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Concurso Microrrelatos del Recuerdo Sexta parte

Compartimos la sexta tanda de los microrrelatos que fueron llegando para el Concurso 20° Aniversario Microrrelatos del Recuerdo.

Pueden leer las bases en: https://vivilibros.com/convocatoria-concurso-microrrelatos-del-recuerdo/

Blues

Escucho la batería y una voz profunda que acompaña cada acorde hasta convertirlo en un torrente de placer que perfora mis tímpanos.

Pero cambio a blues, esa melodía me balancea el alma y hacen que mis dedos escriban aún sin saber sobre qué.

Muchas veces solo tenemos ganas de volcar algo en el papel, aunque ninguna idea nos ayude a crear una historia.

Sin embargo, unos minutos de vida siempre son una historia, son nuestros, nos acompañan con placer o tristeza y, algunos días, chocamos excitados con el futuro que imaginamos y al siguiente nos damos cuenta que las fantasías dejan de serlo cuando se convierten en realidad y trasforman una idea maravillosa en un momento demasiado aleatoria para festejarlo de antemano.

Pero no desistimos del futuro, ni de las ilusiones, porque no existiría el soñar si dejásemos liberado el destino a momentos sin ilusión y nos convertiríamos en simple máquinas de gastar minutos sin emociones.

La música me emociona y me deja poner estrellas donde no existían, o cerrar los ojos y vivir paisajes y amores que perdurarán en mi mente mientras dure la melodía.

Cuando mis parpados decidan que ha sido suficiente, y vuelvan a mostrar el techo blanco e inexpresivo, éste se llevará en su hormigón mis caricias y mis palmeras.

Quizás el blue se termine antes que la hoja y no sabré cuál será mi próxima ilusión.

Billy

Rosario, Santa Fe, Argentina

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ÚLTIMA NOVIA

Mi última novia a fin de cuentas resultó ser una mujer bastante mañosa, aunque en realidad a esta altura del día ya no estoy muy seguro de que haya sido la última, tal vez hubo alguna otra después, pero en todo caso la mañosa quedó estampada en mi memoria como la revelación del año, o más bien debería decir del siglo, porque el repertorio de sus triquiñuelas se extendía de una manera que aparentaba no tener fin, ni fin ni finalidad, valga la aclaración, y además sus tejemanejes se adaptaban a las condiciones climáticas más diversas, pues eran capaces de exhibirse tanto en la serenidad más absoluta como entre las sacudidas más violentamente sexuales, y esto me desconcertaba a mí y también a los distintos objetos que oficiaban de testigos de sus caprichos, partícipes mudos de sus desplantes, que al principio me sacaban de quicio, pero que con el paso del tiempo empecé a dominar, pues a partir de cierta ocasión los podía dejar pasar y seguir lo más pancho con mi indiferencia, al menos hasta el momento en que ella, mi novia, la mañosa, me manifestaba en mi propia cara un nuevo requerimiento de cumplimiento imposible, tan imposible que hasta el velador de la mesita de luz en cierta forma comenzaba a matarse de risa, se ponía de mi lado, apoyaba mi negativa mientras hacía que la iluminación del cuarto titilara a todo trapo, y entonces se producía un juego de luces y sombras que nos dejaba extasiados, mirando ambos el techo de la habitación, que con su prende y apaga tampoco lograba conformarla por completo, porque al fin y al cabo así era ella, mi última novia.

Mario Capasso

Villa Martelli, Buenos Aires, Argentina

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La ciudad de balcones engarzados

La historia con sus intrincados pasajes, transcurre en un inquietante sitio de Nueva York.

Aunque no lo crean estuvimos en ese lugar .Fue cuando decidí junto a mis hermanos más chicos, y aprovechando que hacía poco tiempo había viajado mi padre, ir a visitar a mis parientes.

Queriendo investigar y encontrarnos con ese otro mundo, decidimos entregarnos a esa travesía.

El frío interpelaba los cuerpos, era el mes de febrero.

La gente tomaba mucha sopa, prefabricada, “Minestrone”.

Descubrí entonces, que había otra forma de comer, alimentos no naturales, con otros sabores y aromas.

Muchos se amontonaban en los MC Donalds, en donde además del consomé, también había comida clásica.

Los cafés, eran servidos en vasos de plástico gigantes como un cono con luz propia.

Entraban a toda hora, unos tras otros, se disponían a esperar su ración. La oscuridad en la noche sumada a ese frío se entrometía en mis pensamientos, …qué novedoso era todo , y al mismo tiempo no tan diferente.

Recuerdo algunos paseos como la visita al zoológico. Era una selva cortada en insólitos pedazos que integraba parques de árboles y animales.

En la casa de mi tía había una gata, que paseaba orgullosa, como parte de ese universo, del barrio de “El Bronx”.

A algunas de esas personas, no volví a verlas, ni a su gata… ni a la ciudad de balcones engarzados en las paredes.

Ese paisaje unía el surrealismo que daba emoción a las escenas, a una sensibilidad en todos, que puedo definir como ternura.

Marcela Kierszenbaum

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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De la incertidumbre de la vida

En la calurosa siesta chaqueña todo incitaba al descanso. Los árboles ofrecían silenciosamente su sombra para que algunos, los más desprejuiciados, sacaran su catre para “echarse un sueñito”. También los animales buscaban un lugar para dormir. ¿Quizás durante el sueño uno no sólo descansa sino también es un modo de ignorar otras penurias?

En el barrio humilde de casas de puertas abiertas, la consigna era: “Hay que dormir la siesta”, lo que para mí, una niñita de ocho años, era una misión imposible. Me quedaba quietita y con los ojos cerrados porque mi abuela decía que así iba a quedarme dormida. Pero no, conmigo eso no funcionaba. Mi imaginación creaba personajes, historias, cambiaba finales…hasta que algún ruido indicaba que el suplicio terminó.

Sin embargo, no todos los chicos dormían la siesta. Algunos aprovechaban el momento para escabullirse de sus casas y emprender aventuras reales, no imaginarias como las mías.

“El Moncho” era uno de ellos, intrépido, valiente, decidido, gracioso, lleno de vitalidad…y vivía frente a la laguna. Cuando en la iglesia me hablaban de la existencia de un paraíso yo pensaba que sería como la laguna. Los sauces llorones, que la bordeaban, inclinaban sus ramas para besar el agua. Estaba, casi siempre, repleta de camalotes con hermosas flores azules o violetas, que inexplicablemente, tenían una mancha amarilla en el pétalo superior…y de los enormes “platos de agua” de color muy verde. A pesar de toda esa vegetación, siempre quedaba algún huequito por donde se reflejaba el cielo, increíblemente azul, que me hacía creer que el agua de la laguna era de ese color.

Por supuesto que meterse en la laguna estaba prohibido. Era peligroso! La primera vez que quise remojarme los pies en sus aguas me impresioné al hundirme en su lecho barroso, sin embargo avancé un poco más, pero las raíces de los platos de aguas se me enredaron en las piernas como si fueran los cabellos de los personajes siniestros que imaginaba en mis siestas. No. No era un paraíso.

Cuando se terminaba el horario del “suplicio”, los chicos salíamos como bandadas de pájaros a los que les abrieron sus jaulas. Un día “El Moncho” no vino.

Una mañana me desperté con los murmullos de unas preocupadas voces. ¿Qué pasó?

“El Moncho” murió.

No entendí todo, sólo que “El Moncho” se metió en la laguna para refrescarse y se clavó una madera que tenía un clavo herrumbrado…y una palabra quedó grabada en mi mente para siempre: TÉTANO.

Prendida de la pollera de mi madre fui a la casa del Moncho. Me parecía imposible que todo se viera igual si ”El Moncho” había muerto…pero cambié de opinión cuando se abrió la puerta y vi al Moncho envuelto en una sábana arriba de la mesa.

¿Por qué?

“No hay plata”

La escena parecía irreal.

Mi casa quedaba en la calle que llevaba al cementerio. Con frecuencia veía pasar los coches fúnebres tirados por hermosos caballos y se podía ver el cajón con letras doradas que decían el nombre del muerto. Si era un “angelito”, la carroza fúnebre era blanca, al igual que el cajón. Pero “El Moncho” no tenía cajón, sólo una sábana que envolvía de manera rara, su cuerpecito. No entendía ni la muerte del Moncho, ni que lo pusieran con sábanas arriba de la mesa, ni que no había plata.

