Microrrelatos Escenas de la vida cotidiana Segunda parte

Compartimos otra tanda de Microrrelatos que llegaron! Seguimos con la Convocatoria Aniversario de Viví Libros 2017

Enseñanza maternal

A sus siete años era necesario que aprendiera la dirección de su casa. Yo tenía miedo de tantas cosas que se escuchaban por ahí. Le enseñaba con paciencia mientras manejaba, ese domicilio largo y complicado que teníamos.
– A ver… vos vivís en Cervantes y Perón. ¡Repetí conmigo!
– Cervantes y Perón -decía su voz infantil.
– Edificio 3, departamento 12, Barrio El Progreso.
Con paciencia y buena voluntad repetía: Edificio 3, departamento 12, Barrio El Progreso.
– San Justo, Buenos Aires.
– San Justo, Buenos Aires –coreaba.
– Bueno, muy bien, ahora vos solito. ¿Dónde vivís? – pregunté.
Me miró con una sonrisa y me contestó simplemente: “¡Acá cerquita!”

Liliana Fernandez de Pozzi
San Justo, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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La canilla del baño

Las gotas sucesivas que se dejaban caer por la canilla del baño, con su ruidito tan particular, para decirlo de una vez y para siempre, me martirizaban.
Entonces, ante la perspectiva del fin de semana largo en el que mi familia viajaba creo que a la costa, yo, que no podía ya obsesionarme por otra cuestión, decidí encarar la tarea de refaccionar lo que fuese menester. Creo que se dice menester en estos casos, pero no sé.
Tampoco supe dónde habrían ido a parar las herramientas, que al principio, según recuerdo, se encontraban en una caja de tamaño mediano, que tampoco apareció por ningún lado y no por eso me anduve quejando como los vecinos, que dijeron haberse despertado por la explosión, que de ninguna manera fue tan ruidosa.
Justamente, acerca del ruido fue mi primera declaración ante los medios, les dije que no se soportaba el goteo de la canilla del baño, así que mi familia ya podía regresar tranquila a vivir en el descampado.

Mario Capasso
Villa Martelli, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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Tristes anónimos

