Microrrelatos Crónicas de viajes Séptima y última parte

Última recopilación de los microrrelatos que llegaron para participar en nuestro Concurso Aniversario 2018!

EL TORNEO DE TENIS

Nos habíamos levantado temprano esa mañana. El día anterior, mi hermano y yo lavamos el Peugeot 404 de papá en el que viajaríamos a una localidad cercana en donde mi hermano participaría en un torneo de tenis. Mi mamá se levantó enferma ese domingo, por lo cual no nos acompañaría. Mi papá entonces le prometió que mi hermano haría su mayor esfuerzo por ganar el torneo y traerle la copa a ella. Llevábamos recorrido medio camino cuando una camioneta Ford F100 nos pasó como un rayo y mi padre se extrañó que su amigo “El Roque”, no haya tocado la bocina para saludarlo. Extrañado y sorprendido por su actitud, mi padre emprendió una persecución (desoyendo nuestras protestas) a lo rodad movie, donde en esta ocasión nosotros éramos los perseguidores. Desvió por un polvoriento camino y allí lo seguimos por tres quilómetros más, hasta que se detuvo en una tranquera. Al comprobar mi padre que no era su amigo “el Roque” solo atinó a disculparse y volvió nuevamente a retomar nuestra hoja de ruta prevista. Llegamos una hora después que cerraron la inscripción, pero papá insistió en que nos quedásemos hasta el final del torneo. Mi hermano tuvo que tragarse la bronca, pero a la hora del almuerzo ya todo enojo pasó. Antes de regresar papá apareció con una copa FIFA de futbol, esas réplicas en plástico duro y color dorado que lo compró en una tienda. Esa copa aún permanece en casa como el mejor regalo de mi hermano hacia mi madre, y ese es aun nuestro secreto mejor guardado entre nosotros tres.

Gustavo Medina
Corrientes Capital, Argentina

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Postales de Villa Elisa, Entre Ríos

I
Habíamos alquilado una casita cerca de las famosas Termas frente a un campo verde e inmenso Al llegar vimos que por el frente pasaba una hermosa ciclovía. Mi marido sugirió ¿y si alquilamos unas bicis?
Con la idea rondando en mi cabeza fui a comprar al almacén que quedaba cerquita, a media cuadra. Era un almacén de campo donde se vendía de todo un poco, carne, frutas, alimentos. La atendía una señora gordita y muy simpática que me hizo algunas preguntas y por eso me animé y le pregunté: “¿Ud. no sabe dónde podría alquilar unas bicicletas?”
La mujer me miró inquisidora y me respondió: “¿cuántas necesita?”. A lo que le expliqué que dos, una para mí y otra para mi marido ya que queríamos recorrer la ciclovía y conocer así la ciudad.
Se dio vuelta y gritó: “Julián, vos tenés ahí tu bici?” Ya comprometida indagué:- ¿Cuánto nos costará alquilárselas por una hora?.
Y entonces me miró extrañada y me dijo: “ah no!¡se las prestamos!” Yo entonces le señalé: ¡como me las va a prestar si no me conoce! A lo que casi enojada me contestó: “pero ¡cómo no se las voy a prestar!”

II
Esa tarde recorrimos la ciudad y su hermosa iglesia y nos perdimos por sus callecitas. Cansados, entramos a un negocio a curiosear . Estaba mirando unas prendas que me gustaban mucho y se me ocurrió que estaría bueno comprar una pizza para comer esa noche. Entonces me dirigí a la dueña del negocio y le pregunté dónde podría comprarla y si en el pueblo había delibery. La mujer tomó el teléfono , marcó un número y me dijo:” de qué la quiere? Con morrones? Con jamón?” Ante mi respuesta y mi asombro agregó : “donde le digo que la manden?”

Viajera
San Justo, Gran Buenos Aires, Argentina

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Hasta el fin del mundo

Esa mañana subimos al avión, hacía calor, sin embargo yo calzaba unos borsegos marrones de gamuza y unos jeans; ella llevaba también jeans. La gente la miraba con su sapo de peluche, y yo la amaba segundo a segundo.
Esa mañana emprendimos la aventura más descabellada de nuestra vida.
9 horas de viaje después llegamos a destino. Ella me llenaba de preguntas, preguntas que yo no podía responder.
En la sala de espera del aeropuerto de aquella ciudad desconocida él buscaba ansioso nuestros rostros. El paso del tiempo nos hizo envejecer y nuestros rostros se habían modificado.
Cuando nos reconoció se acercó y nos abrazó, hacia 7 años que nuestras almas no se conectaban pero ese momento fue único.
Antes de salir del aeropuerto nos abrigamos, hacía mucho frío. Subimos al taxi y en unos minutos llegamos a su casa.
Él preparo unos mates dulces y comenzamos a charlar, sobraban anécdotas e historias.
Fueron muchos días en ese lugar donde todo era gris, la tierra y hasta el mismo cielo. En algunos momentos la rutina se adueñaba de nosotros y en otros dejaba de existir.
La falta de experiencia me llevó a cometer un grave error y la convivencia se volvió insostenible, así que el 1 de enero ella y yo fuimos a dormir a un hotel.
El miedo se apoderaba de mí. Estábamos en una ciudad desconocida donde no teníamos parientes ni amigos, y lo peor de todo es que teníamos un vuelo programado y solo teníamos que esperar. Esos días fuimos como fugitivos.
La mañana del 4 de enero despegamos de aquella ciudad austral.
En el avión ella sonreía porque volvíamos a casa, y yo sentía como un nudo me oprimia el corazón y rompí en llantos.
La azafata me preguntó qué me pasaba y yo respondí:
– No quiero irme de este lugar, pero sé que unos meses volveré.
– Después de que despegue el avión anda para atrás, te tomas unos tragos y me contas que te pasó- dijo la azafata.
Lo cierto es que me quede en mi asiento todo el vuelo hasta el aeropuerto donde hacia mi próxima conexión con otro avión para llegar a mi ciudad de partida.
Jamás volví a esa ciudad austral y mi familia jamás se enteró cual fue el verdadero motivo por el que viaje y permanecí 19 días en “el fin del mundo”.