Volvimos a casa y mi padre le pidió a mi mamá que fuera a la tienda a comprar no sé qué cantidad de una tela barata que se llamaba batista. Allá fue mi madre en bicicleta, bajo el ardiente sol del verano.

Yo me acurruqué en la silla de respaldo redondo y contemplé a mi padre. Buscó tablones, fáciles de encontrar en una casa que se construía “de a poquito”. Tomó medidas y con una regla grandota de madera y un lápiz de punta finita fue trazando líneas. Serruchó, lijo y clavó mientras sus hermosos ojos verdes, que muchas veces me acariciaban con su mirada, se llenaron de lágrimas. Sólo una vez había visto así a papá, fue cuando el cartero trajo una carta, con letra redonda y derechita, con la triste noticia de que su madre había muerto. Intuitivamente no dije ni una sola palabra hasta que el cajón quedó forrado con la tela celeste y listo para acompañar al Moncho en su triste destino.

En aquel momento lejos estaba de imaginar que tu corazón dejaría de latir sólo tres años después.

Sé que mis palabras y mi amor te llegan, porque siempre estás conmigo.

Quiero decirte que, así como tu mirada me sostuvo durante muchos años difíciles de mi vida, mi mirada te sostiene siempre, diciéndote: ¡Qué orgullo siento de ser tu hija!

Zulma López Arranz

Buenos Aires, Argentina

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Agua viviente

Lluvia furiosa, la ciudad se estremece. Vertiginosa es la caída de los traslucidos y delgados flecos color plata, que al observarlos a través del ventanal parecen lastimar el delicioso paisaje. Hilos transparentes que flamean para donde los lleva el viento, no se resisten, fluyen.

Repiqueteo acompasado y constante de las gotas cristalinas sobre el charco alborotado; melodía perfecta para acompañar un descanso. Sobre el alero de zinc se derraman unas gotas traviesas que obligan a cambiar el compás de la música.

En un arrebato impertinente una ráfaga insolente hace castañear las tablas de la persiana de madera. Un silbato rechinante, destemplado atraviesa la ventana dispersando los pensamientos del absorto escritor.

-¿adónde iba “el agua dulce que bajaba por la pendiente”, “clara como el agua limpia en los cauces del corazón.”?

¿Qué otros caminos, campos, ríos, mares recorrerán? Interminables serán sus anécdotas. ¿Cuántos testigos habrá?

¿Alguna vertiente calmará, la sed de un moribundo o tal vez la de algún enamorado?

Las aguas permanecerán en cada lugar lo que deban estar, se contestó el escritor.

Como cada persona y circunstancia subsiste en nuestras vidas.

 Sylvia Sondej

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Concurso Microrrelatos del Recuerdo Quinta parte

Compartimos la quinta tanda de los microrrelatos que fueron llegando para el Concurso 20° Aniversario Microrrelatos del Recuerdo.

Pueden leer las bases en: https://vivilibros.com/convocatoria-concurso-microrrelatos-del-recuerdo/

Cuando le lavaba los pies

Me fui a lavar los pies. Mientras esperaba que salga el agua caliente, levanté la pierna y me miré el pie, con tierra en las uñas, de trabajar en el jardín, me quedé mirando los dedos largos, la separación del pulgar y el segundo, la forma del pie, flaca y alargada, y me acordé de mi papá, eran sus pies. Era como lavarle los pies a él. Esos pies grandes, tan blancos que se le notaban las venas azuladas. Cuando iba a verlo después del trabajo, ya lo habían acostado, y siempre lo destapaba y le miraba los pies, a veces le ponía medias, pensaba que tenía frío. Los fines de semana lo veía mucho sentado, se le hinchaban los tobillos, siempre le miraba los pies.

El día que murió en la clínica, tenía los pies hermosos, igual que sus ojos grises abiertos, lo miré tanto. Le acariciaba los pies, tan limpios, y suaves, como encremados, siempre tuvo la piel tan suave.

Esa tarde volví a buscarlo con la camioneta de la funeraria, el chofer me daba charla sobre porque tiene que ir el familiar, a veces se confunden y traen a otra persona de la sala refrigerada del hospital. Ir a reconocerlo ahí, en esa sala llena de cadáveres, y decir: “sí, es él”. Muchas veces me di vuelta para mirarlo, que no se golpee, venía en la camilla en la parte de atrás, veía los pies desnudos, sobresalían de la sábana como mirándome, él siempre me cuidó.

Y quería estar a solas con él, en silencio, mirarlo hasta cansarme, dentro de poco no lo iba a ver más, y no, escuchar hablar un desconocido, la radio y bocinazos de tránsito en un día hermoso de sol en otoño, pasear como a él le gustaba por la Gral. Paz.

Guerrera del Arco Iris

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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La retirada

Hacía mucho que había comenzado la retirada. Mucho antes incluso de haber tomado conciencia de ello. Lo había entregado todo: su tiempo, sus ganas, su creatividad, sus ideas y nada parecía ser bienvenido. Nada era reconocido. Aún más, todo parecía ser objetado.

Acostumbrada a una vida de remar contra la corriente, tardó mucho en notarlo y siguió entregándolo todo con entusiasmo y pasíon, dando lo mejor de sí. Y lo mejor era bueno. Y así continuó sobrellevando cada maltrato, cada mal momento, cada circunstancia adversa, duplicando la apuesta. Sin embargo, el cuerpo suele decir lo que nuestros labios quieren silenciar y se niega a acompañarte, embargado por la angustia, destruye tu salud y estado de ánimo.

En esta travesía adversa, algunos comenzaron a notarlo y otros inclusive comenzaron a criticarlo. Llegó un momento en que era tanto el dolor que casi ya no dolía: ese momento en el que el dolor hace que el alma se retire del cuerpo, que el alma te abandone y ya no sientas y ya no importe.

Ahí fue cuando los otros comenzaron a notarlo y también comenzaron a retirarse. Hubo un momento en que la angustia llegó al límite. Buscó la manera de escapar sin lograrlo. Esperando que sucediera lo agendado, demorado solo por circunstancias fuera de su alcance.

Finalmente llegó la posibilidad, la salida, la oportunidad… La retirada sería demorada pero tenía fecha, ahí fue cuando comenzó a contar los días en un calendario, como los presos, esperando la llegada del gran día. En ese momento se convirtió en un observador, mirando los hechos un poco desde adentro, un poco desde afuera, sabiendo que por fin se retiraba y eso nadie, nadie, podría cambiarlo.

Edith Fiamingo

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Canasta de comodines

El aroma a las cartas nuevas era muy particular, los mazos de esa casa de verano eran de hacía por lo menos 10 años, se podría decir que era la primera vez que sentía ese adictivo perfume. El día estaba gris, no faltaba a la costumbre de aquella época del año, un día de sol y uno nublado. Levanté el centro de mesa –un florero con tulipanes de madera violetas y rojos, que siempre me gustó- y nos dispusimos a empezar la partida. Grupos de dos: hombres contra mujeres, siempre era así.

Después de un par de rondas descartando cartas le digo a mi abuela: “¿bajás vos o bajo yo?”, confiada. Al instante, me hace una seña con los ojos y entiendo perfectamente que no llega al puntaje. No lo dudo, sacrifico mis comodines y bajo yo. “Esta vez no va a poder hacer la de comodines” dice Adolfo, mi tío abuelo. Yo me río. Es que siempre hago canasta de comodines, de alguna manera me llegan más y más.

“No puede ser la suerte de esta nena, ¡otra vez sopa!” dice mi abuelo, indignado. Mi abuela feliz y orgullosa de estar en mi equipo, al fin y al cabo, ella fue quien me enseñó a jugar. Cómo le gustaba decir que ella me enseñó a jugar, lo repetía hasta el cansancio, que nadie tenga dudas.

Ni un corte súbito hubiese alcanzado para balancear los números a favor de nuestros contrincantes, aunque esa era la especialidad del tío Adolfo. Pero lo único que lograba era hacerme enojar, lo consideraba una traición y se lo hacía saber. Tendría que estar prohibido hacer eso, yo nunca pude devolvérsela, me daba culpa. Así y todo, ganábamos cómodas. Qué cosa: con mis siete años, les era imposible ganarme en la canasta.

¿Jugamos otra vez?

Guadalupe Campos

Quilmes, Buenos Aires, Argentina

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Calculada distribución

En el espacio mágico de la cocina, en un tiempo infantil sin realidad, pensaba que los deseos de su madre se guardaban en frascos transparentes en la alacena. Dulces escondidos refugiados en cristales multicolores, especies, confituras y untuosos licores que destilaba a lo largo del año. Con amor ingenuo intuía sus sueños, con los que domaba su rebeldía y negaba su inconformismo.