Hoy no sé qué decir. Es más que una pesadilla. Paré, porque una chica gritaba y se sacudía en medio de la calle, sin que nadie lo advirtiera. Estaba deambulado. (A ella me refiero). Nadie nos veía! Eran cerca de las 3 de la tarde. Le pregunté que le pasaba; si podía ayudarla y desbordo de angustia. No paraba de llorar (ella). -Respira, le dije (yo).
– Me acaban de robar el celular, me contestó como tiritando, apretando los dientes con un grito prohibido.
– No vale la pena llorar por un celular, respondí (casi) sin escucharla.
– SI, ya sé. No es por el celular, es que tenía anotadas muchas cosas importantes, me dijo.
– Las vas a recuperar insistí, como queriendo consolarla. Y cómo te llamas?
– Sofía, me dijo con ojos otoño y la mirada al suelo.
– Encima mi papá se va a enojar conmigo, agregó.
Y repitió: -Pero no es por el celular. No se puede vivir!
Y largó todo de una: -Yo di en adopción a mi hija que nació el 29 de marzo. (Apenas 40 días atrás y rompía en llanto, desconsolada) Llovía, hacía frío y todo estaba gris intenso. Incluso yo.
– Como se llama tu hija? -Lucia, me dijo. Me arrepentí. Creía que darla en adopción era lo mejor. En realidad no sé si puedo, y mañana tengo que ir a… Aris…pa… no me acuerdo la calle, lo tenía anotado en mi celular.
ENTIENDE? Y LO PERDÍ!.
Y lloraba y estallaba otra vez.
-Le ayude a recordar la calle: Aristóbulo del Valle?, Barracas, le dije.
– No puedo vivir así, no sé quién me va ayudar… (Ni si quiera me miraba, no sé si registraba que yo estaba ahí). Parecía como si ella estuviera soñando. Le pregunté con quien vivía.
– Con mi mamá, pero a veces me dice que sí y yo sé que otras veces me va a decir que no. Ella es bipolar. Y mi papá, vive lejos. Trabaja de noche y duerme de día. TENGO 20 AÑOS! Yo quería estudiar, me dijo esta vez mirándome muy triste.
– Y el papá de tu hija? le pregunté.
– Si, es bueno. Pero vive lejos, y a veces no le anda bien la conexión! (?)
– Vos decís que tu mamá no va a poder. Que tu papá no va a poder. Que el papá de Lucia no puede. Y vos, vas a poder? Fue lo único que pude preguntarle. Y, si crees que podès, está bien y si crees que no podès, también está bien.
No pude abrazarla, creo que lo necesitaba. Lo necesitaba (ella) y lo necesitaba (yo). Pero tuve miedo. No creí nunca que me mintiera. Pero estaba en la calle con una mujer joven desconocida. Y si me acusaba de atacarla? Y si seguía gritando! Y… me cuidé.
Seguí hablando, sin poder darle un abrazo. Le dije que tenía una hija de su edad, y que todos pasábamos cosas dolorosas. La sentía mi hija.
-Si ya sé, me dijo rápido. Es lo que me toca!.
– Sofía: Querès que te acompañe mañana a la entrevista con la trabajadora social?
Me dijo: – iba a ir mi papá. Va a ser raro si usted viene…
-No sé qué hacer para ayudarte, le dije. Por qué no vas a la casa de un amigo o amiga y te desahogas un rato.
-Mis amigos no están ahora.
– Si querès vamos a tomar un té o algo a un bar. Así te recuperas.
– Gracias, ya está…
Y seguía caminando. Temblaba y lloraba. (Ella y yo).
No pude, no se puede. No ayudé en nada, le di mi teléfono y le dije que si necesitaba algo en algún momento no dudara en llamar o mandarme un mensaje. Le di un frasco de miel que tenía en el auto y le dije: -algo dulce, rico al menos.
-“Y es sano” me contestó casi sin pensarlo.
-Quién no puede? (voz en of)
-Yo no puedo dejar de pensar en Sofía y en Lucia. Y en el sano abrazo que hubiera necesitado darle. Me angustia. Sofía no está aún lista para sufrir. No sabe lo que hay que hacer. No sabe. No puede. No está lista. Siento vértigo de quedarme quieto, de callar, de dormir, de cerrar los ojos y no mirar
Sofía no sabía. Yo no pude. No sé. Ella pensaba que yo no era real y yo creía que ella era solo un sueño. Ojalá no hubiera existido esta pesadilla.
Cuando nos despedimos mi analista me preguntó: cuando nos volvemos a ver?
-el martes próximo, como siempre, le dije. Le pagué la consulta y me fui a mi casa otra vez triste.

Gabo Sagita
San Marcos Sierras, Provincia de Córdoba, Argentina
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Índice Alternativo

Mi abuela Nina, una mujer adelantada en su época, tenía el dedo índice de la mano derecha chueco, los nietos creíamos que era un gen recesivo o consecuencia de la artritis; una tarde nos contó que había sido una fractura no tratada y nos reveló un íntimo secreto, “que la libertad vivía en su dedo”, pues cada vez que levantaba la mano derecha para apuntar en una dirección, el dedo chueco le indicaba un camino alternativo, para dar cabida al asombro.

Verónica Baeza Yates
Santiago, Chile
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La habitación de la muerte

¡Quiero partir!, quien lo diría. Mi jornada es extenuante, millones de difuntos golpean mi puerta y no saben lo que pienso de mi existencia. Tengo ganas de descansar (punto), mi cama no sabe de mi presencia. Mi gran amiga es la vida, tengo sus libros apilados en mi velador, por cierto, con relatos de amor y también de penurias. Tengo mis gustos, prefiero que me llamen cuando sean viejos, después de haber paladeado el sabor de los pueblos; no me gustan los que se olvidan de sus privilegios y se quejan, me enternecen los que ríen en la pobreza; ¡algunos pensarán que soy atrevida!, mas, después de todo sé más de la vida. Varios me desconciertan con su agenda, con una visita no programada en mi libreta. Soy melancólica en las guerras absurdas y, en mi defensa, cautelosa en los escenarios, que los humanos, en ocasiones crean. Muchos sostienen que soy un tránsito y me alivia pensar en otros soles y lunas, aguas, valles y montañas. Tengo algunas respuestas, sin mi presencia les faltaría alimento y con mi sombra a cuestas, valoran cada segundo de sus existencias. Soy fecunda, ¡qué paradoja!, una parturienta que no da a luz en la Tierra, en su habitación de desnudez cierta. Soy una anciana sin respiro y he llorado con los deudos. Quisiera partir de madrugada, expirar sin previo aviso, dejar atrás los velatorios y entierros. A fin de cuentas, me merezco lo mío, un desenlace como todos.