Eliana Gisg
Garupá, Misiones, Argentina

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Será porque no tenemos perro en casa que cuando nos fuimos de vacaciones a Merlo, San Luis disfrutamos mucho de dos que andaban sueltos por el predio. Una hembra más grande y un macho más joven a quien apodamos el “Lanudo” por sus pelos largos y grisáceos. Dos tiernos atorrantes que sabían bien cómo comprarse a los turistas que pasaban sus días de verano en las cabañas. Venían con nosotros a la pileta, se tiraban a tomar sol y por supuesto, no se perdían ningún asado al lado de la parrilla como buenos guardianes. Un día salimos a caminar con el objetivo de subir hasta la cascada que quedaba bastante lejos y el sol estaba fuerte, pero Lanudo se vino con nosotros, por más que tratamos de espantarlo y decirle que se quede nos siguió todo el trayecto como un amigo fiel. Al regresar, se tiró de una en el agua como aliviado para refrescarse. ¡Por fin llegamos! “Todo lo que me hicieron caminar estos humanos locos”, habrá pensado. A partir de esa experiencia cada vez que nos venía salir de la casa se tiraba al piso y se hacía el dormido, pero fue tan graciosa su actitud que hasta hoy me pregunto qué será de su vida.

Miguel Salas
Madrid, España

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BREVE RELATO DE UN LARGO VIAJE

¿Quién podría saber cuáles eran los sentimientos de Carmen mientras preparaba las escasas pertenencias que elegía para llevar? ¿Cuáles eran sus pensamientos mientras juntaba algo de ropa, unos juguetes para los niños…alguna foto, quizás?
El llanto de Pedro (mi padre) de tan sólo 8 meses interrumpía el alboroto que armaban los otros hijos ante el inminente viaje.
Languidecía el año 1912 cuando mis abuelos dejaron España buscando un mejor futuro para su familia.
Trato de armar un rompecabezas con las pocas piezas que tengo entre mis manos, recreando las que faltan en un intento de encontrar un sentido, pero muchas preguntas quedaron sin respuestas.
Cuando pienso en mis abuelos viene a mi memoria una pequeña foto, ambos vestidos con las que, (supongo) eran sus mejores ropas. Entre ellos se dejaba ver una mesita con un mantel tejido a crochet con un jarrón de rosas.
Nunca los ví en persona.
Quiero pensar que fue mi padre quien tomó esa fotografía. Era un aficionado, pero más tarde ese arte se convertiría en un oficio apasionado.
Viajero errante, recorría los pueblos del interior con su “chatita” (Así llamaba a una vieja camioneta que le pertenecía), metiendo su cabeza dentro de esa caja oscura, para plasmar momentos fugaces que él eternizaba. Así llegó al Chaco. Ahí nací yo.
En nuestra humilde casa no faltaba el “cuarto oscuro”, sin ventanas. Me maravillaba ver cómo esos papeles colgados de una cuerda con broches, como si fueran ropas, se convertían en imágenes. ¡La magia del revelado! ¿Ojalá a mí me resultara tan fácil obtener “revelaciones”!
Mi infancia terminó cuando tenía 11 años y el corazón de mi padre se cansó de latir. Él nunca volvió a su tierra. Me dejó, junto con una nacionalidad española, una mirada que me dijo, más que mil palabras, que confiaba en mí. También me dejó un vacío enorme.
Muchos años pasaron hasta que pude realizar el viaje a la tierra donde mi padre había nacido: Segovia. Simplemente maravillosa.
Me asombré ante el pequeño pueblo quedado en el tiempo con su gigantesco e impresionante acueducto hecho por los romanos en el siglo II de nuestra era. Al pararme debajo de sus arcos me emocioné al pensar que ellos contemplaron ese paisaje y pasaron por allí.
Luego recorrí las callecitas angostas de la ciudad vieja, hechas para el paso de carruajes. Visité el Alcázar, la Catedral…todo me conmovíó profundamente: su gente, su música, su cultura… ¡Recuperé una pieza más de mi rompecabezas!
Como la vida siempre nos sorprende, una de mis hijas eligió España como su lugar. Allí vive con el hombre que ama y con sus hijos.
Hace más de 10 años cruzo el océano para abrazarlos. Extraños designios del destino? Tierra de mis abuelos y de mis nietos.
Cierro los ojos e imagino a mi abuela haciéndole un pícaro guiño a esa otra abuela, que soy yo.
Mi nieta está preparando, con su mamá, el viaje de vacaciones de la familia por Europa. En una videollamada me muestran un cuaderno con mapas y puntos de interés de todos los sitios que quieren visitar. El cuaderno está primorosamente atado con un lazo color rosa. Viajes y fotografía anudados. Entonces se me ocurre pensar en la vida como un juego de postas. Ahora soy yo la que le hace un guiño de agradecimiento a la vida.
Este relato de un viaje terminó siendo el de un viaje, pero al interior de mi alma.

Zulma López Arranz
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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