Cuando ella maduró, ahita de colores y sabores; cuando la magia se había disipado, entró en la calculada distribución del amor de su madre.

La madre que todo lo da, repartía preferencias y licores de café, de mandarinas, o de huevos. Caricias y bombones de zanahoria y chocolate.

Regia en el hacer artesano, atrapaba voluntades con ribetes de primoroso crochet. Desplegaba como una gran araña sus patas, y con cada una abarcaba años de inquietud y vivencias imposibles. Trazado de un dibujo dentro del dibujo que resaltaba con diminutos cristales multicolores, ficciones, en cajas pintadas a mano.

El colmo de su amor, de su don, era el tejido de una manta de grandiosidad emotiva. El poder cobijaba sólo a los elegidos.

Como un rompecabezas, armaba la estructura de una gracia que enajenaba al escogido. Un tejido de emociones, pasiones, y múltiples filamentos que eran considerados privilegios. Un breviario que acompañaba el rito de ser madre.

Ella tejía palabras de amor, hilvanaba palabras de odio y en su conjunto era una cesión absolutamente arbitraria.

Al final de sus días, sus manos, respondiendo a un enigma, a un trazado errático, ya no pudieron seguir una línea o realizar con decoro un dibujo.

La circunstancia de que mi madre sea la protagonista de mi vida, radica en la imagen que de ella les ofrezco, compendio de todas las frustraciones, anhelos y amores de la mujer que fue.

Cristina

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Me llamo Leonilda, pero me dicen Leo. A las reuniones de consorcio me llevo un banquito porque ya no puedo estar parada mucho tiempo. El vecino del 5*C me hace acordar a mi padre, que en realidad lo conocí por fotografías porque murió cuando yo era muy chica. Cuando Julio, mi padre, llegó a la Argentina, le anotaron mal el apellido. A muchas personas les sucedió lo mismo; yo me alegré. Durante 43 años me dediqué a la educación, aunque mi pasión son los viajes. Empecé a viajar de grande. Quién sabe si hubiese viajado de joven, estaría viviendo en otro país. A los 6 años descubrí que quería ser maestra cuando una tía me llevó a la escuela donde trabajaba. Recuerdo que aprendí a leer sola jugando con un pizarrón. Me quedaba toda la tarde dibujando y escribiendo. Mi primer trabajo fue en un grado con chicos humildes. Ello me decían: “Se va a ir como las otras maestras”. Les propuse arreglar el aula; fuimos un fin de semana con los padres, y pintamos y decoramos el lugar. Ahí se dieron cuenta de que me iba a quedar. El cariño de los chicos no lo olvido más. Llegó el momento en que me jubilaron por decreto y… comencé a descubrir mi pasión. Viajé por todo el mundo, conocí al Papa Pablo Vl, fui al velatorio de Hiroito, y en Hawai fui a conocer Pearl Harbour en un barco de guerra que manejaba una mujer. Muchas veces me pregunto si me faltó valentía para hacer cosas que no hice, o por hacerlas demasiado tarde. En fin, tuve muchos novios aunque nunca viajé con ninguno; no quería tener compromisos durante el viaje. Nunca fui como Susanita, el personaje de Mafalda. Eso de casarse y tener hijos, no es para mí.

Clarice Stern

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Concurso Microrrelatos del Recuerdo Cuarta parte

Compartimos la cuarta tanda de los microrrelatos que fueron llegando para el Concurso 20° Aniversario Microrrelatos del Recuerdo.

Pueden leer las bases en: https://vivilibros.com/convocatoria-concurso-microrrelatos-del-recuerdo/

LA PARTE BUENA DE LA HISTORIA

Era lunes.

Lunes en Cayo Guillermo, Cuba.

Ya nos volvíamos

Habíamos llegado en taxi. En un taxi que manejaba Francis, un cubano amable y buena persona. Pero nos volvíamos en avión. Es que queríamos pasear ese último día por la Havanna.

El transfer nos alcanzó al aeropuerto. Hicimos el cheking, nos revisaron y nos derivaron a una sala de espera donde sólo había un bar que vendía café y algunas galletitas que se acabaron pronto. Pero no importaba porque la salida estaba programada para las 10.30 de la mañana y ya era casi las nueve.

Las horas comenzaron a transcurrir y la pantalla nos dio su primer aviso: delayed Cerca de las 12.30 nos acercamos a preguntar, el avión estaba en reparaciones en Olguín, todavía no podían asegurarnos que llegara Todos comenzaron a ponerse nerviosos. Una jovencita se puso a gritar, otra lloraba. Es que varios tenían conexión con otras aerolíneas y perdían sus vuelos.

A las quince nos dieron un sándwich y una gaseosa (estábamos hambrientos!) A las dieciséis nos subieron a un micro sin darnos mayores explicaciones.

Llegamos a la Havanna cerca de la una de la mañana.

Nosotros no pudimos entrar a nuestro alojamiento porque debido a la hora nunca nos abrieron la puerta.

Gracias a dios cerca, había un hotel con una habitación libre.¡ Nos salió carísimo! Pero nuestro cansancio no daba para regateos.

Y ya era martes y por suerte volvíamos a nuestro país Dias después de este viaje nos enteramos del avión que se estrelló.

Y fue entonces cuando pudimos entender la parte buena de la historia.

Liliana 

San Justo, Buenos Aires, Argentina 

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Rolo tiene tres años y está compartiendo con nosotras una mesa de un bar. Nosotras charlamos entusiastamente por momentos incluso superponiéndonos.

Rolo desplegó sobre la mesa un ejército de pequeños dinosaurios y juega abstraído, sin siquiera percibir el ruido de nuestras voces.

De pronto la lucha de los dinosaurios va acompañada de un tremendo rugido.

Rolo! Mirá! Se dieron vuelta de todas las mesas para ver qué pasaba!

Rolo (dirigiéndose al público en general) No! No se preocupen, no son de verdad, son de juguete! Y continuó muy contento en su propio tiempo.

Stella Palma

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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LA PUERTA

Mi madre vivió su niñez, adolescencia y juventud en Santuario, un pueblo del departamento de Caldas que con el tiempo pasó a ser un pueblo de Risaralda, sus calles son empinadas y por supuesto caminar llevando zapatos altos era un verdadero tormento para las jóvenes de aquella época en que mi madre era una jovencita, era una verdadera hazaña y un acto que atentaba contra la ley de la gravedad hacerlo. Pues bien, mi madre vivió allí durante muchos años, pero después de contraer matrimonio se alejó del pueblo y transcurrieron otros tantos hasta que decidió regresar y ver la que fue la casa de sus padres y el lugar donde creció. Hubo preparativos e incluso buscó una fotografía del frente de su casa donde aparecía la puerta de la misma, con la ilusión de poder identificarla, ya que a no dudar podría haber cambiado algo. El hecho es que la familia preparó el viaje y efectivamente se avistó rápidamente el pueblo que aparentemente había cambiado poco, mi madre, nerviosa, caminó por las conocidas calles que en sus años mozos había recorrido, no hubo nadie que le recordara algo de su vida pasada, solo las empinadas calles conservaban su pasado, así fue como paso a paso llegó a la que había sido testigo de su crecimiento y sus amores, avistó la casa donde estaba la tienda de su padre, el corazón palpitó fuertemente en su pecho, la puerta estaba intacta, aunque en un color desteñido, pero vio incluso las marcas que en aquel entonces ostentaba, con timidez levantó su brazo para llamar a su puerta, cuando escuchó una voz de advertencia. ¡CUIDADO! Se detuvo aún con la mano levantada para escuchar aquella voz que decía. ¡Es solo una puerta, no hay muros detrás!