Verónica Baeza Yates
Santiago, Chile
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Flor de ausencia

La vida de los humanos puede parecerse, a veces, a las flores. Pongo por caso, las rosas. Sí, ya sé que están medio como trilladas, ¿no? Pero una rosa, por ejemplo, yo, como que por afuera parecés toda divina, con buen perfume, lindos colores, aterciopeladas hojas, pero en cuanto te acercaste un poco, chau, te pincho como la mejor. O la peor, claro, depende de cómo se lo mire. O si pienso en las magnolias…Todas blancas, tardan en florecer, se abren completamente y al otro día, si te he visto, no me acuerdo, completamente marchitas. Marrones, quedan. Dejame de jorobar. Así no hay relación que resista. Digo, ¿no? Otro caso son las orquídeas. Inalterables, se las ve. En una cajita. Colores vívidos. También tenés la blanca, claro. El asunto es que no te vendan “gato por liebre” y de pronto, soy una orquídea de “un día”. Y sí, las hay que duran tan poco. Para mí, que es una característica de las flores, esa, la de arruinarlo todo rápidamente. Y por esa razón, se me ocurre, este paralelismo entre nosotros y ellas.
La verdad, sería mucho mejor parecerse a los árboles. Que duran, al menos varios años. Yo vengo oponiéndole cierta resistencia al tiempo, y en ese sentido podría caer más del lado del tronco que se afinca, echa raíz y le pega para arriba, nomás. Qué tanta vuelta. Pero en lo que tiene que ver con las relaciones humanas, creo yo, en mi modestísima y humildísima opinión, sobre todo por eso de “arruinarlo todo rápidamente”, el de flor es el sayo que mejor me cabe…Después, que nadie me reclame, que no digan que no les avisé. Clarito, como el agua, está. El agua que no importa cuánto se la cambies, la flor (en este caso, yo) se marchita igual. O si no se la cambian, el agua se pudre y la flor (o sea, yo, no sé si me explico), se termina pudriendo también… El que avisa, no es traidor. Y en ese sentido, soy bien gauchita… Flor de gauchita…

Silvina Rodríguez
Olivos, Provincia de Buenos Aires, Argentina
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Un comentario a Microrrelatos Escenas de la vida cotidiana Segunda parte

  1. María del Carmen Guala - Rosario- Provincia de Santa Fe dice:

    Pequeño camalotal

    Fue un día…allá en Santa Fe… cuando Flor, nuestra hija lo trajo de la Setúbal.

    _Estos camalotes son para su jardín_ nos dijo a su padre y a mí.

    Así fue que los pusimos en una cuna de diarios y agua. Teníamos que volver a nuestra casa, en Rosario…

    Quizás el viaje fue duro para esa minúscula mata , esa tapia, pero las plantas resistieron como si tuvieran la entereza de los humildes.

    Cuando llegamos las pusimos en el patio. Y allí –en una vasija de agua- el pequeño camalotal se aposentó confiado… ¿Acaso sabría cuánto amábamos el agua marrón que lo vio nacer?

    A los pocos días, un coro de pequeñas abejitas zumbaban a su alrededor. Ellas se hicieron sus compañeras inseparables.

    Fue ayer, cuando por primera vez floreció bellamente…Ramillete de colores que hoy –ya mustio y cansado- se está inclinando… Nos regaló sus pétalos en la belleza efímera de un día…

    Sin embargo, silenciosamente y casi en secreto, nuestro pequeño camalotal nos convidó esta mañana… con una nueva vara que estalla en lilas, violetas y amarillos…Asombro alegre de la vida…

    María del Carmen Guala
    Rosario, 9 de marzo de 2009

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