas.
En la primera, ella pregunta por la salud de mi familia nuclear (y yo por la suya). En la segunda, en silencio, llegamos a salir del grupo de gente. En la tercera, al borde de las alejadas mesas donde recuperaremos nuestros asientos, suelta antes de despedirnos una pregunta a quemarropa:
-Decíme, Ricardito: ¿no conocés algún tipo para mi hija mayor, que acaba de divorciarse?

Ricardo Feierstein
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
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Pequeño camalotal

Fue un día… allá en Santa Fe… cuando Flor, nuestra hija lo trajo de la Setúbal.
– Estos camalotes son para su jardín -nos dijo a su padre y a mí.
Así fue que los pusimos en una cuna de diarios y agua. Teníamos que volver a nuestra casa, en Rosario…
Quizás el viaje fue duro para esa minúscula mata, esa tapia, pero las plantas resistieron como si tuvieran la entereza de los humildes.
Cuando llegamos las pusimos en el patio. Y allí –en una vasija de agua- el pequeño camalotal se aposentó confiado… ¿Acaso sabría cuánto amábamos el agua marrón que lo vio nacer?
A los pocos días, un coro de pequeñas abejitas zumbaban a su alrededor. Ellas se hicieron sus compañeras inseparables.
Sucedió ayer, cuando por primera vez floreció bellamente… Ramillete de colores que hoy –ya mustio y cansado- se está inclinando… Nos regaló sus pétalos en la belleza efímera de un día…
Sin embargo, silenciosamente y casi en secreto, nuestro pequeño camalotal nos convidó esta mañana… con una nueva vara que estalla en lilas, violetas y amarillos… Asombro alegre de la vida…

María del Carmen Guala
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina
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La noticia

La rutinaria cadencia en el lento y exhausto balanceo del antiguo ascensor, su constante penar en un agobiado chirrido me despierta. Aún embebido en una ensoñación que distorsiona y que confunde muchas veces la realidad con fantasía espero escuchar una pauta que disipe mis dudas mientras busco a tientas la luz, que se enciende en un tímido resplandor. Deslizo la cerilla varias veces por la humedecida caja, mis temblorosas manos lo dificulta aún más, logro prender un cigarro, doy una larga bocanada que calma mi imperiosa necesidad por retener solapada la feroz abstinencia, la dependencia de esa voraz y adictiva ansiedad que me carcome.
La aspereza en la garganta y la sequedad de los labios me hacen pensar en un suave y refrescante trago de agua. Nuevamente siento esa ríspida sensación. Instintivamente miro el reloj, falta un cuarto para las tres, lo que me es indiferente aun que siento el hastío en las agujas, doy una nueva y larga bocanada en silencio, tan solo que esta vez me pregunto cómo fue que llegué a ser la más ruin y despiadada expresión de mí, al rechazar la dulce e irrefrenable seducción de la vida en su máxima plenitud y sumirme en esta desolación, en esta depresión inconformista.
Siento detenerse el ascensor, el oxidado y ruidoso abrir de la puerta da paso a un rápido y alegre taconeo en el pasillo, el mismo me recuerda al fresco, al liviano y continuo aleteo de un colibrí.
Miro a un costado de la cama veo el revólver, lo tomo para guardarlo y al tocarlo su escalofriante frialdad, me hila, mis venas se congelan al pensar que lo tuve en mis manos, como la única solución al devenir de mi vida, pero fui lo suficientemente débil para dar ese paso sin retorno. Lo guardo rápidamente pues el tintineo de las llaves en la puerta rompe definitivamente el silencio.
– Hola! Papá!
-Hola princesa.
-¿Qué haces encerrado en penumbra? ¡Arriba! que afuera está hermoso, soleado, es un día de primavera.
Refunfuneo bastante, antes de salir.
El resplandor del sol me enceguece pero sus cálidos y tibios rayos acarician mi alma, suavizando mis heridas. Respiro profundo y la tos del cigarro se hace presente. Caminamos del brazo contemplándonos en silencio, ella el devenir del tiempo, yo su fuerza, su alegría constante, su fe, su creencia siempre esperanzada. Nos miramos, me apoya su cabeza en mi hombro y me lanza un irresistible y sanador ataque de amor, de ternura, de fe y esperanza al decirme:
-¡Papá estoy embarazada!.
La miro, no logró contener mis lágrimas y rompo en llanto. Muchos sentimientos y sensaciones encontradas se entremezclan. Mi hija me abraza, me da un beso, le sonrío, la beso, en ese momento una sensación de esperanza, de luz y de amor comienza a renacer en mi vida.

Roberto Cordero, Uruguay
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