“Elis” Emma Llano Sierra

Jamundí (Valle del Cauca)

Colombia

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María va…

-Añamenby, amarillento…!!
-Soltame el pelo…arruinado…!!!!
Cara de Luna azulada…redonda…bañada de llanto e impotencia…!
De dolor e injusticia…!!!
De rabia y miedo…!!!
Llena de temblores….puro angustia…!!!!
……
El gringo…sucio y satisfecho….
Descubría una sonrisa….
Desollaba el placer de su poderío…!!!!
Petulante…y convencido de que su soberbia era un verdadero
manto de placer…!!!!
……..
Salimos del cine, destruidos….!!!
Después de tal denuncia no podíamos creer que la gente caminara
feliz y distendida por la calle…!!!
La película era “La Hora de María y el Pájaro de Oro”….
Pero….¡¡ Todo era verdad…!!!,
Nosotros…llorábamos…
Al poco tiempo, la grandeza poética y musical de
Antonio Tarrago Ros, convirtió tal denuncia en música,
Letra y poesía desgarrante…!
(para una negrita provinciana…no había “violencia de género”…)
“….quiso la siesta, ponerle un niño a su soledad…/
De trigo y luna…y de su mano…María va…”
………..
El Niño “de trigo y luna”…era “El hijo del Pombero”
(así llamaban a los frutos de la violación siestera…)
El hijo del gringo que invadió la tierra y masacro la dignidad de sus niñas
y sus mujeres…!!!!
Cuanto dolor doblegado en angustia…!!!
:……….
Pero la mujer mbarete….tan potente de amor, como de ira…,
camina alzando su mirada filosa….
Como si dentro suyo, un yaguarete,vigilara el momento justo…
…………..
El, salió cargando tanto vino tinto en su mirada perdida…
-rebosaba una risa babosa…con varios dientes menos…-
(Esta imagen, le multiplicó la bronca al hermano de la María,
que ardía por atravesarle el cuchillo…!!
Estaba dispuesto a hacer justicia por la inocencia del gurí…
Y por el dolor impotente de la María…angá….!!!!
………….
Chifló el aire la daga….y fue a dar en el cuello del gringo borracho,
dejándole los ojos vacíos de mirada….y muertos en el pedregal….
El viento siguió su tranco…
Era otro atardecer…
Como cualquiera….
Solo que en el rancho del fondo…su teta desprendía leche dulce
para el cambacito que se dejaba acurrucar, empezando a soñar
con un tiempo de iguales…donde su música y su lengua, fueran en el mundo,
capaces de abrazar y ofrecer la gracia de un pueblo que nació inocente, fiestero
y de carcajada limpia y dulcemente apasionada.

Marta Chemes

Corrientes Capital, Argentina

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Michi

Un día de vacaciones

trajiste en una caja de zapatos

un gatito gris con rayas blancas

y ojos verdes como los tuyos

lo llamamos Michi

tomaba leche no agua

era chiquito y saltarín

jugábamos los tres en el patio

con un ovillo de hilo peludo

si yo intentaba tocarlo me arañaba

le tenía un poco de miedo

me decías que los gatos

son muy inteligentes

que se dan cuenta si les tienen miedo

creció libre, callejero,

y no se dejaba acariciar

durante el día venía a veces

lo llamábamos para comer

raspando un cuchillo en una maceta

siempre venía corriendo a los saltos

derecho a su plato de lata blanco y azul

a la noche se trepaba a la medianera

y se iba por los techos

para hacer vida de gato, me decías

un mediodía llegó arrastrándose

todo lastimado con manchas de sangre

se dejó bañar en el fuentón de lavar la ropa

estaba quieto y todo enjabonado

me miraba yo lloraba y él también

lo cuidaste lo curaste

tardó unos pocos días en recuperar

su vida de gato

desde esa vez se dejó acariciar

pasaba más horas en casa

se echaba en las baldosas con sol

o en su almohadón cerca de la cocina

se levantaba para ir a comer

y de paso darse una vueltita entre nuestras piernas

una noche después de mi cumpleaños se fue

lo esperamos, lo llamamos,

lo buscamos por todo el barrio

lo lloramos esperanzados

y nuestro Michi nunca volvió.

Guillermina Rosales

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Concurso Microrrelatos del Recuerdo Tercera parte

Compartimos la tercera tanda de los microrrelatos que fueron llegando para el Concurso 20° Aniversario Microrrelatos del Recuerdo.

Pueden leer las bases en: https://vivilibros.com/convocatoria-concurso-microrrelatos-del-recuerdo/

Narguile

El huerto de la casa de los abuelos, dibujaba pura calma… ¡Cuánta pasión sostenía esa calma! Creo que las plantas de ese huerto sabían transmitirlo: la albahaca era más aromática; los pimientos más ardientes para el kepe; las cebollas más húmedas y crocantes; los pomelos, limones y limas más jugosos y aquellos mangos tan dulces y sensuales que nos rebozaban de placer.

Cuando caía la noche, llegaban los “paisanos” primos del abuelo. Desde el encuentro ya le brillaban los ojos… Todos en torno de la mesa de ajedrez: los grandes marfiles golpeaban en cada movimiento de una pieza; corría el anís y el narguile encendido iba de mano en mano incendiando el ardor de sus miradas. Los chatos y negros muebles de ébano se volvían más altos. No hablaban; susurraban. Nunca conocí el final de esas reuniones: Debía salir corriendo a mi casa para la hora de la cena; vivíamos en una casa de Bahié muy antigua y hermosa con jazmines, un pozo con brocal y glicinas.

Mis sueños se encargaban de llenar de imágenes entre risas y humos donde a veces Iahome y Bahié bailaban, ella de pelos sueltos y él de sonrisa cómplice y abierta.

Marta Chemes

Corrientes Capital, Argentina

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Una mujer inolvidable

Recuerdo la primera vez que la ví, era una noche lluviosa de otoño. No la conocía, quizás algún amigo me la habría nombrado antes al pasar, no lo sé. Lo cierto es que en ese momento, en medio de la oscuridad del lugar, sus grandes ojos y amplia sonrisa me cautivaron al instante. Y ya no pude pensar en otra cosa, quería verla, hablarle, acariciarla, reírme con ella. Si la perdía de vista por unos minutos, me entraba una angustia en el pecho que nunca antes había sentido. Había mucha gente a nuestro alrededor y no podía acercarme sin molestar a todos. Siempre fui un poco tímido con las mujeres. Pero, ¿qué es esto? Temblaba, me sudaban las manos como a un adolescente hasta que ella aparecía en el plano de mi mirada y una brisita de aire fresco renovaba mi ilusión. A la salida, fuimos a comer una pizza con mis amigos. Ellos charlaban entusiasmados pero yo no podía concentrarme en aquella cena, creo que debatían alguna película, me daba igual. Sólo pensaba en volverla a ver. Pasaron los años y les mentiría si dijera que alguna vez logré tomar el suficiente coraje para intentar algo con ella. Cada tanto la sigo viendo, brilla como siempre. Ya somos grandes, ella formó pareja y hasta me enteré que tuvo unos niños. Se la ve feliz, calculo que nunca supo de mi existencia… Penélope Cruz, una mujer inolvidable.

Miguel Salas

Madrid, España

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El castillo

A mis cinco años la playa era lo mejor. Hacer pozos, coleccionar caracoles y colillas de cigarrillo. Los churros, los pirulines, correr las olas y robarles su espuma. Las esculturas con moldes se me daban bien, quizá por eso a mis padres se les ocurrió inscribirnos en aquel concurso de castillos de arena.

Fue la primera vez que pensé en cosas como ganar o perder.

Mi rol en el equipo era crucial: trasladar los baldes del mar a la playa. Habíamos logrado la proporción exacta entre arena y agua. Si me hubiesen consultado en la fase de planificación, habría sugerido algo un poco más tradicional. Pero miraba los avances, me gustaba. Teníamos un enfoque vanguardista.

Estaba totalmente comprometida con la causa. Aunque la arena quemara me movía sin ojotas para no perder ritmo. En uno de mis recorridos al mar, no supe volver. Mi mamá, que debió haber notado mis ojos desorbitados, gritó, “¡acá estamos hija, fijate si encontrás unos lindos caracoles para hacerle los dientes!”. Su pedido llamó la atención de otros competidores que empezaron a merodear nuestra obra.

Llegado el momento de soltar las palas, nuestra escultura estaba concluida.

El resultado fue fulminante. No ganamos. Tampoco perdimos. Nos descalificaron.

Me sentí desconcertada. Al principio los jueces intentaron ignorarnos. Recuerdo a mis papás discutiendo con el organizador. Hablaban demasiado fuerte y cerca. Cuando las palabras se agotaron mi mamá agarró un puñado de arena, que con una puntería extraordinaria embocó en la boca al organizador. El pato Donald, que estaba ahí para entregar  los premios, lanzó una carcajada. Un juez le arrebató la cabeza y embocó una piña. Pluto y el TopoGigio saltaron a defenderlo. La gente gritaba, hubo empujones, se volcó el carro del choclero.

Ese fue mi fracaso inaugural. Después fuimos a tomar un helado.

Victoria Malischevski

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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QUIBDÓ

La angustia le carcome los huesos.

Hoy, por primera vez y luego de dos años de búsqueda, entrará al Chocó, a ese lugar inexistente tanto para el mapa como para el gobierno colombiano. Finalmente abrazará la tumba de su padre. Enterrará su desconsuelo junto a la única costilla que yace bajo la tierra. El precio de ser un resistente – pensó, y su cabeza comenzó a perderse entre siglas:  E.L.N., F.A.R.C., P.B.I. …

Es paradójico morir cuando no se existe.

Aún no cruzaba el límite del mapa cuando sintió a lo lejos, como en sueños.

¿Y este?  ¿Por qué? No preguntes. Órdenes de arriba.

María Belén Garzón Rubino

Barcelona, España

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El sol cae como lluvia de luz sobre la reseca tierra. Metal contra metal, la chicharra inaugura un nuevo verano. Y nosotros escapamos de la siesta a compartir momentos de cariño infinito, cómplices en el juego y en la vida. 

Tirados bajo la sombra de aquel antiguo sauce, con las cabezas juntas, los ojos somnolientos, sin decir siquiera una palabra. 

De pronto nos miramos y encuentro en el fondo de tus ojos ese amor infinito que me envuelve como un manto fresco, como hecho de agua y de burbujas. 

Y se me sube el amor al pecho, y solo quiero acariciarte con todas mis manos, hundirlas en tu pelo de cobre líquido, sentir la suavidad de cada hebra, como una tela hecha por hadas invisibles. 

Ah, pero tú eres travieso…te levantas y corres, te alejas de mí, sabiendo que iré tras de tus pasos y así empezará el juego que tanto te divierte. 

Sabes que cuando te dejes atrapar te abrazaré muy fuerte, besándote en los ojos y la frente. Sabes que mi amor por ti es único e irrepetible, que no habrá otro a quien quiera de este modo, porque tú eres mi luz y mi tesoro, mi amigo y compañero, incondicional amor que será recuerdo para toda mi vida, sólo tú, mi amado Fabrizio, mi cachorro setter irlandés… 

Estrella 

Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina 

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EL REY FALTANTE 

Afuera llueve, diluvia. Parece que el cielo decidió desbordarse esta tarde de Enero. 

Me llamo Liliana, soy psicoanalista y especialista clínica en niños y adolescentes. Quiero contarles algo que es bastante habitual en mi profesión (pero no por eso menos triste). 

Anoche los reyes se pasaron de largo de la casa de Matías. No trajeron el muñequito de Star Wards que él había pedido en esa cartita que juntos escribimos la última sesión. Parece que uno de ellos decidió dejar de ser rey mago. Decidió dejar de ser rey y también mago. Rey de corazón, rey de sueños, rey de un mundo mágico de ilusiones. Y mago de esos que chasquean los dedos y obtienen todo lo que quieren. 

¿Por qué su decisión? Creo que era preferible pelear con la mamá de Matías. Así fue como no tuvo en cuenta su desilusión y sus lágrimas. Así fue como sólo pensó en su venganza. 

Este rey mago decidió olvidar su corona y su cetro sin avisar. Y Matías se enfrentó así al dolor de sus zapatitos vacíos, al pastito que los camellos no comieron y al agua que nadie  bebió. 

No tuvo importancia su buen comportamiento de estas últimas semanas! Su madre, entregada a la pelea también lo olvidó. Y hoy Matías lloró conmigo su desilusión. 

Pude decir que a veces los reyes tienen mucho trabajo y dejan algunas cosas para el día siguiente, pude decir que tal vez alguno de ellos había tenido un percance de último momento y que quizás  esta noche se acercaran por su casa. 

Mati me miró con sus enormes ojos celestes que se encendieron al ritmo de mis palabras 

Es que los reyes pueden seguir siendo reyes aún a destiempo 

Es difícil dejar de creer en ellos aunque se equivoquen. 

Liliana 

San Justo, Buenos Aires, Argentina 

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JUAN 

Pidió que a su muerte lo cremaran y esparcieran sus cenizas en el Botánico. Juan se imaginaba debajo de los árboles, entre el verde,  oyendo cantar a los pájaros.  

El día que murió decidimos cumplir con su deseo. Llevamos a escondidas  sus cenizas. Sabíamos  que los restos humanos no se pueden diseminar en los espacios públicos, está prohibido y para eso están los cementerios. 

Ese día un policía miraba con desconfianza al grupo lloroso y a la bolsa que sin disimular llevaba la tía Elsa. Al final y  en un descuido del agente del orden, esparcimos  a Juan debajo de un hermoso paraíso. Nos quedamos tranquilos por haber cumplido con lo que nos había pedido. 

Al año siguiente todos fuimos hasta el Botánico. Era nuestra intención dejar una flor y homenajear la memoria de Juan. Y allí fue donde descubrimos que en el apuro de la jornada anterior y confundidos entre tantos árboles parecidos no podíamos recordar dónde lo habíamos dejado. 

Liliana 

San Justo, Buenos Aires, Argentina 

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Lanzamiento del libro Esa humedad que brilla en su pestaña

La editorial Palabrava, de Santa Fe, Argentina tiene el gusto de anunciar el lanzamiento del libro de cuentos Esa humedad que brilla en su pestaña de Laura Vizcay.

Los cuentos de Esa humedad que brilla en su pestaña, de Laura Vizcay, nos remiten a un espacio en donde todo es posible: encuentros y desencuentros, amores y amoríos, infidelidades y crímenes.

En estas breves narraciones, los lectores encontrarán una niña bellísima que nació con un rabo, una madre que junto a sus hijos se dirige al encuentro de su verdad familiar, una asmática que espía por la ventana a la que fuera su amiga, un suicida y un canario.

En sutiles pinceladas la autora describe con habilidad y precisión la vida en pequeños mundos, y su mirada se detiene con singularidad ante lo imposible que, en su narrativa, siempre se vuelve verosímil.

El libro integra la nueva Colección La punta del iceberg, que cuenta con una prolija edición en blanco y negro y contiene 88 páginas en su versión papel. La tapa se basa en un foto-collage digital de Máximo Grippo titulado Fantasmas en la casa.

El precio de venta al público es $ 900.- pesos argentinos. Lo pueden solicitar desde cualquier lugar del mundo a través de nuestro email: info@vivilibros.com o simplemente escribiendo un comentario al finalizar esta nota, que les responderemos a la brevedad.

Concurso Microrrelatos del Recuerdo Segunda parte

Compartimos la segunda tanda de los microrrelatos que fueron llegando para el Concurso 20° Aniversario Microrrelatos del Recuerdo.

Pueden leer las bases en: https://vivilibros.com/convocatoria-concurso-microrrelatos-del-recuerdo/

Iahome

Comenzaba el siglo y Antonio Chemes, joven hijo de una acaudalada familia (sin linaje) plantaba olivares en los alrededores de Beirut. Posó sus negros ojos en los celestes y transparentes de María Nicholas (siria de piel de porcelana y sangre azul), cuyo amor sería eternamente prohibido. Pero la pasión del “asesino del sol” (significado árabe de Chemes), pudo y unieron sus vidas con el futuro puesto en América.

Una dulce hermana de mi Abuela-Angel, comprendió sus miedos; se hizo cómplice del amor y partió con ellos (con la venia del abuelo). Al llegar al puerto de Buenos Aires su cuñada por no apellidarse Chemes, no se pudo quedar. Con desgarrado dolor, siguió viaje en el mismo barco a los Estados Unidos.

Pasaron sesenta años… Un día llegó el actor Tyrone Power a Posadas buscando a mi abuela… Resultó ser el único hijo que tuvo su hermana…! (distancia e idioma no permitieron antes el encuentro). Tremenda emoción-revolución familiar! La abuela Iahome se murió con el pasaje en su mesita de luz, sin recuperarse para el soñado reencuentro con su hermana y ese mismo año, Tyrone Power fallece de un infarto a los 40 años filmando “Ben Hur” en España…

Mi homenaje a esta tragedia de amor fue llamar Romina a mi primera hija.

Marta Chemes

Corrientes Capital, Argentina

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Desde ese otro lugar

Mi madre se despidió de este mundo en octubre de 2013, un par de meses después de haber celebrado su cumpleaños número 89. Partió naturalmente y, a juzgar por su semblante, debe haber alcanzado el Nirvana o, al menos, reencontrado a quienes amaba.

Me dejé atravesar por todo un cúmulo de sentimientos y sensaciones: dolor, tristeza, calma, agradecimiento, dudas y un gran caudal de entrega.

Así fueron pasando los meses hasta que, en marzo, llegó el día de mi cumpleaños, el primero sin ella, la mujer que me había dado la vida. A la mañana fui a trabajar y antes de volver a casa pasé por el supermercado ya que a la noche recibiría algunos invitados. Abrí la puerta, acomodé las vituallas en la heladera y me dispuse a escuchar los mensajes en el contestador. Uno de ellos me sorprendió, pues era de una íntima amiga de mi mamá que jamás me había saludado para mi cumpleaños:

“Querida Patricia, no estoy segura de la fecha exacta pero te deseo un muy feliz cumpleaños. Disculpame si no es hoy. Un beso grande. Soy Marita.”

Inmediatamente la llamé por teléfono para agradecerle el saludo y confirmarle que había acertado en cuanto al día. Y aquí transcribo sus palabras que aún hoy me conmueven:

“Vos sabés querida cuánto quería yo a tu mamá. Hace dos o tres noches soñé con ella, tomábamos un té y charlábamos largo y tendido como era nuestra costumbre. En un momento, ella me dice que esta semana era tu cumpleaños y que te mandara un beso grande de su parte. Así que, eso hago, te doy un beso mío y otro de tu madre.”

Casi en estado de shock, pero con el corazón desbordante de amor, logré hacer algún comentario coherente y pronunciar un simple “gracias” mientras sentía correr lágrimas imparables por mis mejillas.

Patricia Rossi

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Flema argentina

El veterano abogado, con síntomas de resaca, traspuso el acceso a los tribunales. Su carrera, orillando siempre el linde de la legalidad, había enterrado su juramento bajo su bien ganada celebridad de inescrupuloso, con trapisondas, chicanas y artilugios non sanctos. Al principio, colegas y magistrados lo saludaban con fingido respeto, hoy con una mordacidad mal disimulada.

Apenas había escalado los primeros peldaños de la añeja escalera, cuando un sujeto, antigua víctima del abogado, lo encaró, desembuchando sin preámbulos insultos de todo calibre.

Sin inmutarse, el sorprendido letrado se detuvo, impávido, en el cuarto escalón, lo que permitía al creciente número de curiosos visualizarlo desde todo el perímetro, escuchando a un tiempo la catarata de improperios que recibía

Transcurrido un buen cuarto de hora, el agresor calló, agotado por el prolongado arrebato verbal.

Se hizo un silencio expectante, a la espera de la reacción del interpelado que, sin perder compostura profesional ni buscar socorro, le espetó con grave y distinguido aplomo: “Y usted, ¿qué le contestó?”

Alejandro E. Reinhold

Luján, Buenos Aires, Argentina

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El día que no llegué

Pasos cortos hasta aquel lugar donde esperaba verla, comprimiendo el tiempo en cada baldosa. Sabía que algo me había olvidado, no estaba en su lugar, igual seguí. Sentía la humedad en los pies, en los huesos, y de a poco aumentaba una sensación de pesadez, como inyectándome de plomo. Imantado cada vez más parecía arrastrar el polvo bajo mis pies, cada partícula resonaba en los tendones y los músculos se hacían piedra.

Todo en la mente había caído, escurriéndose hasta tocar el suelo. Sentí las venas de los brazos serpentear, llenándose con violencia, marcando la piel pálida.

El cordón parecía un buen lugar con el cual fundirse, un buen lugar para sentarse y prender un cigarrillo. Un líquido espeso y oscuro se acercaba lento calle abajo, bordeó la suela blanca y roída, intentando penetrar.

Sabía que nunca iba a llegar, sabía que las ganas se habían quedado en el camino. La noche comenzaba a invadirme, solo pude permanecer ahí sentado, rodeado de sombras que recuperaban su forma bajo la luces de la calle que empezaban a titilar.

Juan RM

Bernal, Buenos Aires, Argentina

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Bahié

El primer punto temporario de residencia fue Entre Ríos: Bahié traficaba hombres al puerto de Posadas que, después de cañas y mujeres, en la “Bajada Vieja”, eran embarcados para depredar los yerbatales de la madre tierra roja, hasta que las enfermedades de ese trópico letal, abonara la tierra con sus cuerpos y sus sueños llenos de un mañana mejor. El turco Chemes se volvía con algunos pesos en su guayaca hasta que un buen señor lo sentó y, -anís de por medio- le habló del mundo que se estaba gestando y la importancia de que los hombres se iluminaran. Mi abuelo asentó entonces sus pesitos en Posadas; trajo la familia y en los albores del siglo XX nació la primera panadería de Misiones. Bahié aportó mensualmente al Partido Socialista hasta el final de sus días. Nueve hijos (dos mujeres y siete varones) formaron su hogar. La abuela ortodoxa griega, él mahometano, recibieron la bendición de la Iglesia Católica. En la ingenuidad de ese viejo delicioso, la nostalgia de su tierra, lo colocaba cada atardecer con el corazón hacia La Meca. Un extraño brillo nacido de sus ojos atravesaba el espacio rumbo a sus secretos silencios de nostalgia. Ella, Iahome -que nunca se cortó el pelo- soltaba entonces, su cascada de plata y la peinaba… No dudo en decir que toda mi historia contiene este modelo de íntimo amor envuelto en la ternura de ser cómplices silenciosos de sus almas aventureras.

Marta Chemes

Corrientes Capital, Argentina

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Concurso Microrrelatos del Recuerdo Primera parte

Compartimos los primeros microrrelatos que fueron llegando para el Concurso 20° Aniversario Microrrelatos del Recuerdo.

Pueden leer las bases en: https://vivilibros.com/convocatoria-concurso-microrrelatos-del-recuerdo/

Domingos de Terror

Me aterraba y apasionaba -desde mi pequeñez- ver en sus manos el ir y venir rítmico, inalterable, feroz y perfecto de su cuchilla golpeando la madera…

Creo que su amor me aterró y apasionó toda la vida. Sucedía como un ritual: todos los domingos por la mañana (cerca del mediodía), ella enroscaba la masa de los fideos y comenzaba ese momento pasional, -que aún resuena en mis oídos- y no sé si segundos, minutos, horas después de esta parálisis letal (yo aterrorizada desde abajo de la mesa), esas mismas manos depositaban la filosa cuchilla a un costado; y envuelta en la neblina blanca de la harina, acariciaba los fideos alzándolos y depositándolos con una ternura que me lavaba el alma de alivio.

Y siempre escuchaba las mismas palabras: ¡Qué parejitos los fideos! ¡Ni uno más ancho que otro! Decía el coro de sus hijas. Siete hijos y sus familias, nos aprestábamos a vivir aquellos mediodías de domingo, donde yo, flotaba entre cuchicheos, conversaciones, risotadas, climas de “submundos” incomprensibles. Era mi abuela.

Marta Chemes

Corrientes Capital, Argentina

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Sorpresivo encuentro

Después de un sueño reparador, se levantó entusiasmada, supo que había llegado el momento de emprender el viaje.

Recorrió la casa para ver que estuviera todo en orden, el dormitorio y el comedor estaban prolijamente acomodados igual como los había dejado en la mañana, también en la cocina seguía estando la taza de café sobre la mesa.

Pensó en llevarse algunas ropas y cosméticos, pero recordó lo que le habían dicho de lo imprescindible y necesario en ese lugar.

Estaba vestida con su traje de secretaria ejecutiva que lucía orgullosa y como siempre relucientes sus zapatos de charol.

Se terminó de acicalar frente al espejo, acomodó su traje y frotó contra sus piernas los zapatos para que lucieran aún más. Se sorprendió al verlos un poco agrietados y que casi habían perdido brillo como si la lluvia los hubiera inundado por días.

Se asomó por la ventana del cuarto. Afuera la estaban esperando. Llegó su hora y debía partir.

Antes de salir un escalofrío recorrió su cuerpo cuando vio de refilón el diario que asomaba mojado por debajo de la puerta. Lo hizo a un lado. No quiso detenerse.

Intuyó que estaba a un paso de su última morada. El accidente se había producido en hora pico de la mañana en la intersección de las avenidas principales del centro de la ciudad.

La lluvia era torrencial y habían empezado a titilar los semáforos alocadamente… Todo propiciaba al encuentro fatal.

El descontrolado colectivo fuera de línea la sorprendió cuando cruzaba… fue un golpe seco y sin dolor… todo su cuerpo rodó aplastándose contra la acera.

A lo lejos se veían solos inocentemente olvidados sus zapatos de charol que ahora lucían ajados y sucios arrollados por las ruedas del gigante de metal.

Mónica Secilio

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Él

Eso sí: El abuelo ausente de la mesa; nadie decía nada; yo lo veía en su pieza (no era la de la abuela). Necesitaba ir a buscar su caricia. No podía comprender por qué no estaba… El tiempo me dio la verdad: Una vez se enamoró y quiso romper su matrimonio, pero ella dijo que no; de modo que vivió una larga vida de dos hogares, dos mujeres, hijos y, un día, murió.

No sé cómo murió. Sí cómo vivió. Con pocas palabras. Recuerdo que sus caricias me gustaban porque se sentían plenas, fuertes y francas. Tuve un solo gesto de “Amor de Desagravio” en su vida. Fue una Noche Buena; ya mayorcita manejando el auto, fui a su casa y le pedí que se vistiera y viniera conmigo. Para sorpresa y horror de la familia, esa noche el abuelo presidió la mesa… y yo, sentía que fue una Noche-Buena. La terraza de mi casa, ese día, estuvo más cerca del cielo…

Marta Chemes

Corrientes Capital, Argentina

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Del amor y el terror

Cuentan que mi bisabuelo materno sufrió en Paraguay la expropiación de sus campos, y siguiendo su vasca estirpe, decidió resistir: No salió de su casa, su mujer lo acompañó. Y ahí, en el casco de la estancia, murieron quemados tras el incendio agresor. Las tres hijas (9, 6 y 4 años) fueron expatriadas y pupilas en un colegio religioso de la frontera en Argentina. Quien fuera mi abuelo materno conducía un taxi. Llevaba a los terratenientes a controlar su explotación de los yerbatales. Por mágica casualidad llevó unas monjas y entró al colegio. Se vieron y lo demás fue fácil: La “secuestró” con sus 14 años y las dos hermanas menores. Así se inauguró ese familión con siete hijos. También casó a sus hermanas que –más moderadas- tuvieron tres y dos hijos. ¡Cómo no entender en esta abuela la ternura y el terror…!

Marta Chemes

Corrientes Capital, Argentina

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Tangos en la madrugada

Soy una persona mayor. A veces, en las noches el insomnio me acosa y no sé qué hacer. ¿Dar vueltas en la cama hasta que el sueño retorne? ¿Contar ovejitas? ¿Tomar una pastilla? Nada de eso. He decidido encender la pequeña radio cerca de la almohada y distraerme hasta que llega el sueño.

Me gusta escuchar voces. Acompañan a mi soledad. Últimamente he vuelto con placer al tango, que sólo se emite en dos o tres emisoras en medio de la madrugada.

Se preguntarán por qué he elegido esa música. Estuve pensando mucho al respecto hasta que descubrí el motivo: retenida en el inconsciente, aguardaba reaparecer.

Les cuento: Tenía 12 años. Fui la más pequeña de mis hermanas. Como todas trabajaban, yo debía colaborar en los quehaceres de la casa. Me tocaba lavar los platos al mediodía y barrer los pisos: hecho sumamente tedioso. Claro, aún no existía la ayuda tecnológica actual. Por eso recurría a la radio y los discos de pasta, cuyos sonidos musicales hacían más agradable mi tarea.

Recuerdo que por entonces, varias radios, Del Pueblo y Porteña, programaban audiciones de tangos, sobre todo la orquesta de Aníbal Troilo, cuyas poéticas letras de Homero Manzi, plenas de nostalgia me sumergían fuera de la prosaica realidad doméstica. Evidentemente, soy una sentimental… Y, en un ademán fantasioso, abrazaba la escoba intentando bailar un tango. Debo admitir que jamás logré hacerlo bien. Nunca, soy “pata dura”.

Se acercaba la era de Elvis Presley. Nacía una corriente musical que hasta hoy cautiva a los jóvenes. Y yo también me dejé seducir por el rock and roll.

Pero ahora he vuelto al tango. En Ruanda un proverbio proclama: “No puedes esconder el humo, si encendiste el fuego”.

Elvira Levy

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Por Dios

—Gracias, Dios.

—Más despacito.

—Gracias…, Dios…

—No, quise decir más bajito.

—Ah. Gracias, Dios.

—Devuelta, así, apenas un susurro.

—Gracias, Dios.

—¡Ahora sí! De nada.

Fernando Müller

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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El Don

Aquel día parecía empezar como cualquier otro. El café, el baño, un poco de maquillaje que intento moderar. Me gusta a veces suavizar los gestos, otras acentuar las lineas de las cejas, improvisar.

Llovía, gotas no muy pesadas. Bajo las escaleras. Cinco cuadras hasta mi colectivo preferido. No tengo cargada la Sube, me doy cuenta cuando apoyo la tarjeta en el lector. El colectivero me guiña el ojo para que pase igual.

Un viaje de pocas cuadras que dura una eternidad. Es el tráfico de objetos en la calle, o de servicios, o de desesperaciones para cumplir un horario. La puntualidad hace al salario.

Llego un poco temprano a mi destino. Paro en Mc Donald’s para beber un café mas, de vez en cuando allí paro. No creo que un café cada tres meses haga subir sus acciones.

De pronto, entra un hombre con enanismo, de la mano de una nena con un globo azul. Mi color preferido. Hacen la breve cola para hacer su pedido. El señor, cuando tiene que pagar, escudriña en sus bolsillos, una y otra vez. La gente pone cara amarga y destila impaciencia. Trato de concentrarme en lo que quiero leer y no puedo. El globo me hace guiños. La nena, lo mira en éxtasis, ajena a lo que acontece.

Me dirijo a la caja. ¿Qué pasa? Es que no encuentro mi billetera, me la habrán robado. Estoy molesta por la gente que murmulla por lo bajo. Pago una modesta suma y se sientan conmigo, sin preguntarme. Me restan quince minutos para llegar a destino.

Me cuenta, mientras el globo azul me sonríe, que el circo donde trabajaba cerró, que la madre de la niña murió. Ante tal relato, pierdo noción del tiempo y del espacio. Continuamos hablando, la niña me mira suave, sus ojos hablan letanías inasimilables. Debo irme.

Llego a destino. Tengo que pagar. No encuentro mi billetera.

Las billeteras van y vienen, se donan de unos a otros. Ese día el don labró su huella itinerante.

Gabriela Odena

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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Convocatoria Concurso Microrrelatos del Recuerdo

CUMPLIMOS 20 AÑOS!!

¡Viví Libros está de festejo!! Nos encontramos soplando las primeras 20 velitas de nuestro emprendimiento. Y ya suena a muchos años, un gran recorrido juntos… Como siempre, queremos compartir esta enorme alegría del aniversario con ustedes.

Entonces, ¿qué mejor idea que divertirnos juntos para festejarlo? Los invitamos a sumarse a la siguiente convocatoria:

MICRORRELATOS DEL RECUERDO

¿Cuántas veces recordamos algo que nos lleva a pensar que esa situación parece de película o bien podríamos haberlo leído en cualquier novela que encajaría perfectamente en la historia? Son esas pequeñas escenas de la vida misma las que queremos rescatar en este concurso 20° aniversario, aquellos sucesos desopilantes que dan origen a divertidos microrrelatos y a otro tanto no tan risueños, pero que nos emociona y es un placer leerlos.

Les proponemos que nos relaten alguna situación, anécdota, fábula o minificción donde lo cotidiano cobre protagonismo, donde el recuerdo se ficcionalice para dejar de ser una simple evocación y pase a ser literatura. Puede ser desde el lado personal, de los amigos, de la familia o los vecinos, desde donde gusten… ¡Seguro que a un simple golpe de vista, ya se les está ocurriendo alguna rica anécdota! 


El objetivo es que escriban algo breve (los microrrelatos deben tener un máximo de 300 palabras) y lo envíen por e-mail a: info@vivilibros.com durante los próximos días. Hay tiempo hasta el domingo 4 de julio de 2021.


Los microrrelatos deben ser inéditos (de autoría propia y nunca publicados en ningún medio), escritos en español, pueden ser firmados a nombre propio o con un seudónimo pero incluyendo la ciudad y país de residencia.

Seleccionaremos cuatro microrrelatos que recibirán un premio de cinco libros cada uno, con la consigna 20 años = 20 libros. Los premios se podrán retirar en persona en una dirección de la Ciudad de Buenos Aires (previo acuerdo) o se los despachamos por correo a cualquier lugar del mundo quedando a cargo del ganador el importe del gasto de envío. La lista de títulos y auspiciantes de los premios la publicaremos próximamente.

Los cuatro ganadores serán anunciados por todos nuestros medios habituales (newsletter, redes sociales y web). 

Premios: 20 años / 20 libros

Los siguientes títulos integran los premios del Concurso Microrrelatos del Recuerdo:

Digresiones, Luis Benítez

Luis Benítez: Breve antología poética, Elizabeth Auster (selección e introducción)

Las devoradoras, Fernando E. Muller

El abrazo preciso (dos para el Tango), Susana Balán

Fervorosas historias de mujeres y hombres, Irma Verolín

Kairós, Alejandro E. Reinhold

La endiablada pulpería, Ernestina Mo

El vórtice naranja, Ernestina Mo

13 historias desparejas y un desenlace…, Aníbal Leserre

El desamparo bajo la cama, Pilar Romano

Timbre a la hora de almorzar, Ángel Balzarino

Ojo por diente, Sara Zapata

Ilusorias, Alberto Laiseca (Carlos Marcos y Mica Hernández editores)

Los ojos de la divinidad, Pablo Martínez Burkett

Auspiciantes

Agradecemos de corazón a nuestros auspiciantes que hicieron posible otorgar tan lindos premios, pero también a todos los que se hicieron eco del concurso y nos ayudaron con la difusión:

Luis Benítez, Fernando Muller, Susana Balán, Irma Verolín, Alejandro E. Reinhold, Ernestina Mo, Colección Ojo Lector de Moglia ediciones, editorial Palabrava, editorial Muerde Muertos, Daniela Rago y Mujeres 5.0, Omar Lencinas, Maxi López e Historias de aquí, En Tres Vistas, José María Marcos y La palabra de Ezeiza, Claudia Ainchil y Cultura argentina, Sobre Libros y Cultura, Vamos a Leer, y cada uno de los que compartió o republicó la noticia!


Durante estos días, compartiremos las lecturas con ustedes en nuestra fanpage de facebooky se publicará en la web de Viví Libros el compilado de todos los Microrrelatos del Recuerdo que nos hayan llegado a tiempo. Tal como lo hicimos en los aniversarios anteriores, que pueden leerlos en nuestra página (ojo que como solemos recibir muchas participaciones, tendrá varias partes para disfrutar de su lectura). Vale comentar, opinar, votar por el más lindo y sobre todo: ¡divertirnos juntos! 

Ahora… a escribir! Los esperamos!

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A modo de ejemplo, les compartimos un microrrelato para romper el hielo:

Prestame tus ojos

Mi mamá siempre tuvo problemas con la vista, la miopía se le iba acrecentando con los años. De grande se le sumaron las cataratas; pero gracias al avance de la medicina llegó a operarse con láser en un acto de valentía absoluta. “Al final era una pavada”, me dijo luego de la intervención, con una media sonrisa que todavía le temblaba en la comisura de la boca.

Desde que tengo memoria o quizás desde que comencé a leer y escribir, no lo sé, mamá me pedía que le prestara mis ojos. Recuerdo su frase: “Hija vení, prestame tus ojos para…” leer una receta, una factura de servicios, alguna carta que llegaba por correo, hilvanar la aguja, ojear un libro. Y yo corría ante su demanda tratando de complacerla, sintiendo que tenía un privilegio del cuál ella carecía.

Siempre usó anteojos, los de ver de cerca y los de lejos, y luego los dos en uno solo, pero claro, nunca se acordaba adónde los había dejado y sin ellos era imposible ver nada. Además, habitualmente tenían algún problema porque no se ajustaban bien a su visión. La llevaba a distintos oftalmólogos para acortar su dificultad, para que no necesitara vivir con los ojos prestados, pero nada resultó.

“Prestarle mis ojos” se convirtió en nuestro ritual, y despertó distintos tipos de humores a medida que fui creciendo y que la vida pasaba. De niña, corría a su llamado, yo era importante, ayudaba a mi mamá. Me convertí en señorita: ¡ay no tener una hermana que me suplante por un rato! Y de grande, pasados los cuarenta años, yo también usé anteojos, el universo empezaba a volverse difuso, a acercarnos; intenté hacer lo mejor que pude… no fue fácil. Nunca es fácil.

Sus últimos días, le leí un libro que le encantó, “El corazón se enlaza a otro para seguir andando”. Lo dejé sobre la mesa de luz del sanatorio pero cuando llegué a la mañana siguiente, el libro seguía ahí, cerrado, con la marca puesta en la página 82, esperando mis ojos para ser leído. Mamá volteó la cabeza y yo interpreté su ruego en silencio: “Prestame tus ojos”.

Ahora estoy aquí esperando los ojos de mi hija. A mí también se me opacó la vista. Pero ella no viene, y es probable que no intente llegar. Yo sé que no es fácil, nunca es fácil.

Viviana Rosenzwit
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

20° Aniversario de Viví Libros

Sentir

que es un soplo la vida,

que veinte años no es nada…

Carlos Gardel, Alfredo Le Pera, Volver

¡Cumplimos 20 años! Viví Libros está de festejo, y para nosotros no es una fecha más porque tanto tiempo online trabajando con el mismo entusiasmo que el primer día marca una diferencia.

Así lo decíamos en nuestro primer Newsletter, aparecido en julio de 2001:
“Nuestro principal objetivo es brindarles un servicio personalizado basado en la trayectoria y el profesionalismo que nos avala para cumplir con sus más altas expectativas.”

Hoy nos encontramos soplando veinte velitas de nuestro emprendimiento y nos parece increíble. Nos sentimos orgullosos de haber transitado este camino junto a cada uno de ustedes, que nos acompañan en cada paso. Nuestra forma de trabajo y apuesta inicial, sigue vigente como en el primer momento.


¡Gracias a los que pusieron su granito de arena para alentar nuestro crecimiento!

En este momento, cabe preguntarse por ese hermoso tango que todos alguna vez oímos cantar a Carlos Gardel… ¿que 20 años no es nada? Más que algo, para el equipo de Viví Libros es mucho. O tal vez no sea más que una magnífica excusa para brindar por muchos años más.

De todos modos, siempre, ¡Chin chin Salud! Y a festejarlo!

Les proponemos que estén atentos a La oferta de la semana con precios increíbles y otras sorpresas más. Como cada año, queremos compartir esta enorme alegría del aniversario con ustedes. Entonces, ¿qué mejor que divertirnos juntos para festejarlo? Los invitamos a sumarse a la convocatoria: Microrrelatos del recuerdo. En breve subiremos en detalle la invitación con sus bases y un ejemplo para inspirarlos. 20 años – 20 libros en premios.

Lanzamiento del libro de poemas Nadie sabe dónde estuvimos

La editorial Palabrava, de Santa Fe, Argentina tiene el gusto de anunciar el lanzamiento del poemario Nadie sabe dónde estuvimos de Luis Benítez.

El poeta, narrador y ensayista literario Luis Benítez nació en la Ciudad de Buenos Aires, República Argentina, donde reside actualmente. Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales por su obra literaria. Sus 42 libros de poesía, ensayo y narrativa han sido publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, México, Rumania, Suecia, Venezuela y Uruguay.

¿De qué nos habla Nadie sabe dónde estuvimos? Hay una entrada y una salida en cada poema que nos va llevando de la mano hacia un corazón turbio que observa con pena. Quizá, la decepción y el malestar del poeta oculten un profundo dolor ante lo manifiesto del mundo, y –también– sobre lo que no está expuesto en forma precisa. Con humor ácido a veces, con agnosticismo en otras, expone las dudas sobre lo que existe en lo recóndito del alma humana. Su socarrona ironía nos transporta a un universo en donde las preguntas abundan y las respuestas son escasas. Lo cotidiano va cayendo hacia el absurdo y lo que parece ser una luz pronto se transforma en quimera.

Luis Benítez, como todo buen poeta, pudo vislumbrar lo que estaba por llegar, este momento bisagra, que parece caído de la mano de un dios que se escribe con minúsculas.

El libro integra la Colección Rosa de los vientos, que cuenta con una prolija edición en blanco y negro y contiene 124 páginas en su versión papel. La enigmática foto de tapa El lugar del estar pertenece a Sebastián Pachoud que vive en la ciudad de Santa Fe, Argentina.

El precio de venta al público es $ 900.- pesos argentinos. Lo pueden solicitar desde cualquier lugar del mundo a través de nuestro email: info@vivilibros.com o simplemente escribiendo un comentario al finalizar esta nota, que les responderemos a la brevedad.